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Céline Sciamma, la directora que no entiende de géneros

Acusada por grupos ultrarreligiosos de «lavar el cerebro» a los alumnos franceses, triunfó en Cannes con su nuevo filme, que vuelve a explorar la línea entre los géneros tras Tomboy.

Céline Sciamma
Cordon Press

Asegura que, a los 14 años, se enamoró de Deneuve en la pantalla de una sala oscura. Desde ese momento, el cine se convirtió en un refugio que la protegía del mundo exterior, pero también en un sitio donde entenderse mejor a sí misma. «Ese lugar en el que me escondía y a la vez me descubría se ha convertido en un espacio de expresión», explica Céline Sciamma. Han pasado dos décadas y aquella adolescente que averiguaba su identidad sexual en un suburbio parisino de clase media se ha erigido en una de las directoras más clarividentes y prometedoras del cine francés. Sciamma suma 33 años y tres películas.

La última, Bande de filles (Girlhood), se convirtió en una de las sensaciones del pasado Festival de Cannes. En ella vuelve a abordar dos temas recurrentes: la importancia del género en la construcción de uno mismo y el trastorno que conlleva el hecho de sentirse diferente. «Es una obsesión que surge de lo personal, pero que intento llevar a un espacio distinto. Mis películas son muy íntimas, pero a la vez nos remiten a un lugar muy político», sostiene. Su última protagonista es Marieme, una adolescente perdida cuya existencia cambia al conocer a un grupo de chicas que se comportan como hombres: utilizan el masculino para hablar entre ellas y se pegan hasta sangrar con las bandas enemigas, pero a la vez escuchan a Rihanna envueltas en vestidos ultraceñidos que han robado en el centro comercial.

En las cintas de Sciamma, el género es algo impreciso y mutante que cambia en función de la edad, el lugar y las circunstancias. Ávida lectora de referentes de la teoría queer como Judith Butler y Virginie Despentes, la directora comparte algunos de sus supuestos: «Para mí, el género es como probarse varios disfraces. Es como una performance, una puesta en escena protagonizada por uno mismo». Precisamente, es el género lo que la ha llevado a abrazar la polémica. Estrenada en 2013, su película Tomboy, sobre una niña que decide convertirse en niño, acaba de ocasionar un enorme escándalo en los últimos meses. En Francia, un colectivo de derecha tradicionalista y ultrarreligiosa convirtió a Sciamma en su enemiga pública e intentó que el Gobierno francés retirara el filme de un programa escolar destinado a alumnos de primaria. «Es peligroso dejar pensar a niños de nueve años que pueden cambiar de sexo», le escribió una madre de familia. «La educación nunca es peligrosa», responde hoy Sciamma. «La ignorancia sí lo es. A los hechos me remito», añade con sorna.

Guerra abierta. Dice que quienes protestaron ni siquiera la habían visto, pero miles de familias no tardaron en firmar una petición contra Tomboy –al cierre de esta edición se cuentan 41.000 firmas–. La poderosa plataforma contra el matrimonio homosexual, que había tomado las calles pocos meses antes, también declaró la guerra a Sciamma. Uno de sus portavoces la acusó de «querer practicar un lavado de cerebro» a los alumnos. «Me entristeció, porque estas cosas te conectan con el paria que vive en ti. Y, a la vez, soy consciente de que ha sido una instrumentalización política, dentro de una batalla que han terminado perdiendo».

El Gobierno acabó aprobando el matrimonio homosexual. Y Tomboy sigue proyectándose en los colegios franceses. Su primera emisión en la televisión francesa incluso batió récords de audiencia. En su reciente paso por Cannes, Sciamma se definió como «una mujer negra», comparándose a sus protagonistas. Un gesto que no todo el mundo comprendió. «La homosexualidad también te hace sentir en el margen. Pero en esa periferia se crea un vínculo con otros marginales. Es ahí donde hay que crear alianzas», atestigua. «Que no ocupemos el poder no significa que no seamos poderosos». Pese a la resistencia al progreso que detecta, la directora cree que nuestra sociedad avanza en el sentido indicado. «Veo a mi alrededor tentativas de inventar el mundo que vendrá», concluye. De aquella lejana sala oscura donde se enamoró perdidamente de Deneuve, Sciamma solamente recuerda una cosa: que el cine se llamaba Utopía.

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