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El asesino que inspiró ‘El Adversario’ seguirá en prisión

Un tribunal niega la libertad a Jean-Claude Romand, que mató a su familia tras 18 años de doble vida

Jean-Claude Romand durante su juicio, en 1996
Jean-Claude Romand durante su juicio, en 1996 AFP

El falso doctor Romand seguirá entre rejas. El tribunal de aplicación de penas de Châteauroux, en el centro de Francia, rechazó la demanda de libertad de Jean-Claude Romand, condenado a cadena perpetua por el asesinato de sus cinco familiares más próximos en 1993.

Durante 18 años, Romand hizo creer a todo el mundo que era un alto funcionario de la Organización Mundial de la Salud. Se fabricó una vida ficticia que sufragó estafando, y arruinando, a su círculo cercano. Cuando vio que la mentira se desmoronaba, mató a su mujer, a sus dos hijos y a sus padres.

Jean-Claude Romand, de 64 años, es una persona bien real y a la vez un personaje casi de novela, protagonista de un clásico contemporáneo de la literatura francesa, El Adversario, de Emmanuel Carrère. Su posible salida en libertad, tras pasar 26 años encerrado, era una noticia que desbordaba la crónica de sucesos.

En septiembre se supo que había pedido la libertad condicional. Los informes psiquiátricos señalaban que estaba en condiciones de reintegrarse en la sociedad, según informaron entonces varios medios de comunicación. Incluso tenía un posible empleo que le ayudaría en la reinserción.

“El tribunal de aplicación de penas de Châteauroux ha considerado que, pese a un recorrido de ejecución de pena satisfactorio, los elementos del proyecto presentado y de su personalidad no permiten, en el actual estado de las cosas, garantizar un justo equilibrio entre el respeto de los intereses de la sociedad, los derechos de las víctimas y la reinserción del condenado”, declaró la fiscal de la República en Châteauroux, Stéphanie Aouine, en un comunicado citado por la agencia France Presse.

La tétrica fascinación que el caso Romand despierta se explica por la capacidad de un hombre de mantener en pie un inmenso engaño durante toda su edad adulta. Romand se hizo pasar por médico y no lo era. Hizo creer a todos —incluidos su familia, amigos y amantes— que trabajaba en la OMS, donde desempeñaba un cargo destacado, cuando en realidad abandonaba cada mañana la casa familiar, cerca de la frontera franco-suiza, y pasaba el día sin rumbo, conduciendo por autopistas o esperando en aparcamientos a que acabase la jornada laboral. El fingimiento lo llevó hasta lo más íntimo. Nadie sabía que todo era un invento.

Cómo pudo mantener tanto tiempo el castillo de naipes es uno de los enigmas del caso. Romand prometía a sus familiares y conocidos inversiones en Suiza. El dinero le servía para financiar su tren de vida. Cuando algunos empezaron a reclamarle los fondos y a sospechar, estalló.

Detrás de la pantalla de falsedades no había nada, ni nadie más que él. El vacío. “Una mentira, normalmente, sirve para tapar una verdad, algo quizá vergonzoso, pero real. La suya no tapaba nada. Bajo el falso doctor Romand no había un verdadero Jean-Claude Romand”, escribió Carrère en El Adversario.

En prisión, Romand se acercó a la religión. Era “un detenido modélico, solitario y rodeado de imágenes piadosas”, escribe el diario Libération. El artículo cita a uno de los psiquiatras que lo trataron antes de su juicio en 1996: “Pareció haber encontrado una cierta redención mística que le ayuda a asumir su culpabilidad y la realidad del proceso”. Ahora no ha logrado persuadir al tribunal de que estaba preparado para salir. Tiene diez días para recurrir la decisión.

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