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El miedo puede más que el frío

El temor frena a las aves forestales a la hora de buscar alimento en invierno, según un estudio del CSIC

Si a pequeñas aves de la sierra madrileña de Guadarrama se les da a elegir entre una rama con sol, pero desprotegida, y otra más fría, pero con garantías de pasar desapercibidas ante un depredador, en una especie de truco o trato para pájaros, eligen sin dudar la segunda opción. Un estudio realizado por investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales, del CSIC, concluye que su miedo a perder la vida es más fuerte que el afán por encontrar un lugar en el que pasar menos frío a la hora de buscar alimento en el crudo invierno.

“El riesgo de un ataque es como un fantasma del que se protegen permanentemente”, dice una de las autoras

El trabajo, coordinado por la investigadora Sara Villén Pérez y recientemente publicado en la revista PLos One, analiza las estrategias que siguen pequeñas aves forestales, como el herrerillo común o el carbonero garrapinos, para hacer frente al invierno, una estación crítica para ellas, ya que la pérdida de calor corporal se dispara al disminuir la temperatura y tienen que buscar estrategias para sobrevivir a esta estación.

Estos pájaros son capaces de detectar variaciones mínimas de temperatura dentro de un bosque y buscan los enclaves más cálidos donde reducir la pérdida de calor corporal. Sin embargo, frente a este beneficio térmico directo priorizan la elección de zonas con masas de vegetación densa donde refugiarse de los ataques de los depredadores, poco probables pero potencialmente letales. “No siempre es posible encontrar lugares con ambas características y se ven obligadas a apostar por una de las dos estrategias”, explica Villén. “El riesgo de un ataque es como un fantasma del que se protegen permanentemente”, añade.

El estudio se realizó en el invierno de 2011 en el Paraje de la Estación Biológica de El Ventorrillo, en la Sierra de Guadarrama (Madrid). Forma parte de la tesis doctoral de Villén, en la que se abordan los patrones de distribución de las aves en función de criterios ambientales. Las 38 aves que finalmente han servido de muestra se anillaron en noviembre y diciembre, y a principios de febrero, colocaron unas cámaras que registraron 375 horas de filmación.