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OPINIÓN

Medio siglo después

Jesús de la Serna fue mi maestro, probablemente el único verdadero que he tenido en este oficio

Jesús de la Serna en la Escuela de Periodismo de EL PAÍS en 1990.
Jesús de la Serna en la Escuela de Periodismo de EL PAÍS en 1990.

-Al verle a usted me ha parecido que resucitara un personaje del Greco.

Así le dijo una dama americana a Jesús de la Serna a la hora de elogiar su semblante, evocador de las figuras señeras de la sociedad del Siglo de Oro. En realidad hubiera podido servir de modelo para el retrato de la mano en el pecho o para el coro doliente del Entierro del Conde de Orgaz. Porque Jesús, desde luego, era un caballero, pero no tanto por su porte inconfundible, sino por el gesto interior que le animaba, su bondad sin límites, su rectitud moral, su sentido del deber, su generosidad para cuantos le rodeaban y, sobre todo, su humildad, condición de la que solo pueden presumir quienes son verdaderamente grandes.

Hijo de periodista y nieto de una escritora insigne, Jesús dedicó toda su vida a la prensa. Puede decirse que no tuvo otro mundo que el universo global de los periódicos ni otros amigos mejores, más leales y perdurables que sus colaboradores que, de forma espontánea, absolutamente natural, acabamos siempre convertidos en sus discípulos. Él desde luego fue mi maestro, probablemente el único verdadero que he tenido en este oficio, pero no solo en este, sino antes que nada en la escuela de la vida. Desde que a mis diecisiete años comenzáramos a trabajar juntos hasta esta misma fecha, Jesús ha sido mi redactor jefe, mi director, mi consejero más eficaz, aquel de cuyo criterio uno siempre podía fiarse y de cuyo ejemplo uno nunca terminaba de aprender. Él y yo sabíamos que los vínculos que nos unían eran mucho más fuertes de lo que aparentábamos, pese a ser muy visible nuestra amistad. Su sobriedad expresiva y mi invencible timidez, o quien sabe si cierto compartido egoísmo emocional también, nunca nos permitieron efusiones mayores que escenificaran la complicidad absoluta que nos unía. En realidad casi todo lo que sé del periodismo lo aprendí de él; a su apoyo y su tutela debo más que al de ningún otro el perseverar en esta profesión tan entrañable como canalla durante más de cincuenta años.

Tenía las condiciones necesarias del líder. Sabía delegar; escuchaba más y mejor que nadie; valoraba también el silencio, en cuyo manejo era todo un artista; y diluía sus ambiciones personales en la dinámica de los equipos que dirigía, a quienes siempre atribuía los éxitos conseguidos y de quienes nunca dejó de asumir los fracasos pese a no ser personalmente responsable de los mismos. Frente a la competitividad casi salvaje de este mundo desintermediado por el efecto de las tecnologías, Jesús de la Serna representaba el buen juicio de quienes aspiran a vertebrar la opinión de la sociedad conforme a valores reconocibles y compartidos. Modernizó las formas de hacer periodismo en Pueblo, enarboló la independencia y los sueños de libertad en Informaciones y compartió el esfuerzo democrático de El País, desde cuyo Consejo de Administración, y al frente de su Escuela de Periodismo, derramó sabiduría y buen hacer. En todas esas etapas tuve el honor y el privilegio de estar junto a él, de aprender con él, de descubrir y debatir con él, desde las interminables y antiguas veladas junto con Jesús Hermida y Eduardo Delgado hasta las conversaciones a calzón quitado en nuestros despachos. En el suyo de director de Informaciones, cuando me aprestaba a asumir la jefatura de los Servicios Informativos de Televisión Española en circunstancias azarosas que algún día contaré, me dijo con la solemnidad con la que solía emitir sus juicios:

-Juan, recuerda que el capitán del barco siempre almuerza a solas en su camarote.

Jamás lo he olvidado.

 

Juan Luis Cebrián es presidente de EL PAÍS y presidente ejecutivo del Grupo PRISA