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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Corazonada

“Siempre puedo soñar con la persona que no fui. Una científica frustrada”.

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Crecí en un apartamento pequeño pero lleno de estantes repletos de libros, en un hogar donde el arte y la lectura estaban en el centro. De forma casi inevitable acabé dedicándome al mundo de la cultura. Mis padres son periodistas culturales, y de las crisis existenciales que tengo con cierta frecuencia mi ascendencia genética no es una de ellas (tengo la cara de mi padre y la complexión de mi madre). Durante años fantaseé con los caminos no tomados, pensando si de haber nacido en otra familia, con otra tradición profesional, me habría dedicado a otra cosa, en algún lugar remoto. Tal vez habría sido ingeniera de la NASA, diplomática, astronauta.

Pero nací en mi familia en Barcelona y me hice adulta admirando a escritores y artistas, yendo al cine Verdi y al teatre Romea. Aunque nunca he sido demasiado disciplinada, durante una época intenté mantener un diario. En la ESO escribí para la posteridad que quería estudiar periodismo y filología inglesa, y que me encantaría tener un máster en edición y conseguir una beca para estudiar en USA, añadiendo que me gustaría ser editora y periodista y en mis ratos libres, escritora. Cuando releí este pasaje tuve una sensación extrañísima, como si hubiera manifestado mi futuro. Diez años después de aquella entrada en una libreta, me fui a vivir a Estados Unidos con una beca para estudiar un máster de edición.

La literatura está repleta de relatos sobre padres e hijos, madres e hijas, y la inevitabilidad de algunas cargas que se transmiten de generación en generación —pienso en libros como El club de la buena estrella de Amy Tan, El cuaderno prohibido de Alba de Céspedes o Salvatierra de Pedro Mairal—. En su espeluznante, asombrosa y magistral novela Nuestra parte de noche, la escritora argentina Mariana Enriquez explora, entre muchas otras cosas, el peso del legado familiar. En sus casi 700 páginas, seguimos a varios miembros de la misma familia, que pertenecen a la Orden, una sociedad secreta que invoca a un dios oscuro en una suerte de ritual satánico. Los protagonistas que vertebran la narración son Juan y Gaspar, padre e hijo. Juan es pobre pero poderoso (un médium de enorme talento) y viudo de Rosario, con menos poder, pero parte de la familia fundadora de la Orden, dueña de enormes propiedades y riquezas. Juan trata de proteger a toda costa a su hijo del destino que le aguarda, pero Gaspar no puede escapar de su suerte.

La de Enriquez es una novela sobre la herencia, sobre la importancia de los lazos de sangre y sobre la torpeza con la que a veces padres e hijos se relacionan a pesar de sus similitudes. La propia autora explica que quería explorar esta idea “trayendo otra vez el tema de la herencia, de qué hacemos con nuestros hijos, por qué tenemos hijos, qué significa querer perpetuarse, cuánta frustración le ponés y cuánto de tu propio deseo está puesto ahí”.

Yo crecí en un apartamento pequeño pero lleno de libros y ahora vivo en otra ciudad, en otro continente, en un apartamento diminuto y también desbordado de libros, y de algún modo eso me conecta con el legado de mi familia, y con la adolescente que quería parecerse a sus padres y a los autores que admiraba. Siempre puedo soñar con la persona que no fui, esa científica frustrada con potencial escondido. Pero como escribe María Gainza, otra escritora argentina, “de alguna forma misteriosa uno puede anticipar su destino; algunos acontecimientos se nos revelan en forma de corazonada mucho tiempo antes de hacerse realidad”.

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