Que nadie se engañe, aquí y allá hay dopaje

El positivo de Alberto Contador hace estallar el populismo patriotero A un lado y otro de los Pirineos se miran con recelo mientras los deportistas se convierten en símbolos intocables

El ciclista español Alberto Contador.
El ciclista español Alberto Contador.EFE/PHILIPPE PERUSSEAU

La tensión y el mal rollo han estallado con Alberto Contador. Pero la relación deportiva franco-española lleva años levantando pasiones y recelos mutuos. Primero fue el desprecio original con que los atletas franceses miraban a los españoles; luego el espectacular sorpasso del vecino del sur; hoy estamos en las sospechas al norte y la defensa ciega de la marca España. España se modernizó y se convirtió en una gran potencia mundial deportiva. Francia limpió la casa, se estancó y hoy solo tiene garantizadas las victorias en petanca.

 Hay un rito en el ciclismo que lleva tanto tiempo practicándose que forma parte ya de las tradiciones más entrañables del pelotón y cada año se repite. Su existencia apenas la conocían cuatro más allá del mundillo ciclista, pero el otro día un Twitter quejica, y errado, la dio a conocer urbi et orbi. “Primer francés de mierda del año, Gárate, español del Rabobank”. Lo lanzó al éter Jérémie Galland, veterano ciclista francés. El error consistía en que el corredor al que denunciaba por llamarle “francés de mierda” en un momento de tensión de una etapa en la reciente Vuelta a Mallorca, no era Gárate sino su compañero en el Rabobank, el asturiano Carlos Barredo. La tradición denunciada es, claro, la del peyorativo acompañamiento al gentilicio con que se dirigen habitualmente a los corredores de encima de los Pirineos los del sur, y dice bastante sobre unos y otros: sobre el victimismo quejica que tan grato les resulta a los ciclistas franceses, y sobre la consideración de estos como malos compañeros por parte de los españoles.

También dice mucho sobre cómo la visión del dopaje en uno y otro país marca más que otros asuntos la distancia cultural y espiritual entre los dos países condenados a compartir los Pirineos, unas montañas que, como creen los idealistas y proclama el escritor provocador de Pau, Christian Laborde, Dios los creó no para distinguir España de Francia, sino para diferenciar a los escaladores de los rodadores.

 Yannick Noach dijo que España había encontrado la “poción mágica”

La fractura comenzó en el Tour de 1998, el del escándalo del equipo Festina. Ningún español acabó aquel Tour: se retiraron todos en protesta por la redada que destruyó a Richard Virenque, ídolo francés de entonces, por la inexplicable, para ellos, conversión del dopaje en un asunto moral que, como los Pirineos, permitía separar a los honestos de los tramposos.

“El ‘doping’ es consustancial a la alta competición”, dice un experto

De aquella retirada masiva y de los ejercicios espirituales que la sociedad francesa, liderada entonces por la ministra comunista Marie-George Buffet, autora de la primera ley antidopaje europea, obligó a emprender a su pelotón, nació un concepto de éxito, el del ciclismo de dos velocidades —la lenta, la de los limpios que corrían al agua clara, franceses, por supuesto, y la rápida, ya se sabe quiénes—, personificado el año siguiente en el ciclista misionero Christophe Bassons, al que el pelotón hizo imposible la vida en los pocos días que resistió en el Tour.

Ese es, quizás, el pecado original que aún mancha a los deportistas españoles, y parte de la razón de que cualquier éxito deportivo con color rojo sea considerado sospechoso en Francia, el país limpio que no gana.

Otra parte del pecado se podría buscar en el campo de los poderes político-deportivos. Seguimos hablando de dopaje, claro, de por qué se ha convertido en un tabú intocable, imagen de lo sagrado —con el dopaje hemos topado, diría el clásico—, que justifica perder la razón y la medida cuando se aborda, pero cuya erradicación nunca se ha tomado en serio en España.

Cualquier éxito con color rojo es visto en Francia como sospechoso

En 2007, el presidente de la Unión Ciclista Internacional (UCI), el irlandés Pat McQuaid, afirmó: “En España hay un verdadero problema de dopaje”. Y en noviembre pasado, el extenista francés Yannick Noah, el personaje más popular del país, se atrevió a decir lo que todos piensan pero nadie ha probado, que el dopaje es la clave que explica la avalancha de éxitos del deporte español en los últimos tiempos.

Noah escribió en Le Monde que España “había encontrado la poción mágica” y llamó a poner fin de una vez a “tanta hipocresía”. “¿Cómo puede una nación dominar el deporte de la noche a la mañana?”, se preguntaba. “El dopaje es una realidad en el deporte mundial. Y el mejor es el que más se dopa: el deporte es como Astérix en los Juegos Olímpicos. Si no tienes la poción mágica, es difícil ganar. Y parece que, como Obélix, ellos (España) fueron los afortunados que cayeron en la marmita”.

“Algunos nos acusan de tener envidia”, afirma el jefe de Deportes de Le Monde, Stèphane Mandard, “pero cuando denunciamos el dopaje de Virenque o Longo nos llaman antifranceses. La reacción vista estos días es muy normal, sirve como desahogo a un problema que está ahí, latente desde hace tiempo, y que los medios y los políticos no se atreven a mirar de frente porque, entre otras cosas, en este terreno funciona no ya tanto la censura como la autocensura”.

Especialista en dopaje y exfutbolista de cierto nivel, Mandard no ha parado de dar entrevistas esta semana a medios españoles. El editorial ‘España debe mirar de frente al dopaje’ ha escocido, y él ha tratado de explicar que solo refleja la opinión “del presidente de la Agencia Mundial Antidopaje, la AMA, que ha dicho que fue una injerencia política el que Rodríguez Zapatero dijera que no había pruebas jurídicas para condenar a Contador”.

El ciclismo es solo una parte del problema, la más expuesta, porque Francia tiene la vuelta más seguida del mundo. En 2006 la operación Puerto destapó una extensa red de dopaje sanguíneo organizada desde Madrid y en la que estaban implicados el director ciclista más importante del país, Manolo Saiz, y el médico canario Eufemiano Fuentes, que tenía o había tenido clientes en varios deportes distintos. Fuentes, o como lo llaman en Francia el “buen doctor Fuentes”, será juzgado este año. Mandard recuerda que en 2006 le hizo una entrevista en la que admitió que la Federación Española de Atletismo le envió a Europa del Este “para aprender”.

La ‘Operación Puerto’ destapó una trama sanguínea con base en Madrid

La historia cuenta que la medicina deportiva se inventó en Francia porque lo decidió el general De Gaulle, que quería ver triunfar a los suyos en los Juegos Olímpicos. Ahí empezó todo: médicos especializados en mejorar el rendimiento, vitaminas, pastillas, inyecciones, transfusiones... Les movía una idea noble: ganar. Los países comunistas imitaron el modelo. Y con el tiempo, llegó el capitalismo global, el gran negocio: la televisión, el espectáculo sublime y permanente, la explotación de los derechos y de los cuerpos hasta límites inhumanos.

Mandard cita el reciente partido Nadal-Djokovic como el paroxismo de esfuerzo y sufrimiento antinatural. “Cinco horas y media de pelotazos y carreras, tras otras cuatro horas en las semifinales 48 horas antes. ¿Es posible aguantar eso solo con agua?”, se pregunta.

¿Acaso la federación internacional de tenis no hace controles? “Los hace, pero no por sorpresa. En los años setenta, Beckenbauer confesó en una entrevista que le cambiaban la sangre y por eso seguía rindiendo bien siendo tan viejo”, recuerda Mandard. “Con el tiempo eso se prohibió, y fueron apareciendo nuevas técnicas. Los controles siempre van por detrás del dopaje. Hoy, para poder detectar una sustancia prohibida, es indispensable hacer controles por sorpresa. Pero el tenis y las grandes ligas de fútbol se niegan. Mueven mucho dinero y nadie quiere entrar ahí. La UEFA y la FIFA tampoco se atreven, con lo cual la Champions y los Mundiales tampoco son controlados debidamente. Y, como ha dicho el presidente del AMA, hoy solo los tontos dan positivo con los controles pospartido”.

Los expertos antidopaje creen que los éxitos españoles se han ido encadenando mientras en el país operaban, protegidas por los agujeros legales y la tolerancia política, una o varias redes organizadas de dopaje al más alto nivel, mientras el poder miraba hacia la bandera en el mástil y los aficionados sacaban pecho sin hacerse preguntas. Mandard explica que “el doping es consustancial al deporte de alto nivel, y la industria del dopaje se ha ido trasladando de país en país europeo según las autoridades iban estrechando el cerco. Desde Francia pasó a Italia, y desde allí a España y a Inglaterra”.

Los éxitos han sido un motor para la generación de la autoestima social

“España debería haber hecho en 2006 lo que hizo Francia en 1998 tras el escándalo del equipo Festina, o los italianos tras la redada de San Remo en el Giro de 2001: limpiar. Pero no fue así”, añade Mandard. “Mientras en Francia y en Italia el poder puso coto al doping, a costa de rebajar casi de inmediato las prestaciones de sus deportistas y sus equipos, España no ha hecho ese ejercicio”.

Tras la operación Puerto, el expresidente del Consejo Superior de Deportes (CSD), Jaime Lissavetzky, siempre tuvo claro que el bien jurídico a proteger no era la limpieza sino el llamado deporte español. El mismo Manolo Saiz sufrió una crucifixión pública porque, en un intento de librar a los ciclistas de la exclusiva en la carga de la sospecha, se permitió dudar del espectacular desarrollo fisiológico de Pau Gasol tras su pase a la NBA. El positivo del futbolista del Athletic Gurpegi fue visto como un ataque frontal a un pueblo y a una cultura.

Por razones históricas, quizás por el aislamiento cultural y social, y el retraso económico engendrados por el franquismo, en España, curiosamente, nunca se ha exigido a los grandes deportistas pagar esa deuda por sus privilegios con la amenaza de la aplicación inapelable de las leyes antidopaje. Es lo que en Francia llaman permisividad. Antes al contrario, ha sido el Estado, representado en los diferentes Gobiernos que, sean del PP o del PSOE, siempre han actuado de la misma manera, quien ha hecho a la sociedad sentirse en deuda con los deportistas, verdaderos acreedores, ya que sus éxitos han sido transformados en escaparate de los fabulosos avances sociales y económicos de la España posfranquista, y en motor generador de autoestima.

“Una de las justificaciones populares para el hecho de que los deportistas profesionales estén expuestos a una forma de ley que no encaja netamente con los conceptos tradicionales de la ley, e incluso puede ser razonablemente contraria a los conceptos de derechos constitucionales o derechos humanos, es la de que el deportista ocupa un lugar privilegiado en la sociedad”, escribe en La historicidad del Estado neoliberal el antropólogo belga Mathieu Hilgers. “Y debido a este privilegio están en deuda con la sociedad y obligados a repagar esta deuda (que quizás no es exigible) cumpliendo su función de buenos modelos de comportamiento e inculcando la lógica del individuo como ser emprendedor dentro de una sociedad competitiva. Como tal, el deportista, siempre en deuda, está siempre expuesto a amenaza de la insolvencia social: la sanción si, y cuando, fallan en su papel de propagar la ética de la competición pura. El aparato antidopaje regula la asignación de esta insolvencia social, delimita el campo de la competición pura y refuerza el mito de la competición natural y en igualdad de condiciones de la economía”.

Las palabras de Zapatero y de Rubalcaba en defensa de Contador, y ahora las de los dirigentes populares del más alto nivel, que se han envuelto, escandalizados, en la bandera nacional (un recurso perfecto para que en la calle se hable menos de la crisis, de la reforma laboral, del juez Garzón) y han preferido mirar antes al dedo que a la Luna, demuestran que en España la lucha contra el doping va muy por detrás del pan y circo y de la populista defensa de nuestros héroes.

Zapatero defendió a Contador. No fue sancionado por la federación nacional

En 1988 sucedió ya con Perico Delgado. Acusado de dopaje por el Tour, que amenazaba la primera victoria de un español en el Tour en democracia, al corredor segoviano, y a su maillot amarillo, lo salvó la decidida intervención del secretario de Estado para el Deporte, Javier Gómez Navarro, que viajó de urgencia a París para dejar las cosas claras. “Pero eran otros tiempos y otras circunstancias”, dice José Miguel Echávarri, director del Reynolds de Delgado entonces. “Y, aparte, estaba claro que lo que le habían encontrado a Perico no estaba en la lista de la UCI. Y Perico lo era todo”.

Perico, le fou du Peyresourde, primero, y, sobre todo, Indurain, después, contribuyeron como nadie a cambiar positivamente la imagen de España, a modernizarla en el exterior. “En el primer Tour que corrí, el de 1983, los franceses nos miraban a los españoles por encima del hombro, como si fuésemos lo último”, dice el exciclista Ángel Arroyo, segundo aquel año. “Nos miraban como si fuéramos etíopes…”

Ahora estamos en lo que se llama marca España. Elevado el deporte por el poder a la consideración de máximo factor de cohesión nacional y de integración social, siéntase orgulloso de ser español. Y se ha llegado a tal grado de identificación que dudar de los deportistas es dudar de España, y dudar en un asunto tan elevado como el dopaje es no solo dudar de la integridad moral de todos, sino, sobre todo, de la legitimidad de las victorias.

Pese a todo, poco parece haber cambiado en España. A Contador se le ha defendido. Zapatero, siendo presidente del Gobierno, impidió que se le sancionara en España —desde el momento en que el corredor dijo a la federación española que recurriría al tribunal de arbitraje deportivo (TAS, en siglas francesas) si se le suspendía un año, el organismo no podía sancionarlo, pues se habría visto en la incomodísima posición de tener que actuar contra un ciudadano español ante un tribunal extranjero: el Twitter de Zapatero le quitó de encima el peso de una absolución indefendible— y aún se fomenta la duda sobre la decisión del TAS. Y los representantes políticos han puesto la credibilidad de Marta Domínguez por encima de la de la mismísima Guardia Civil que la investigó, registró y detuvo, y encontró pruebas de que presuntamente se dopó para conseguir sus grandes éxitos. Ahora es senadora y tiene una estatua en su ciudad, Palencia.

Los únicos grandes deportistas españoles que no han contado con la protección de la superioridad han sido, quizás, Johan Mühlegg, el esquiador alemán nacionalizado desposeído de sus medallas de oro en los Juegos de Salt Lake City por dopaje, o la vallista de origen nigeriano Josephine Onyia, esperanza de medalla olímpica, que dio positivo por la misma sustancia que Contador y también dijo que la culpa era de la carne, o el fondista de origen etíope Alemayehu Bezabeh, el único sancionado por la operación Galgo.

¿Quizá eran menos españoles que los demás? ¿Habrá llegado el momento de librarnos del sambenito y las sospechas? ¿O seguiremos echando la culpa a los guiñoles y a la pérfida Francia?

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