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Reuniones de ‘twerking’: aprender a mover trasero como alianza femenina

El ‘booty dance’ ha trascendido a la moda de vídeos hipnóticos en los que alguien agita el culo haciendo ‘twerk’. La corriente de personas que, en comunidad, lo recuperan como vía para el autoconocimiento, la celebración sexual y como forma de activismo está tomando las calles.

Una activista 'twerkea' durante la Slut Walk de Los Ángeles en 2017.
Una activista 'twerkea' durante la Slut Walk de Los Ángeles en 2017.Getty Images

Ni todos los movimiento de trasero, cadera y pelvis son twerk, ni lo inventó Miley Cyrus. Pero la aparición de la cantante en los MTV VMA de 2013 agitando nalgas en la entrepierna de Robin Thicke se grabó en el imaginario occidental desatando un fenómeno que más allá de la adicción a grabarse en vídeo perfeccionando la técnica y colgarlo en redes -hay siete millones de publicaciones con la etiqueta ‘#twerk‘ en Instagram-, ha derivado en una pasión colectiva por las diferentes danzas del culo (booty dance). «Poner el culo en pompa y twerkear es un placer que experimentas en cuerpo y alma. Yo lo recomiendo», aseguraba la escritora Cristina Morales, Premio Nacional de Narrativa 2019, a Icon.

“Ahora se tiene más acceso a este tipo de movimiento, pero no es nada nuevo. La comunidad negra lleva siglos haciéndolos. Vienen de África y desde ahí han llegado a otros muchos países de América Latina y América Central o a Estados Unidos”, explica a S Moda Kim Jordan, socióloga y bailarina impulsora del booty dance en Barcelona. El twerk, ese movimiento del culo arriba y abajo que en nuestra mente se reproduce en formato gif, tiene su origen concreto en la música bounce de Nueva Orleans, que deriva del hiphop. El término, como recuerda Jordan, se usó por primera vez en 1993, en el tema Do The Jubilee All, de Dj Jubilee. Y casi una década después, a principio de los 2000, una importante comunidad de artistas LGTBQI, con Big Freedia como máximo exponente, abanderaron este estilo, “ellos se empoderan a través de esta danza”. Twerk, dice Kim, “es una palabra monosílaba que la gente identifica fácilmente, sabe a qué se refiere y se ha popularizado. Pero hasta que se baila, no se sabe que hay un discurso y una educación más allá del movimiento”.

Desde el estallido al mainstream con Miley en 2013, la percepción sobre estos movimientos de cadera y pelvis ha mutado. Dentro de un contexto de mayor conciencia feminista y de abrazo y renovación de estilos de música urbanos latinos en los que las letras y actitudes machistas han sido la tónica general, la idea de que una mujer baile moviendo el culo como provocación sexual para la mirada masculina ha ido perdiendo fuelle. Según el estudio Reguetón feminista en España: mujeres jóvenes subvierten el machismo a través del perreo, de Mónica Figueras, Núria Araüna y Iolanda Tortajada, se dan nuevosproyectos de música feminista que utilizan el estilo reguetón como una parodia y una manera de responder a todo lo que no les gusta de este estilo de música y de la sociedad, y se está convirtiendo en una herramienta de reivindicación feminista y de redefinición de este género musical”. Y ese movimiento, el perreo, es precisamente clave para la mujer «porque la hace sentirse atractiva y no como muestra de sumisión al hombre”.

Ese cambio de contexto y conocer de las raíces africanas de celebración del booty dance fue lo que hizo a Sarah, alumna y bailarina del grupo KJC Ambassadors, «hacer un clic»: «Inconscientemente y sin verbalizarlo, no sentía que fuera un baile para mí. Creo que porque en el fondo lo percibía como demasiado sexual. Tenía esa contradicción: me moría de ganas por probarlo pero no se me pasaba por la cabeza que pudiera encajar conmigo», cuenta. A su compañera Julia le pasaba algo similar: «Mi primera impresión al bailarlo fue un poco extraña. Tenemos creencias impuestas sobre el hecho de que hacer ciertas cosas con nuestros cuerpos es malo, raro y pertenece a un arquetipo de ‘guarra’ en la cultura occidental. Descubrir este baile ha sido la vía para cambiar este sistema de creencias que al final no son tuyas, poder decidir y ser más fiel a mí misma».

«Históricamente estas danzas se utilizaban para celebrar: bodas, ceremonias de fertilidad, para reforzar los músculos después del parto», explica Kim Jordan. «Muchos usos comunitarios que se hacían con las mujeres en coro, como con las danzas del vientre y pacíficas. Todas son sensuales, autoeróticas y con esa cosa de trabajar el útero y las zonas placenteras del cuerpo compartiendo el momento. Esa conexión con nuestro útero y la pelvis está más ausente hoy y se relaciona con problemas que tenemos con la menstruación y el suelo pélvico”, añade.

Para Noarah, una de las fundadoras del colectivo de baile Wake Up Queens de Granada, el proceso de liberación sexual y aceptación corporal a través de estos movimientos fue muy orgánico. A los 17 años empezó a bailar dancehall, otra danza jamaicana que pone el foco en los movimientos de trasero y caderas, que también ha abrazado el twerking, y que tuvo su propio despertar feminista con la irrupción en la pista de las dancehall queens a partir de los 70, donde reclamaban su espacio y rompían con la narrativa machista que imperaba gracias a artistas femeninas como Lady Saw -lo explican en profundidad Nora Muixí y Andrea Rodríguez en este artículo de BCN Reggae Town-. “Empezamos a practicarlo el grupo de amigas. Quedábamos a tomar café y acabábamos bailando. Luego dos de nosotras empezamos a tomárnoslo más en serio. Vimos cómo las chicas de nuestro alrededor se iban uniendo. Al bailar juntas empezamos a notar un cambio en ellas y en nosotras. Se empezaban a quitar las vergüenzas, a sacar complejos y derribarlos. Vimos cómo afloraba esa parte de la sexualidad oprimida. Y se fue creando un círculo bonito y una energía de ayuda entre todas”.

«Quedamos mucho en espacios abiertos para bailar. En parques, parkings», explica Noarah. Nos gusta hacerlo y hay mucha gente que viene y nos pregunta qué somos o nos dicen que les encanta. Pero sí contamos con que va a venir gente que nos va a mirar y que lo va a ver como algo extraño, hay chicas que no terminan de sentirse del todo cómodas por eso. Aunque intentamos siempre crear un espacio cómodo y seguro”.

“Ver que te puedes mover de maner súper voluptuosa, con la pelvis y con el culo y saber que esto no te va a violentar porque sabes que lo haces con otras mujeres que están sintiendo lo mismo genera mucha seguridad”, explica la periodista Jùlia Bertran, creadora y coprotagonista junto a la bailarina Ana Chinchilla de la obra Así bailan las putas, en función en Barcelona hasta el próximo domingo. Un montaje que nace de establecer un paralelismo entre “la construcción machista y patriarcal del amor romántico [que Jùlia profundizó en su libro Amar y timar (Ed. Bridge)] y que veo también en los bailes rítmicos que conllevan movimiento de culo y se han visto desde esa mirada patriarcal”. Bertran señala cómo estos bailes que llegan de la diáspora africana “están torciendo muchos esquemas y rompiendo muchos patrones estéticos. Son bailes que han normalizado los cuerpos con celulitis, con carnes que rebotan” y que se alejan del modelo único de “mujer blanca estilizada que baila”.

El siguiente paso a esa sensación poderosa de control y determinación sobre el propio cuerpo y sexualidad, liberándolos de la mirada ajena, ha sido en algunos casos hacerlo ocupando el espacio de manera conjunta y como acto reivindicativo. “En la obra hablamos de cómo el patriarcado ha intentado limitar y regular el cuerpo de las mujeres, el placer y también su lugar en el espacio público”, explica Jùlia Bertran. Rescatan para ello el texto de Nerea Barjola Microfísica sexista del poder. El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual (Traficantes de Sueños/ Virus Editorial, 2018) para exponer “cómo el cuerpo de las mujeres ha sido un campo de batalla intervenido y callado con la intención de que nos quedemos en casa y no potenciemos el placer. Desde ahí, entendemos el baile como lugar de resistencia, como trinchera para combatir todas esas imposiciones culturales y políticas”. Y esto, apunta Bertran, “es mucho más fácil en comunidad”.

Hace unos días hemos visto precisamente cómo una bailarina compartía en Instagram, entre críticas y ‘me gusta’, un vídeo en el que, explicaba, usa el booty dance como “forma de expresar su protesta” frente a una barricada en llamas en Barcelona, amparándose en la libertad de expresión y contra la violencia.

Krizia, antrópologa, profesora de baile formada con Kim Jordan y activista, apunta a no perder el matiz sobre el uso del booty dance como activismo: “Reivindicar es algo diferente que reunirse y dar una clase”. Esa parte reivindicativa, apunta, puede surgir individualmente con alguien que vaya a clase y sienta suyo el baile. Y también podemos reunirnos y hacer algo colectivamente”. Dentro de ese marco encuadra su iniciativa de twertivism. “Un proyecto de investigación-acción sobre cuerpo, danza y espacio público que usa el twerk como herramienta de activismo y reivindicación política” y con el que junto a un grupo de más de 100 mujeres organizadas para la huelga feminista del 8 de marzo de 2019 tomaron la calle en el barrio barcelonés de Ezquerra de l’Eixample con un flashmob contra la violencia machista.

Una idea de reclamar la libertad de los cuerpos y actitudes de las mujeres con orgullo, alegría y sin miedo a enseñar carnes ni a moverlas que hace años caracteriza a las reivindicaciones de origen canadiense slut walk (marcha de las putas), que ya se secundan en multitud de países con la intención de romper el relato de terror sexual sobre las víctimas de violencia machista y de la culpabilización a las mujeres de la violencia sexual ejercida sobre ellas excusándose en la forma de vestir o actuar. Como apunta Júlia Bertran: “Bailar en el espacio público y reivindicarse desde la alegría de que estamos vivos, ahora más que nunca, creo que es necesario”.

  

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