Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
ANÁLISIS i

Un inmenso banco de bienes culturales

El informe de la ONU alerta del deterioro de la salud de los ecosistemas a escala global, con una redistribución y perdida de la vida que llega hasta los polos

Una ballena azul traga el krill en la costa de California.
Una ballena azul traga el krill en la costa de California.

El informe sobre biodiversidad del IPBES hace una llamada desesperada al cambio transformacional pues los intereses particulares doblegan al interés público en todo el planeta. Los impulsores directos de extinción de especies están hoy presentes incluso en los remotos Mares del Sur y el continente blanco. La caza de ballenas y focas peleteras ya a principios del siglo veinte casi lleva a su extinción. Afortunadamente, el desinterés por la grasa de ballena tras la emergencia del petróleo, junto con las medidas de protección de los fócidos y cetáceos han permitido recuperar sus poblaciones.

Sin embargo, hoy en día, éstas y otras muchas especies como los pingüinos, compiten con el hombre por el consumo del kril antártico Euphausia superba (cuyo aceite rico en Omega 3 se usa para pienso). Si la decaída de depredadores emblemáticos ha trastocado los ecosistemas marinos, los efectos de la pérdida de kril como la base de las cadenas alimentarias marinas se prevén mucho más catastróficos. Cabe destacar que se estima que el kril, después del hombre, es la especie animal más abundante en tonelaje en la Tierra. En consecuencia, muchos organismos marinos dependen de la abundancia del mismo a la vez que sufren de los efectos de la contaminación y el calentamiento climático de las aguas. Actualmente la gestión de los recursos marinos en el Océano Austral se erige como un tema clave para la supervivencia de miles de especies así como para nuestro propio bienestar. De tal forma muchos países y organizaciones se posicionan, pero la pregunta es, con respecto a que intereses.

Por otra parte, en el ámbito terrestre la biodiversidad natural en los archipiélagos del Océano Austral se ha visto afectada por otro gran mal, la introducción de especies exóticas. Por ejemplo, la llegada de conejos y gatos a la isla sub-Antarctica Macquarie (al Sur del Mar de Tasmania) asoló la población del perico de Macquarie (Cyanoramphus erythrotis), extinguiendo la especie de loro más sureña. Hoy en día el panorama se antoja desolador. Anualmente se descubren nuevas introducciones que se suman a los centenares de especies exóticas presentes en las islas Sub-Antarticas (tales como roedores, maleza e insectos), y unas pocas decenas de invertebrados en la propia Antártida. El debilitamiento de las barreras climáticas por el calentamiento regional junto con la llegada continuada de visitantes facilita la colonización asistida por la actividad humana. La vida Antártica, ajena a presiones exteriores durante millones de años se ve sobrepasada por la agresividad competitiva de los invasores. Esa vida Antártica, aparentemente débil, se ha adaptado para soportar la adversidad del continente helado, dándonos una fuente de conocimiento sobre la supervivencia en ambientes extremos.

Conservar esta diversidad nos supone un inmenso banco de bienes culturales. Como ejemplo, los peces del hielo exentos de hemoglobina son un referente de estudio para el tratamiento de la anemia. Debemos plantearnos a cuánto ascenderá el coste de oportunidad con la pérdida de biodiversidad y para ello conocer la salud de los ecosistemas en el Océano Austral será un buen reflejo.

Luis R. Pertierra es investigador Juan de la Cierva en la Universidad Rey Juan Carlos. Este artículo ha sido elaborado por Agenda Pública para El País.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >