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Al calor de la montaña

China se prepara para deslumbrar al mundo con la Expo de Shanghai. Pero perduran en el país formas de vida cercanas a la Edad Media, con familias que viven en cuevas y en la pobreza

Si lo hubiera, un termómetro marcaría varios grados bajo cero, y el mercurio entraría en caída libre antes de las seis de la tarde. El sol se esconde tras las escarpadas montañas del centro de China, y en el horizonte se perfila una amenazadora sierra que no tarda en desvanecerse por completo, engullida por una oscuridad antigua, propia de los tiempos en los que no se conocía el significado de contaminación lumínica. Es hora de guarecerse. Pequeños puntos de luz nacen en las abruptas laderas de la provincia de Shanxi.

El hogar de Feng Jien Chang es uno de ellos. En el escueto interior, su hijo pequeño, de ocho años, se asoma a un mundo de brillantes rascacielos a través de la televisión, mientras el padre cocina una sopa de buñuelos. Se puede estar en mangas de camisa, y no debido a sofisticados sistemas de climatización. Aquí se echa mano de efectivos sistemas tradicionales, porque la electricidad es un bien escaso y esquivo. El pequeño fuego de leña que hace hervir el agua sirve de calefacción central. La cocina forma parte de una plataforma rectangular sobre la que duerme la familia. El calor y el humo circulan por canales que la recorren de lado a lado y acaban en el exterior. Suplen así la función de la chimenea que Feng nunca tendrá. Vive en una cueva.

Y no está solo. Los antepasados de los 150 habitantes de Tanda horadaron sus viviendas en la roca para aprovechar el aislamiento natural que ofrece la Tierra. Este pueblo, situado a más de 1.500 metros de altura, no es único. Varios miles más salpican las zonas rurales de una de las provincias más pobres de China. Aunque no hay cifras oficiales al respecto, se estima que hasta cinco millones de personas pueden vivir todavía al calor de las montañas.

Según el Buró Nacional de Estadísticas, en 2008 los agricultores de Shanxi disfrutaron de una renta per cápita de 443 euros al año, similar a la media del ámbito agrario. Liu Runmei, sin embargo, tuvo que conformarse con unos 2.500 yuanes (257 euros). "Y no fue un mal año. Éste será mucho peor, porque la sequía nos está matando", vaticina esta vecina de Feng.

Desde que se casó, hace ya 20 años, Liu vive en una de las casas-cueva de Tanda. No sabe cuándo se horadó, pero sí que tres generaciones de antepasados de su marido la habitaron antes. Y, posiblemente, el agujero tenga varios siglos de historia. Poco ha cambiado desde entonces. Ahora, las paredes curvas están decoradas con estridentes carteles de grupos de música pop que presentan un curioso anacronismo, acentuado por el hecho de que, aunque el agua corriente no llega a la vivienda y el váter está a casi cien metros de distancia, la familia cuenta con tres teléfonos móviles y una roñosa antena parabólica.

Son los elementos del siglo XXI que no pueden faltar en esta isla del Medievo. "La mayoría tenemos hijos fuera, y ellos son los que nos proporcionan este tipo de aparatos que nos ayudan a sobrellevar esta vida". Claro que muchas noches la electricidad se esfuma y el entretenimiento se acaba. "Es normal que los jóvenes sueñen con escapar de aquí, y ojalá pudiera yo proporcionar una buena educación a mis hijas", se lamenta Liu. "Desafortunadamente, no tengo ni el dinero ni las conexiones que hacen falta en el Gobierno".

El único ordenador con conexión a Internet estaba en la escuela. Hasta que un virus acabó con él. 204 niños y adolescentes se forman en el centro educativo de Tanda, que acoge a estudiantes llegados de cuevas que todavía quedan más lejos. Tendrían que caminar horas para llegar hasta aquí, así que se les ofrecen dormitorios en los que quedarse. La escuela se fundó un año antes de la proclamación de la República Popular, en 1948, y no fue reformada hasta 2002. Entonces se decidió dar a los despachos de los profesores la misma forma de las casas-cueva, aunque se trata de construcciones comunes. "Es el estilo al que nos hemos acostumbrado", reconoce el director, Li Zhenhua.

A pesar de sus esfuerzos, no cree que de su escuela vayan a salir los genios del futuro. "La mayoría de los profesores son gente del pueblo que apenas ha acabado la Secundaria. No hay docentes jóvenes, así que la continuidad del centro está en peligro", reconoce. Las oportunidades están en la ciudad, y los pueblos como Tanda se están convirtiendo en geriátricos.

Li Chensheng tiene 53 años, pero cualquiera le sumaría otros 20. Se mueve con dificultad y sufre artritis. Sin embargo, sigue dando clases en la escuela y cultiva una pequeña parcela en la que crece maíz cuando la climatología es favorable. En total, ingresa unos 200 yuanes al mes (23 euros). Justo para sobrevivir junto a su mujer, He Gaizhi. Incluso en las cuevas de un país que se dice comunista hay clases sociales, y ellos son los parias. Su vivienda está como hace tres generaciones, y los tres hijos del matrimonio han volado a los cuatro vientos. "Tampoco les va bien en la ciudad", comenta Li. El milagro económico de China no es para todos.

Li y He no tienen siquiera para pagar la madera que debería calentar su hogar. Pero ambos coinciden en un punto: "El desarrollo de nuestro país es algo grandioso. Los cambios de los últimos 20 años han sido espectaculares. Ya no nos morimos de hambre", apunta ella. Él mira hacia la pared, donde cuelgan los retratos de todos los presidentes chinos, desde Mao hasta Hu Jintao. "Fíjese, incluso hemos celebrado unos Juegos Olímpicos, y ahora la exposición esa de Shanghai. Estoy orgulloso".

Renovación de lujo

No hay que viajar a China para encontrar viviendas horadadas en la roca. Basta con acercarse a las provincias de Granada o Jaén. Claro que muchas tienen poco que ver con las de Shanxi. Las casas-cueva se han renovado para atraer al turismo rural de nivel, y muchas de las viviendas son ahora hoteles de lujo que ofrecen el encanto de tiempos pasados con las necesidades de hoy. Desde Internet hasta jacuzzi. De hecho, existe incluso un proyecto, Eurocuevas, destinado a la localización y recuperación de este patrimonio histórico cuyo valor cotiza al alza. Quizá deberían tomar nota los agricultores chinos. Al fin y al cabo, allí el mercado inmobiliario todavía no ha tocado techo.

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