Violencia sexual a golpe de móvil y chupito

La práctica del consumo excesivo de alcohol y el aumento del uso de móviles y redes sociales configuran el escenario para nuevas formas de agresión entre los adolescentes

Miles de jóvenes participaron en un 'macrobotellón' prohibido en el parque de la Alameda de Santiago.
Miles de jóvenes participaron en un 'macrobotellón' prohibido en el parque de la Alameda de Santiago.EFE
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Es noche de sábado. En los alrededores de la estación de Atocha, en Madrid, hay un constante pulular de jóvenes frente a las discotecas Teatro Kapital e Independance Club. Hablan, se ríen, hacen cola para entrar o esperan a alguien que hay dentro para marcharse o para cambiar de sitio. En la mano, hay quien sujeta una lata de cerveza, otros un cigarro y todos, un teléfono móvil. “No hay fiesta sin foto ni gran farra sin storie, ¿habrá que inmortalizar los momentos top, ¿no?”, dice Jorge, que acaba de empezar la universidad. A su alrededor, los flashes de varios selfis de grupo se cruzan. Muchos de ellos dicen que hay algo asegurado: el alcohol. “Que no falte”, apostilla una amiga de Jorge. La práctica del consumo excesivo de alcohol —que ha consolidado lo que se conoce como cultura de intoxicación—, unido al aumento del uso de móviles y redes sociales son los elementos de nuevas formas de violencia sexual que, como las tradicionales, afectan de forma mayoritaria a las mujeres, ni siquiera requieren ya cercanía física y sus consecuencias se intensifican en las zonas rurales.

Le temo al WhatsApp y al Instagram, sobre todo, por lo que me pueda encontrar Clara, 18 años

Este cóctel es lo que Nuria Romo, antropóloga cultural e investigadora de género y drogodependencias y profesora de la Universidad de Granada, y Laura Pavón, también antropóloga social y cultural, llevan analizando los dos últimos años. El estudio cualitativo No sin mi móvil: consumo de alcohol, violencia de género y tecnología en la cultura española de la intoxicación muestra que beber mucho y muy rápido es “un elemento esencial de las experiencias de mujeres y hombres” y que “utilizan este consumo como una herramienta de desinhibición, facilitando las relaciones interpersonales”. En ese contexto, dice Romo, "la violencia de género está presente y unida al uso del teléfono móvil en las relaciones, ya sean entre amigos o de pareja. Aunque también hay algo positivo en ese uso intensivo del teléfono, y es que hay una forma de contacto continuo que hace más seguros los espacios”.

La investigación, basada en 24 entrevistas en profundidad con 10 niñas y mujeres y 14 niños y hombres de entre 16 y 22 años, mostró que en esa violencia son preferentemente ellas “quienes sufren acoso sexual y violación de su imagen pública a través de las tecnologías de la información y la comunicación”. Le sucede a Clara cada domingo: “Le temo al WhatsApp y al Instagram, sobre todo, por lo que me pueda encontrar”. Le ha pasado más de una vez. En su último cumpleaños, el de los 18, un boomerang (una ráfaga de fotos que forma un vídeo de un segundo, parecido a un formato gif) acabó en varios grupos de WhatsApp. Era ella, de rodillas en medio de la calle, mirando hacia arriba con la boca abierta; alguien escanciaba ron en su boca mientras un chico, detrás de ella, hacía un movimiento acercando el pene (que asomaba por la cremallera) a su nuca. “Le estuvieron dando vueltas durante días, me decían que lo iban a subir a Instagram, que me iban a etiquetar poniendo #bitchdrinkin [#putabebiendo sería su traducción literal]… Me agobié tanto que estuve días sin pasar por la facultad”. Esa práctica se llama slutshaming (tildar de prostituta, en castellano) y Laura Pavón la define: “Es criticar, culpabilizar y constreñir a las chicas por portarse de una manera que alguien percibe como promiscua o fuera de los roles tradicionales de género”.

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A ello contribuye "una presencia cada vez mayor de niñas y mujeres en ambientes antes masculinizados. Y al igual que ellos, forman parte de una cultura de bebida e intoxicación como búsqueda de placer, pertenencia al grupo y vínculo de amistad”, explica Romo. La última encuesta nacional sobre el uso de drogas en estudiantes de secundaria ESTUDES (de 14 a 18 años) apunta a que la prevalencia del consumo de alcohol es mayor en mujeres —76,9% ellas frente al 74,3% de ellos—, y en el consumo de alta intensidad ha crecido la presencia de chicas de 14 y 15 años, 14,6% y 27,3% y 13,2% y 25,5% en los chicos. Al aumento de estas cifras, a veces, contribuyen los propios locales. “En algunos sitios a las chicas las dejan pasar gratis mientras ellos tienen que pagar”, se queja Sandra, que ya ha cumplido los 25. Y Jorge, apostilla: "Para ellas hay entrada gratis, chupitos gratis, más promos, 2x1.... Vamos, que les cuesta emborracharse un tercio menos que a nosotros".

En ese entorno, el 5º Informe Anual del Observatorio Noctámbul@s, de la Fundación Salud y Comunidad, explica que el “ligoteo” está asociado al contexto de fiesta grupal, al objetivo de “cacería nocturna” y que los espacios de ocio nocturno propician la sexualización de los cuerpos de las mujeres. Conscientes de que la imagen de esos establecimientos está asociada al acoso a la mujer, la patronal de estos locales, Spain Nightlife, presentó un informe a mediados de marzo en el que tildaba de “residuales” las agresiones que se producen en las discotecas. Según las quejas recogidas por el personal de unos 400 locales de ocio y otros casos aparecidos en la prensa, concluían que el acoso había caído un 11,84% en el último año. “Evidentemente trabajaremos para que no se produzca acoso contra las mujeres cuando se estén divirtiendo, pero, por suerte, estos casos constituyen algo aislado”, afirmó José Luis Benítez, presidente de la patronal.

El alcohol genera vulnerabilidades añadidas en las chicas jóvenes. En los contextos de ocio, el ser chica o chico hace que las situaciones de riesgo asociadas sean distintas Nuria Romo, antropóloga e investigadora

Para Ivet Oriols, socióloga e investigadora del Observatorio Noctámbul@s, considerar que las violencias en el ámbito del ocio nocturno son “residuales” es negar el carácter estructural de las mismas y contribuye a su normalización. “Para acabar con esta situación es necesario romper con el clima de impunidad y formación en perspectiva de género para el personal”, ya que según el estudio del observatorio, el personal del local es el último lugar al que acudirían a pedir ayuda  las mujeres  que han sufrido acoso en una discoteca. Romo reflexiona sobre lo mismo: "¿Cómo frenar esto? Pues hay que tener en cuenta estas nuevas vulnerabilidades que se generan entre la tecnología y el alcohol, utilizando estrategias nuevas que se adapten a los nuevos patrones de comportamiento de la juventud”. Para poder analizar esa nueva realidad, Laura Pavón reclama datos: “En ciberviolencia aún son escasos y, en consecuencia, se sabe muy poco acerca del porcentaje real de víctimas y de la prevalencia de los daños causados. De ahí la importancia de la investigación que oriente las estrategias preventivas y que se enmarque en contextos poco estudiados, como son las áreas rurales”.

Los pueblos, donde el problema se intensifica

Además de la investigación junto a Nuria Romo, Pavón realizó otra, también cualitativa, con una muestra de 22 chicas y 18 chicos de 18 a 24 años residentes en áreas rurales del norte de Extremadura. “En las ciberviolencias de género destacan las formas de control, acoso, monitoreo y extorsión, dentro y fuera de relaciones de noviazgo juvenil”, explica. Ha encontrado muchos ejemplos de sextorsión, utilizar imágenes o vídeos íntimos de las chicas para chantajearlas, amenazando con difundirlas; revenge porn (porno vengativo), que es la difusión o exposición pública de fotos o vídeos íntimos de chicas de manera no consensuada en las que normalmente el agresor es una pareja o expareja para vengarse tras el fin de la relación sentimental; y ciberstalking, el control y persecución repetitiva hacia las chicas a través de Internet y medios electrónicos.

Ana, que tiene 15 años y empezará bachillerato el próximo septiembre en un pueblo de Albacete, sufrió algunas de estas ciberviolencias por un exnovio. Cuenta que el pasado verano empezó a “enrollarse con un chico” un par de años mayor que ella y durante el mes y medio que duró la relación era todo “perfecto”. “Como era tan bonito y tan guay pues yo cogí confianza y cuando salíamos y bebíamos y eso y volvía a casa le mandaba fotos. Así con poca ropa y eso… Luego lo dejamos porque me enteré de que se estaba liando también con una chica de otro pueblo”. Fue entonces cuando él empezó a presionarla con mandar por grupos de WhatsApp aquellas fotos: “Me decía que qué más me daba, que no éramos novios, que me siguiera liando con él. Que qué me parecía que mandara mis selfis a sus amigos… Vivía cagada de miedo, la verdad. Imagínate que las manda y las acaba viendo mi hermano, o mis padres o mis profesores”.

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En un pueblo, donde existe una mayor cercanía entre las personas, las consecuencias emocionales para las víctimas se intensifican: “Son más las críticas, el juicio y la sanción social sobre sus actos. Como consecuencia, hay más silencio e invisibilización en cuanto al reconocimiento tanto de la violencia sexual como de género”. Aunque ese mayor contacto, añade Pavón, puede ser también positivo: "Porque favorezca el apoyo y la ayuda mutua".

En cualquier caso, las situaciones de acoso son las mismas que las que encontraron en el estudio en zonas urbanas. "Acorralamientos, persecuciones, tocamientos, insistencia y presión a pesar de haber manifestado un no por respuesta, coerción y un sentimiento de miedo como constante", detalla la investigación. Ana explica, todavía con agobio, que cada vez que iba por la calle tenía la sensación de que todo el mundo la miraba: “Hubo días que ni siquiera quería salir de mi casa, estaba rayadísima con que la gente pudiese haber visto las fotos. Si llega a pasar, quedas para todo el mundo como una guarra, para siempre". Dice que ella no hubiese vuelto a pisar el instituto y piensa en su madre: "Bueno, bueno... Le da un infarto".

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