El virus se ensaña con el sur de Madrid

Los vecinos temen que las nuevas restricciones terminen de hundir los empleos y los negocios de la zona

Un hombre con carrito de la compra baja por una calle del barrio Zofío, una de las 37 zonas confinadas en Madrid.
Un hombre con carrito de la compra baja por una calle del barrio Zofío, una de las 37 zonas confinadas en Madrid.Andrea Comas

Francisco Albarrán tenía 21 años cuando viajó de Ávila a Usera (Madrid) a buscarse la vida y lo que se encontró fue un bar. Era 1974 y el bar llevaba abierto seis meses; era el Vicentín, y pasó a llevarlo él. Albarrán lleva detrás de la barra desde entonces, 46 años. Con camisa granate y mandil negro, uniforme del local, Albarrán pone un café con leche en vaso a un hombre que juega a la tragaperras y se gira hacia el periodista: “Por primera vez pienso en jubilarme. No porque quiera, sino porque esto me obliga”. “Esto” es el virus. Medio año después, al virus no hace falta nombrarlo. “Desde el 74 ha pasado de todo en este país. Dictadura, crisis… Pues esto es lo peor”. A partir del lunes su bar no podrá tener a 20 personas dentro sino a 10, y a ninguna en la barra. Cerrará a las diez de la noche, pero esto ya lo está haciendo: “Las cosas ya no funcionan como antes, ni 20 dentro ni más allá de las diez de la noche abiertos”. Son las diez de la mañana y el Vicentín lleva abierto desde las siete. “La gente actúa sin responsabilidad, no se siguen las recomendaciones. Ahí se reúnen 20 tíos y no pasa nada”, dice señalando un punto inconcreto. “Yo tengo 67 años. Nunca me arrepentí de venir de Ávila, Madrid me lo ha dado todo”.

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El Vicentín está en la calle Rafaela Ybarra del barrio del Zofío de Usera, zona en la que se aplicarán restricciones a partir del lunes por su alta tasa de contagios. Curiosa mujer de finales del XIX, la bilbaína Ybarra. Encontró su camino en la vida porque, como dama de alta sociedad, daba a los pobres la limosna con guantes de seda para no mancharse las manos. “Se dio cuenta de que ese no era el camino”, escribió Carmen Torres en una biografía titulada Rafaela Ybarra. La enamorada de Dios. Cambió sus ropajes lujosos por un atuendo humilde y dedicó su vida a atender a niñas y jóvenes. Fue beatificada y espera canonización.

Cuando a su marido, presidente de los Altos Hornos de Vizcaya, le preguntaban por su fortuna, respondía que su mujer la tenía guardada en el mejor banco: el cielo. Hoy Ybarra, sobre todo en la calle a la que da nombre, debería volver a ponerse los guantes de seda. En la parroquia San Juan de Ávila, calle Fornillos, se colocó en 2003 un mensaje del santo: “Pon los ojos en este mundo, que todo él se hizo por amor para ti, y todo él, y cuantas cosas hay en él, predican amor, y demandan amor, y significan amor”; al entrar en el centro parroquial, un folio advierte de que las pilas de agua bendita están vacías, que la paz hay que darla con un gesto sin contacto, que se comulga en la mano.

“De este descontrol lo fácil es echarnos la culpa a nosotros, no a quien nos organiza o a quien tiene que darnos los medios para que nos organicemos”, dice Montse, joven en paro que a estas horas, once de la mañana, sale a sacar a su perro. “¿Qué van a hacer con la gente que tiene que trabajar fuera, que es la mayoría? ¿Qué van a hacer con la gente a la que tienen esperando la prueba PCR, y qué van a hacer con quienes tienen hijos? ¿Por qué estamos unos así y otros no? ¿Por nuestra forma de comportarnos? ¿Pero en el centro cómo se comportan?”.

En la calle Marina Usera un hombre echa el cigarro junto a otro en la puerta del bar Luarca. Se llama Juan Carlos Valdeoliva, es trabajador por cuenta ajena y vecino de la calle San Antonio de Padua. “Las medidas son una jodienda y con ellas aquí muchos negocios se van al carajo definitivamente”, dice. ¿Qué ha pasado para que se disparen los contagios? “Porque hay mucho capullo que no hace lo que tiene que hacer. Yo no soy racista, pero los sudamericanos se han pasado por el forro las medidas”, dice en un discurso basado en prejuicios que ha encontrado acomodo en varios sectores de la población.

Aquí en el Zofío, zona del distrito de Usera, se situó durante la Guerra Civil el llamado frente de Usera, uno de los episodios más importantes de la defensa republicana de Madrid. Cerca de este lugar murió el escultor Emilio Barral alcanzado por un obús, y a él dedicó Antonio Machado unas líneas: “Cayó Emiliano Barral, capitán de las milicias de Segovia, a las puertas de Madrid, defendiendo su patria contra un ejército de traidores, de mercenarios y de extranjeros”.

Julio Embid es vecino de Carabanchel aunque en la actualidad vive en Zaragoza porque trabaja como coordinador del grupo parlamentario socialista de Aragón. Es autor de un ensayo publicado en 2016 por Ediciones La Lluvia titulado Hijos del hormigón. ¿Cómo vivimos en la periferia sur de Madrid? En él cuenta cómo entre la M-30 y la M-40 se construyeron los bloques sindicales de cinco plantas a los que fueron a vivir miles de personas en los años sesenta procedentes del resto de España, algo que encuentra reflejo en el callejero: “En el barrio del Pilar hay muchas calles con nombres de pueblos gallegos, en El Pozo hay muchos nombres de pueblos de Córdoba, y en Aluche nombres de calles de pueblos de Toledo”.

Embid aporta varias ideas sobre la que llama, en conversación telefónica con EL PAÍS, “una de las ciudades más desiguales de Europa”. “Hay cuatro años de diferencia de esperanza de vida entre El Viso y Villaverde. Hospitales para un millón de habitantes solo hay tres: Gómez Ulla, 12 de Octubre e Infanta Leonor. En ningún lugar de España con un millón de habitantes tienen tres hospitales. Si tú vives en Las Águilas, en el sur de Madrid, y trabajas en La Moraleja, de cada 19 años de tu vida uno te lo vas a pasar dentro de un tren. Las distancias son muy largas y no se ha mejorado el transporte público. No solo no se ha mejorado: del año 2005 al 2014 el IPC en Madrid sube 10 puntos, pero el abono de transporte básico mensual sube 45 puntos”. Llama la atención sobre algo: la economía de la miseria ajena. Cómo desde la anterior crisis surgen en las calles principales de los distritos del sur “negocios que solo pueden funcionar si a tus vecinos les va mal: casas de apuestas, casas de empeño y tiendas de brujería; gente desesperada”.

En el distrito vecino de Usera, Carabanchel, concretamente en la Colonia de la Prensa, se celebran a las 12.30 cinco comuniones. En este antiguo barrio residencial de chalés modernistas iban a descansar muchos periodistas a principios del siglo XX; varios de estos chalés se conservan, otros fueron demolidos para levantar pisos cuando la zona empezó a tener más de barrio obrero, por la llegada de la inmigración, que de zona de descanso burgués. Un grupo de personas vestidas de etiqueta llama la atención en una calle en silencio y poco transitada.

Antonio Palacios, psicólogo, sale de una de las comuniones: “Es injusto cargarnos todo en la cuenta de la responsabilidad individual de los vecinos; lo que los expertos dicen que hay que hacer, los gobernadores no lo hacen: rastreadores, potenciar recursos de atención primaria, pensar en los colegios, profesores, etcétera. Hay una dejación clarísima de responsabilidad”, dice Palacios. La comunión estaba pensada para celebrarse en mayo, se tuvo que suspender y se celebra el sábado por los pelos. “No sé si se podría celebrar a partir del lunes. Hoy pueden entrar en la Iglesia 10 familiares incluidos sus padres, no hay banquete y, aunque teníamos pensado ir a un parque a celebrar, como el día está así, pues tampoco”.

El día está nublado y llueve intermitente en la calle Federico Grasés. Entra y sale gente de la galería de alimentación, el mercado de la zona. Los vecinos esperan su turno separados a más de metro y medio en los puestos de pescadería, charcutería o carnicería, ocupando casi todo el mercado. Al fondo, sin gente alrededor, trabaja Mariano. Es zapatero, aunque en el puesto vende un poco de todo. Sabe que el lunes cambian las cosas porque se lo acaban de decir. Vive en otro distrito y cree que no tendrá problemas. “Si los hay, me darán un pase o algo”. Arregla zapatos mientras el periodista pregunta. “Yo quiero hacer esto y que me dejen hacer esto, a estas alturas ya…”, dice.

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Sobre la firma

Manuel Jabois

Es de Sanxenxo (Pontevedra) y aprendió el oficio de escribir en el periodismo local gracias a Diario de Pontevedra. Ha trabajado en El Mundo y Onda Cero. Colabora a diario en la Cadena Ser. Sus dos últimos libros son las novelas Malaherba (2019) y Miss Marte (2021). En EL PAÍS firma reportajes, crónicas, entrevistas y columnas.

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