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30 días en tren con Pijoaparte

'Viaje al sur', el testamento literario de Juan Marsé que se publica hoy, es una crónica de 1962 que el escritor firmó con el nombre de su personaje más célebre

Juan Marsé y Antonio Pérez con el Chato y otros chicos en la plaza de toros de Ronda.
Juan Marsé y Antonio Pérez con el Chato y otros chicos en la plaza de toros de Ronda.Albert Ripoll Guspi

No solía hablar Juan Marsé de Viaje al sur, su libro perdido, su único libro de viajes, un experimento sociológico narrativo con aspecto de crónica que pretendía, como el Campos de Níjar, de Juan Goytisolo (1960), combatir la falsa idea de España que la propaganda franquista ofrecía. No hablaba de él, recuerda su hija, Berta Marsé, porque lo había dado por perdido. “Ni yo misma supe que existía hasta que reapareció. Había hablado, alguna vez, de un viaje que había hecho en los 60 a Andalucía, de la impresión que se llevó, de cómo le había parecido el Tercer Mundo, pero no de lo que había escrito”, recuerda. Que aquella rareza, la vibrante muestra de hasta qué punto pudo Marsé haberse convertido también en un excelente cronista de no haber el destino echado por tierra sus planes, se haya convertido en su testamento, cierra, de alguna forma, el círculo.

“Es como volver al principio. Toda la fuerza de la prosa de mi padre está ahí. Él no era capaz de recordar con exactitud nada, ni siquiera el seudónimo que había puesto, de ahí la dificultad para encontrar el manuscrito en el archivo de Ruedo Ibérico [la editorial española en el exilio que había encargado a Marsé el libro y que nunca lo publicó]. Y, cuando al fin lo encontraron, algo por completo casual con lo que ya no contaba, temía tener que corregir demasiado”, cuenta Berta. Sobre su reacción, ante el hallazgo, dice: “Primero le hizo una ilusión tremenda pero estaba ya cansado y le dio miedo que no estuviese todo lo bien que debía estar”.

Ella se prestó a leerlo, y quedó fascinada. “Lo leí con un lápiz en la mano pensando en ir anotando cosas, y al poco se me olvidó todo. No podía dejar de leer. No había que tocar nada. Estaba perfecto”, recuerda. El libro, que llega hoy a librerías de la mano de Lumen, debía editarse “en junio o julio” pero la pandemia lo retrasó.

Eso quiere decir que no es exactamente un libro póstumo, porque fue el propio Marsé quien dio el visto bueno final, y estaba listo para publicarse antes de su fallecimiento, ocurrido el pasado 18 de julio. No están todas las fotografías, obra de Albert Ripoll Guspi, que se hicieron – cerca de un centenar – sino únicamente 31, las que logró encontrar el editor Andreu Jaume, que relata en primera persona en la edición cómo dio, gracias a una serie de pistas que la agente Carmen Balcells pasó por alto cuando visitó también, a finales de los 80, el Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam, lugar que albergaba ya entonces y aun hoy el archivo de Ruedo Ibérico.

Jaume considera el libro como una suerte de eslabón perdido entre su primera novela, aquel Encerrados con un solo juguete que le abrió las puertas de Seix Barral en 1960, y Últimas tardes con Teresa, de 1966, y deja fuera la segunda novela que escribió Marsé, Esta cara de la luna, por considerarla “precipitada y alimenticia”. Viaje al sur, el fresco de época que nació de un viaje en tren de 30 días por diversos pueblos y ciudades de las provincias de Sevilla, Cádiz y Málaga, era la pieza que le faltaba al rompecabezas del poderoso estilo del autor, es, para Jaume, “el testimonio de su tránsito hacia la madurez” que alcanzó en Últimas tardes con Teresa. “Es la obra de un escritor hambriento”, dice el editor, y a la vez, un experimento que, de haber tenido el reconocimiento debido en su momento, quizá hubiera animado al escritor a no limitarse a la ficción.

“Puede, aunque él se debía a la ficción, la prefería por encima de todo”, asegura Berta Marsé. Quizá por eso tenía siempre un pie en ese otro mundo imaginado, a partir del que edifica hasta la última de sus impresionistas descripciones de esta crónica, por la que desfilan desde los burros que cargan arena de la orilla en Chipiona hasta las conversaciones entre el primer turismo nacional e internacional en las bodegas de Jerez de la Frontera. Y cuando tuvo que elegir seudónimo, escogió a un personaje que acabaría inmortalizado en su ficción. Nada menos que el Pijoaparte, Manolo Reyes.

El seudónimo se lo puso para evitar represalias políticas. Después de todo, su misión era política, pero se impuso lo sentido en un viaje que describe, como ocurre en el resto de su obra, un reino perdido, en el que la añoranza es la del derrotado, no por la vida sino ante la belleza de las cosas que nunca van a ser tenidas en cuenta como deberían. Tal y como él mismo dejó escrito: “No hay nada que hacer, se pisa siempre el mismo elemento: mito y realidad”, que en el Marsé cronista son también, como en su ficción, una y la misma cosa.

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