La crisis del coronavirus

Enviada especial a la cuarentena: carta desde Pekín

La corresponsal de EL PAÍS en China comparte su experiencia tras 50 días de semiencierro

Una persona recibe una bolsa de comida en Wuhan, el 3 de marzo.
Una persona recibe una bolsa de comida en Wuhan, el 3 de marzo.STR / AFP

Se celebró un evento multitudinario al que acudieron decenas de miles de personas. A los pocos días se anunció el cierre de la ciudad por cuarentena, en medio de un drástico crecimiento de los contagios. Centenares de miles de personas se marcharon antes de que la medida entrara en vigor ¿Les suena de algo? Es Wuhan hace dos meses.

Vengo a hablarles desde el futuro: la experiencia, que para ustedes está empezando, nosotros en China la vivimos desde hace más de 50 días. Parece —solo parece, y con toda la cautela del mundo— que empezamos a ver más luz dentro del túnel, así que ténganlo claro: si todos hacemos nuestra parte, la situación mejora. El énfasis, ténganlo también claro, está en el “todos”: si alguien falla, se corre el peligro de volver a la casilla de salida y prolongar la situación mucho más de lo previsto.

“¡Han cerrado Wuhan!” En la corresponsalía de Pekín, fue un telefonazo de madrugada lo que anunció que nuestra vida había cambiado de un día para otro de una manera que entonces no podíamos imaginar. Lo que se prometía como unos días plácidos de Año Nuevo lunar se transformó en unos días frenéticos en los que la situación cambiaba a cada hora. A lo largo de las 48 siguientes, la cuarentena sobre una ciudad de 11 millones de habitantes se extendía a toda su provincia, Hubei, de casi 60 millones.

Con la declaración de alerta máxima en todas las regiones por el repunte de casos, el Gobierno central impuso una prórroga de las vacaciones de Año Nuevo. Colegios cerrados y muchos transportes cancelados. A efectos prácticos, toda China quedaba como mínimo en semicuarentena, con la recomendación de salir de casa lo menos posible. Los anuncios de cierres de fronteras, suspensión de vuelos y recomendación de embajadas extranjeras a sus ciudadanos de abandonar China endurecieron el aislamiento.

Al principio, la sensación fue de incredulidad. ¿Cómo se pone en marcha algo así? ¿Es verdaderamente efectivo? Llegó el momento negacionista: menuda exageración. Para qué me querrán tomar la temperatura cada vez que salgo o entro, si estoy como una manzana. Qué tontería obligar a salir con mascarilla, si se me empañan las gafas y no veo un colín.

Después, el sentimiento de desolación: Pekín se había transformado en un desierto urbano. Farmacias y supermercados eran los únicos lugares abiertos. Al frío se sumó un cielo constantemente plomizo y una contaminación que aumentó, vaya por Dios, esos días. Las nevadas sin vehículos cuajaban y parecía el fin del mundo. En esas semanas de trabajo más que intenso, pasé días enteros sin cruzarme con más ser humano que el cajero enmascarillado de la tienda 24 horas de la esquina donde me he estado aprovisionando de agua (la del grifo no es potable). ¿Cómo se sale de esta distopía?

Tomarlo como una nueva experiencia e intentar mantener el sentido del humor ha sido fundamental. También mantener una rutina: levantarse a la misma hora, organizarse un horario para —en la medida de lo posible— dedicar tiempo al trabajo, pero también a uno mismo y, quienes la tengan, la familia. Un baño relajante. Sesiones de yoga descargadas por Internet. Juegos de Monopoly por Skype. Nuevas actividades, esas que siempre se quisieron iniciar pero no había tiempo: limpieza de armarios ha sido la mía (un arranque insuperable de glamur, lo sé).

Comer sano y bien. ¡Ey, es una oportunidad para aprender a cocinar! En este país donde estaba muy implantado encargar la comida ya hecha, conozco a varios amigos chinos que, para matar el aburrimiento y por desconfianza ante posibles contagios, han agarrado una sartén por primera vez. En mi caso también han sido importantes pequeñas recompensas por buen comportamiento que rompieran la monotonía: un gin-tonic los viernes después de terminar mientras charlaba con amigos por WhatsApp, por ejemplo.

Porque hará falta paciencia y disciplina. Habrá días malos, de aburrimiento, frustración, ansiedad —¿cuándo acaba estoooo?—, tristeza, cambios de humor súbitos, irritabilidad. No lo digo yo, que también. Lo dice un estudio de estudios sobre la psicología de las cuarentenas, elaborado por expertos del King’s College de Londres. Es posible que haya gente que necesite apoyo psicológico. No duden en buscarlo.

Estos mismos expertos recomiendan algo clave: recordarse continuamente, y recordar a los demás, que lo que se está haciendo tiene sentido. Que es un sacrificio por el bien común, que no es inútil, y que se agradece. Los mensajes de agradecimiento, apuntan, son fundamentales.

Pero también habrá días buenos, muchos. Esto es también una oportunidad para hacer lo que siempre se quiso hacer. Para disfrutar de los seres queridos. Para apreciar cosas. Detalles que se dan por normales —una sonrisa detrás de la mascarilla, oír el trino de los pájaros gracias a la ausencia de tráfico, unas bromas con amigos— se vuelven algo tremendamente precioso. Los amigos serán fundamentales. Aquí en Pekín, hemos tenido la suerte de coincidir un estupendo grupo de corresponsales españoles, convertidos en una pequeña familia para darnos ánimos mutuamente. Es una oportunidad para darnos cuenta de la suerte que tenemos en nuestra vida normal.

Y esa normalidad, poco a poco, vuelve. A nosotros nos ha costado muchas semanas avanzar un poco, y aún estamos lejos de recuperarla por completo. El domingo, Pekín anunció que quienes lleguen del extranjero tendrán que cumplir obligatoriamente una cuarentena de 14 días en centros especiales.

Pero nuestro túnel empieza a tener un poco más de luz. Poco a poco van reabriendo más tiendas. Hay un puñado de restaurantes abiertos, a los que se puede ir no siendo más de tres por mesa y guardando un metro de distancia. La gente se va reincorporando a sus puestos de trabajo, y hay más vida en la calle.

De esta se sale, no lo duden. Gracias por colaborar y quedarse en casa.

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