Greta Garbo y ‘Ninotchka’
La Divina tenía el poder de detener el mundo solo riéndose. Y por obra y gracia de Lubitsch, también desmontar la seriedad del comunismo


Únicamente un genio de la comedia como Ernst Lubitsch podía contar de una forma tan ligera como certera que uno de los talones de Aquiles del comunismo fue, ay, el consumismo. Un fetiche, en este caso un sombrerito puntiagudo, pone en jaque a Ninotchka, la rígida comisaria política soviética interpretada por Greta Garbo que, enviada por el partido, viaja a París desde Moscú para investigar qué ha pasado con tres camaradas que intentan vender las joyas expropiadas a una insoportable aristócrata rusa exiliada.

Ninotchka se estrenó en 1939 y es uno de los mejores ejemplos del célebre “toque Lubitsch”. Es también recordada como la película en la que Garbo se ríe a carcajadas ante la cámara. Antes el cine era así: a la Divina, como se apodó al mito de Garbo, le bastaba reírse para que el mundo se detuviera. La célebre secuencia transcurre en un sencillo bistró francés al que va Ninotchka a comer. Hasta allí la sigue Leon, el pícaro galán interpretado por Melvyn Douglas que quiere tentarla con los placeres y manjares del capitalismo y que, fascinado con la bella comunista, acaba leyendo El capital de Karl Marx a escondidas de su mayordomo. Leon se quiere hacer el campechano ante Ninotchka y arrancarle el placer de una sonrisa, pero solo cuando su ridículo empeño acaba literalmente por los suelos logra provocar el éxtasis de la recta camarada soviética y de la no menos rígida actriz sueca que, de una forma sublime, se funden en esa secuencia en una sola mujer.

A partir de ese momento, Ninotchka ya no será del todo Ninotchka y empezará a descubrir los placeres de París y, concretamente, de ese precioso sombrerito que tienta al personaje. Garbo dejó el cine dos años después, en 1941. Tenía 36 años y quería envejecer lejos de los focos. Lubitsch nos presenta a Ninotchka como una mujer de una belleza austera. Hace unos años se subastó una parte importante de los objetos y la ropa de Garbo, y su armario resultaba revelador: zapatos masculinos planos, faldas y pantalones rectos, jerséis de cuello alto, los cárdigan, colores camel, azul marino y negro. El estilo sobrio de Garbo, sin ostentación, se parecía mucho al de la propia Ninotchka. A ambas las unía también algo más: bajo su elegante uniforme se adivinaba algo parecido a un fuego revolucionario.
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