La crisis del coronavirus

“De esta crisis nos están salvando los hogares otra vez”

“Podemos correr riesgos, pero no que pongan en riesgo al de al lado”, dice la socióloga Ángeles Durán

Maria Ángeles Durán, el pasado mayo en Madrid.
Maria Ángeles Durán, el pasado mayo en Madrid.VICTOR SAINZ /

Ángeles Durán (77 años, Madrid) ha dedicado buena parte de su vida a analizar el impacto del trabajo no remunerado. Ha sido catedrática de Sociología e investigadora del CSIC. Doctora honoris causa por las universidades de Valencia, Granada, La Rioja y Autónoma de Madrid. Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política. Autora de decenas de publicaciones y libros, el último de ellos sobre los cuidados invisibles.

Pregunta. “Cada éxito que he tenido me ha costado una enemistad. Comprendo a la gente que renuncia a competir”, dijo.

Respuesta. Competir contra desconocidos en una oposición en la que hay 20 plazas y 2.000 concursantes te da igual porque no los conoces. Pero en las oposiciones a cátedra, la pelea es un cuerpo a cuerpo y a veces contra personas a las que estimas muchísimo. Es muy difícil conseguir un pacto de “ahora tú, luego yo”: en muchos casos es ahora o nunca.

P. No siempre se acepta.

R. A mí me ha costado un sufrimiento terrible tener que competir. Tenía la sensación de que se me llenaba de hiel un trozo del alma. Me ha pasado también con los premios, desafortunadamente. En algunos casos una persona que también concursaba ha pensado que era una ofensa personal que no se lo hubieran dado a él. Y rompió la relación siendo amigos un día antes.

P. Qué frágiles son amistades que parecen fuertes.

R. No hay más que mirar la historia. Los generales romanos iban a la batalla y a la muerte juntos, y con cualquier tema de discusión se podían convertir en enemigos mortales. O la revolución francesa: un día son tus amigos y al día siguiente te están llevando al cadalso.

P. Hace un año le preguntaban por el mayor factor de cambio social en España y decía: “Las mujeres y los inmigrantes”. La pandemia lo ha llevado todo a un segundo plano.

R. Y ahí se quedará, me temo. Porque la desigualdad de género se combate de muchas maneras. Por ejemplo, dotando de fondos a todos los mecanismos que contribuyen a la igualdad, como las guarderías. En fin, los servicios que puede prestar el Estado para que la división del trabajo tradicional no sea tan costosa para las mujeres que quieren vivir de otra manera. Pero vamos a tener que dedicar gran parte del dinero de los impuestos a pagar los intereses del dinero que nos presten. Y va a haber que pagar muchísimo dinero a gente que se va a quedar en paro, o que va a quebrar, o que no va a poder alimentar a sus hijos.

P. Usted ha alertado contra el envejecimiento de la población.

R. Una obviedad: que la gente viva muchos años es una maravilla. Que una población esté envejecida es una conquista magnífica. Otra cosa es que tengamos pocos hijos. Pero hay que intentar que haya mucha gente mayor y, aparte de eso, que tenga buenas condiciones y calidad de vida, que es un tema distinto que también me importa, porque no creo que sea obligatorio quedarse aquí cuando uno se quiere marchar.

P. Pero nacemos menos.

R. Y empieza a ser relevante demográficamente. Un ejemplo. Muchas chicas no tienen ninguna seguridad laboral y, cuando la consiguen, se les ha hecho tarde y la Seguridad Social ni siquiera les paga el tratamiento. Se considera que a partir de los 40 años una mujer no tiene derecho a tratarse con la Seguridad Social. Y el tratamiento fuera de la Seguridad Social es carísimo, inaccesible.

P. Con el virus suelto por las calles hemos redescubierto el hogar.

R. Lo que no han hecho las empresas ni el Estado han tenido que hacerlo, de golpe, los hogares y las asociaciones sin ánimo de lucro. Los hogares han sido clínicas, escuelas, restaurantes y centros de ocio, oficinas, guarderías. Hemos tenido que ponerle parches a la economía. Mucha gente que estudia economía financiera dice que esto no tiene importancia. Tiene tanta importancia que en horas de trabajo son más las horas no pagadas que hacemos en España que las pagadas. ¿Cómo vamos a entender la economía española, sus recursos, sus desafíos, si no tenemos en cuenta este pequeñísimo detalle? El esfuerzo productivo no pagado es más voluminoso en horas, no digo en eficiencia, que el esfuerzo del mercado laboral. La crisis anterior se resolvió en los hogares. De ésta nos están salvando los sanitarios, unos héroes, y a nivel productivo, los hogares nos han vuelto a salvar otra vez. Hemos sacado en los últimos cien años funciones de los hogares para trasladarlos a la economía monetarizada. Pues bien, de repente han vuelto todas.

P. En 2007 escribió un libro titulado El valor del tiempo.

R. No, no vaya por ahí. El tiempo confinado es un tiempo aprisionado. No es tiempo libre. De hecho hay mucha gente que no ha tenido la sensación de que le sobrara el tiempo, sino al revés, han padecido muchísimo un estrés de tiempo.

P. ¿Pasó miedo?

R. Me dije a mí misma que tenía que ser muy estricta porque podía enfermar. Así que tuve reglas muy severas: no he salido a la calle en dos meses. Me siento privilegiada porque tengo una casa agradable. Pero la soledad me ha pesado muchísimo.

P. ¿Tanto?

R. Muchísimo. Hablé con familiares, amigos y colegas, pero he notado la pérdida del contacto. Lo que yo llamo la disciplina del abrazo. Hemos hecho un esfuerzo enorme para algo que, bien mirado, es terrible: no vernos, no tocarnos.

P. Esto dinamita muchas cosas en las que está basada nuestra convivencia.

R. A mí me hubiera gustado asesorar al Gobierno sobre el confinamiento. Pero el político se diferencia del científico en que tiene que tomar las decisiones con urgencia, no puede esperar a que le hagamos ningún informe.

P. Ha sido un tsunami.

R. Como científica lo que me empezó a preocupar desde el minuto uno fueron las consecuencias sobre el empleo, la caída del sector del turismo, las tensiones que se iban a producir en millones de hogares con una convivencia forzada dentro de un clima de estrés y de miedo. Creo que eso ha sido muy insano para la mayor parte de las familias. Esto va a ser una fuente de conflictos muy duraderos que ni siquiera han empezado a manifestarse. La propia gravedad de la situación impide que se hagan más públicos de lo que son.

P. ¿Se refiere a conflictos sociales?

R. Y de relaciones. En la guerra hay elementos muy positivos que surgen de repente, como la solidaridad o el amor, pero también traiciones. Y situaciones de conflicto previo que ya no resisten más porque todas las válvulas de seguridad que tenían, saltan. No puede irse uno fuera, no tiene otros amigos con quienes compartir, no puede desahogarse. Algunos lo pueden llevar mejor, pero otros, confinados en pocos metros cuadrados, con un estrés tremendo, sin saber si el de al lado le está contagiando o no, si es un riesgo o una amenaza…

P. No sé si en las parejas eso ha importado mucho.

R. No sólo es la pareja: son los niños, son los amigos que vienen a verte, es el vecino de enfrente, es el portero, es la persona que te cruzas por la calle. Es el que no te llama, es el que no te busca las mascarillas o, sabiendo tú las que tiene, no las comparte. Es todo un filtro que hace más intensas las relaciones. O el hecho de que no tengas una relación y se haga más evidente que la necesitas.

P. ¿Por qué no habló de esto?

R. Para qué hablar de las heridas cuando hay delante alguien que las está padeciendo. No me he sentido capaz de aliviarlas, igual que tampoco me he sentido capaz de poner mi capacidad científica al servicio de algo concreto.

P. ¿No se les pidió asesoramiento desde el Gobierno?

R. Se nos ha pedido que hagamos newsletters con los que sabemos nosotros y lo que se está publicando. Pero eso no es asesorar, eso es colgar algo y si alguien quiere leerlo, lo lee.

P. Llegamos tarde.

R. Siempre es mejor llegar antes, pero fíjate en la presión de las autonomías para salir del confinamiento. Teníamos que confinarnos antes, queremos desconfinarnos antes. Yo creo que ningún otro partido hubiera decretado el Estado de Alarma antes de lo que lo pidió el gobierno actual.

P. Podíamos haber estado preparados.

R. Se podían haber hecho los tests antes y hubiera sido una buena medida. Pero mira. El otro día me hicieron una encuesta para ver a cuánta gente había visto. Imagina que respondo que me acaban de hacer el test y he dado positivo. Y empiezo a decir que en los quince días anteriores he tomado tres taxis (tres taxistas a los que les dicen que no pueden seguir trabajando), he visto a una podóloga, una asistenta de limpieza, empleados del súper, el niño pequeño al que estuve viendo un rato, aunque llevásemos mascarillas. Al niño pequeño, de repente, sus padres van a tener que quedarse cuidándolo, lo tienen que aislar de sus hermanos.

P. Duro pero necesario.

R. La aplicación del confinamiento, sobre todo tras dos meses encerrados, es muy costosa. Y aunque hagamos los tests ahora mismo, no vamos a tener a un policía vigilando a cada ciudadano para que respete si salimos o no. Tampoco creo que una persona se sienta muy agradecida de que le digan: “Oiga, usted estuvo cerca de una persona que se ha revelado como posible contagiadora”. El riesgo de haberse contagiado es muy pequeño. Pero el riesgo de no poder trabajar, para la persona que confinan, es una certeza. Y esa certeza cuesta mucho.

P. ¿Usted cree que se hizo una buena gestión?

R. No. Lo que también creo es que otros no la hubieran hecho mejor.

P. ¿Por qué?

R. ¿Cómo hubiera reaccionado la población española si la encierran cuando teníamos pocos muertos? ¿Cómo hubiera reaccionado si se nos dice que hay que cerrar empresas, con la pérdida de empleos, quiebras, hipotecas que no se van a poder pagar? Y que tampoco podemos ver a nuestras familias y que los abuelos no van a poder cuidar a los nietos, que es lo que hacía posible, en muchos casos, que estuvieran trabajando los hijos.

P. “La salud es un bien que hay que conservar, pero no es el valor máximo ni el único”, dijo Fernando Savater hace poco.

R. No tenemos una isla desierta para vivir en ella cada uno de nosotros. Mi salud puede ser al mismo tiempo la falta de salud del de al lado, si yo no cuido la mía. Todos tenemos derecho a morir cuando queramos. Si queremos correr riesgos podemos hacerlo, pero no riesgos que pongan en riesgo al de al lado.

P. Somos una cultura opuesta a cómo el virus nos quiere reeducar.

R. Nuestra cultura es la proximidad física, y ese valor ahora se ha convertido en un multiplicador del riesgo. No creo que podamos resistir mucho tiempo sin volver a una proximidad mayor. La barra de un bar, que es un centro donde se sana tanta gente. Habrá algunos que se estropeen el hígado, pero yo creo que tiene una capacidad sanadora muy grande.

P. Más whatsapp, más videoconferencia.

R. La comunicación a distancia va a quedarse en buena parte, porque ha demostrado que tiene una eficacia extraordinaria.

P. Pero esa distancia antes se medía en kilómetros, ahora en metros.

R. Y permite más gente, pero con menos profundidad.

P. El consumo.

R. Vamos a consumir muchísimo más mediante tecnologías nuevas que nos permitan ver en nuestro ordenador la fila de productos que hay en el súper y comprarlos sin acercarnos hasta allí. Y debiera aplicarse en muchos otros campos, por ejemplo en la administración de justicia, que tiene tantos problemas de retrasos.

P. ¿Será posible la semana laboral de cuatro días?

R. En algunos campos de alta productividad será posible sin bajar los salarios, pero en la mayoría no. Lo que sí podemos, y probablemente necesitamos, es cambiar la estructura productiva.

P. Se va a reducir una cosa que es fundamental en la vida: el azar, la casualidad.

R. ¡Ah, serendipity!

P. Puede ir al súper y encontrarse a un amigo: “Oye, tomamos algo”. O alguien a quien hace meses que no veía y le dice: “Justo me han hablado de una oferta de trabajo, igual te interesa”. Coincidir con alguien en un tren, o conocerlo allí. Quiero decir: no el hecho de comprar en un súper, asistir a una charla o ir a una ventanilla, sino todo lo que hay alrededor de eso.

R. Eso es esencial: el pasillo. Cuando yo era estudiante lo más importante fueron los pasillos. Aunque me hubieran dado las clases perfectamente por videoconferencia, no hubiera tenido nunca el pasillo, que era donde discutías. Y sucedía eso, que te encontrabas por azar con alguien.

P. O te enamorabas.

R. Es que estás hablando de mi caso personal. Me enamoré en un pasillo, él no era de mi curso. Pensé: “Huy, parece muy interesante ése”.

P. ¿Fue su pareja?

R. Y el padre de mis hijos. Murió hace cuatro años.

P. Lo siento mucho.

R. Desde los 18 hasta hace cuatro años hemos estado juntos. Desde que me lo encontré por casualidad en un pasillo.

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