La crisis del coronavirus

Suspenso a la Administración y matrícula de honor a los estudiantes

Veinte alumnos, profesores y padres hacen una evaluación no académica a la educación durante el confinamiento

Un estudiante de bachillerato estudiando para la EvAU durante el confinamiento.
Un estudiante de bachillerato estudiando para la EvAU durante el confinamiento.Marta Monzón / EFE

Antes de que el coronavirus asolara el planeta, Ramón Rodríguez, Profe Ramón, se convirtió en una celebridad en redes sociales. En sus evaluaciones, este maestro de primaria en un centro concertado de Sevilla incluía “las otras notas”. Todo sobresalientes: al buen compañero, al respetuoso, al sonriente… Ramón no decepcionará en sus próximos boletines: cederá un espacio a las notas de las familias. “Las madres y los padres se han hecho profesores, y hay que reconocer esa tarea, darles voz, que cuenten cómo han trabajado sus hijos, su ánimo, su empeño”, explica este docente que cree que se ha evidenciado que “en el triángulo mágico de la educación deben ir de la mano alumnos, profesores y familias”.

Esta cuarentena ha sido un desafío sin precedentes para más de 700.000 docentes y las familias de 8,2 millones de niños. EL PAÍS ha invitado a una veintena de profesores, alumnos y progenitores a ponerse nota. Todos coinciden en el único suspenso: la Administración, por la falta de liderazgo, medios y previsión y por la escasa formación docente. La matrícula de honor es para los alumnos, por su adaptación a pesar de estar privados de todo lo que les importa. Y el sobresaliente para profesores y madres y padres. Los primeros por la intensidad, el trabajo y las 10 horas de media que le dedican a sus alumnos; los segundos, por su capacidad de explicar divisiones mientras preparan las lentejas y atienden una videoconferencia de trabajo.

Los alumnos: matrícula de honor

Cada día, Fernando, de 14 años, recorre 15 minutos de montes y valles en busca de cobertura. Cruza los dedos para que nada falle y envía las actividades a su profesor del IES Vega de Toranzo, en Cantabria. “El afán de superación es bestial, se han crecido ante el reto. Incluso chavales con dificultades de aprendizaje han mejorado”, explica su profesor, Pablo Blanco. Por el camino se han descolgado un 10% de alumnos, a la mayoría los había perdido antes del cierre de las aulas. Pero el profesor destaca la actitud ejemplar del resto: “Han entendido su responsabilidad. Había médicos, cajeros de supermercado o camioneros jugándose la vida para que pudiéramos seguir estudiando...”, apunta. Coinciden con él Charo Rico, de un instituto en la localidad madrileña de Pozuelo de Alarcón, en Madrid, y Enrique Ballesteros, profesor en la capital. “Alguno se ha relajado con el mensaje del aprobado general, pero ha sido excepcional”, dice Charo.

Su hijo, Jorge Martín Rico, tiene 15 años y se queda con la autogestión y el trabajo en equipo con sus compañeros del IES Príncipe Felipe. “Hemos creado un grupo de WhatsApp donde compartimos respuestas, hacemos trabajos, recordamos las tareas por entregar o los contactos de los profes”. Puro trabajo cooperativo y por competencias, dos grandes desafíos educativos que han brotado de forma natural.

En Primaria también se han esforzado. Sergio y David, de siete y 11 años, creen que se merecen “por lo menos un 8”, aunque les costó entender que las tareas eran como ir a clase, pero en casa. “A los niños les pedimos demasiado y nos han dado una lección. Pero es insostenible y veremos las consecuencias. Les hemos aislado, les hemos privado del juego con sus iguales, y el único vínculo con su vida social es el académico y a través de una pantalla. No puede ser más antinatural”, dice Julia Lamela, profesora de tercero de Primaria de Madrid en el colegio Las Naciones.

Para Susana Herreras, madre de una niña de cuatro años, ha sido una cuestión de supervivencia. “Les tenemos medio abandonados, sería muy cruel ponerles nota. Y todo lo que hagan mal es culpa nuestra, son nuestro espejo”, dice. Aunque saca una lección para el futuro: “Hemos aprendido a adaptarnos, a trabajar la paciencia... Ha sido una prueba muy extrema”.

Los profesores: sobresaliente

Para Sonia López, profesora de sexto de Primaria en Terrassa, y madre de dos hijos, el reto es llegar cada día a todos sus alumnos. Lo logra con muchas horas y mucha escucha. “Cada día cuelgo las tareas y empiezo las llamadas. Tengo estudiantes haciendo todo con un móvil compartido con hermanos y padres. Y paso horas escuchando tristezas, dándoles tarea, animándoles… Hemos acompañado pérdidas de abuelos, de tíos, de primos, y respondiendo unos 300 correos diarios y algunos padres me escriben incluso los correos en el asunto. Nueve o diez horas conectada”, apunta. Y añade: “Hemos montado la escuela online en una semana y con profesores autodidactas, que aportaban sus medios y conexiones, el esfuerzo merece un 15 sobre 10”. Y aun así tiene mala conciencia: “Trabajas mucho, pero unos te dicen que te estás pasando, otros, que no llegan. Sientes que algo falla”, concluye. Coincide con ella Julia Lamela, que se estrenaba este curso como profesora. “Ha sido un aprendizaje bestial, y no siempre estoy convencida. En clase, si algo no funciona puedes rebobinar. Aquí, se magnifica”, explica.

Todos los alumnos entrevistados elogian a sus profesores: “Siempre han estado ahí”, asegura David, de 11 años, de Leganés, Madrid. Natalia apunta que no ha dejado de aprender cosas nuevas ni un día. Mari Ángeles Fernández, su madre, subraya que incluso tenían contacto con el director en caso de dificultad. En los puntos de mejora, algunas excepciones de docentes que han desaparecido, no responden o no se han adaptado. “Tengo una que no ha dado señales de vida desde que esto empezó”, dice Natalia. Jorge protesta si tardan días en responder: “Nos dejan atascados, y alguno ni siquiera nos ha dado su mail así que nos comunicamos a través del delegado, pero la mayoría nos ha ayudado mucho”. El profesor Enrique Ballesteros apunta que también los docentes lo han tenido difícil con “situaciones personales a veces inasumibles”, pero también estableciendo prioridades. “A mis familias les expliqué que lo primero era la salud, y la convivencia, y que las tareas debían mantener a los niños activos pero no podían ser un problema”, apunta Ramón. “A mí me disgusta que en redes sociales parece a veces que los profesores estamos de vacaciones y la cantidad de trabajo que estamos haciendo es ingente”, concluye Sonia López.

Madres y padres: sobresaliente

Profesores y alumnos coinciden en que el esfuerzo de las familias y su tenacidad también han sido una lección para todos. “Les doy sobresaliente por no rendirse y luchar para que esto no les pare, mientras viven un ERTE, se arruinan, o pierden familiares. Incluso a los que no han podido seguir porque están desesperados: que el niño haga las tareas es el menor de sus problemas”, dice Pablo Blanco, de Cantabria.

Pero la autocrítica de las familias puede ser feroz: “Como madre suspendo: hemos abandonado a quien más nos necesita, mi hija de tres años sabe que la frase más repetida es ‘espera, ahora no”, explica Julia. “Yo he hecho lo que he podido y no sé si es suficiente, he perdido la paciencia y ha sido frustrante”, dice Susana Herreras, que no se ha sentido muy acompañada por su colegio. Pero los alumnos no lo viven con tanto drama: “Mis padres me han ayudado todo el rato”, dice David Espinosa. “Los míos priorizan mis problemas a su trabajo. Nos hemos organizado para colaborar en casa”, apunta Xavier Moreno, de 12 años.

Pero varios docentes, sobre todo de centros privados, han notado cierta incomprensión por parte de las familias. “Piden clases en directo como si fuera la panacea, pero para poder atenderles bien hace falta dividir el grupo, y media hora de videoconferencia de calidad requiere tres horas de trabajo”, explica Elisa, que prefiere no identificar su colegio. “Y luego está la sensación de que los padres están fiscalizando la clase, porque meternos en la casa de una familia es dar clase para los 20 alumnos y sus 20 padres o madres que están atentos a lo que haces”, añade. Otro aspecto negativo que destacan los docentes de instituto son los padres que se implican tanto en las tareas, que algunos llegan a resolverlas ellos mismos.

Pero más allá de eso, de propina, los estudiantes reparten un par de suspensos más. “Suspendo a esa gente insolidaria que a pesar de las restricciones salían de casa exponiendo a todos”, explica Pol Moreno, de 14 años. Natalia, de 14 años, suspendería a los alumnos que no han sabido agradecer el esfuerzo de los profesores y se han descolgado, y Sergio Espinosa, de siete años, lo tiene claro: “El suspenso más gordo es para el coronavirus, que nos ha tenido encerrados sin ver a los abuelos, sin jugar al fútbol y sin ver a los amigos”.

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