CONVERSACIONES A LA CONTRA

Juan Arnau: “Vivimos el triunfo de la tecnolatría”

El filósofo abarca todo tipo de saberes, de Spinoza al budismo, de la teología a la ciencia y las religiones. Su último libro es un compendio de su conocimiento heterodoxo y a contracorriente

El filósofo Juan Arnau, fotografiado en Valencia a finales de julio.
El filósofo Juan Arnau, fotografiado en Valencia a finales de julio.Mònica Torres

El poder de las estrellas lo llevó a la astrofísica, pero su destino como autor y filósofo estaba en la India. Hoy, Juan Arnau (Valencia, 52 años) es un ensayista que abarca todo tipo de saberes: de Spinoza al budismo, de la teología a la ciencia y las religiones. Su último libro, Historia de la imaginación (Espasa), es un perfecto compendio de la suma de su conocimiento heterodoxo y a contracorriente, pese a haberse curtido también como marinero.

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Pregunta. ¿Por qué la filosofía se ha ocupado tan poco de la imaginación?

Respuesta. No lo sé, y es extraño porque conforma la condición humana. Conlleva un factor deseante. En la condición animal, también. El perro, cuando quiere carne, va en su busca, pero antes lo imagina.

P. ¿Es lo que me pasa a mí, ya que estamos en Valencia y es la una, con una paella?

R. Exacto, exacto. Por tanto, ve, hablamos de la base de la vida, de todo lo que está vivo.

P. Quien no imagina, ¿está muerto?

R. Muchas civilizaciones conciben el tránsito de la muerte como un apartarse de lo gustativo, lo olfativo y lo táctil y una preservación de lo visto y lo escuchado. Entraríamos de alguna manera en tradiciones budistas: el mundo sutil, que llaman ellos. Un poco como los sueños.

P. O la memoria. ¿Dónde se halla el recuerdo?

R. Se supone que en el cerebro, aunque al desmontarlo no vamos a descubrir la mente. La neurociencia no ha logrado aún encontrarlos. En la India dicen que los recuerdos se instalan en el corazón. De hecho, un mal recuerdo te deja una llaga en el corazón. En dicho órgano existen redes neuronales importantes.

P. La política, la poesía, la biología, la ciencia, lo neuronal, la física confluyen, pero ¿dónde?

R. No sabemos dónde. Nadie ha visto nunca un electrón; es una entelequia. Hoy vivimos una época en la que las humanidades quedan de rodillas ante la ciencia. En el triunfo de la tecnolatría.

P. ¿Tecnolatría?

R. Es algo muy decimonónico. Seguimos atrapados en el siglo XIX.

P. ¿De ahí que volvamos a la senda de la radicalización, polarizados como previo paso a nuevos totalitarismos?

Las redes sociales tienden a uniformar el pensamiento. Y eso es la muerte del mismo

R. Eso es. Seguimos en lo binario, por efecto de la tecnología y la preponderancia de los algoritmos. Las redes sociales, además, tienden a uniformizar el pensamiento. Y eso es la muerte del mismo. El dataísmo supone su aniquilación.

P. El dataísmo ¿qué tiene de dadaísmo?

R. Poco… Es la idea de que los hechos son cuantificables.

P. ¿Es tonto el dataísmo o más bien listo?

R. Es tonto. Más cuando delegas los datos en las máquinas para que hagan uso de ellos. Las realidades humanas son las de la imaginación, los miedos, los afanes, nada cuantificables: las máquinas nunca llegarán a eso. La máquina no puede soñar.

P. ¿Está seguro? ¿No sueña con tener más potencia y multiplicar su inteligencia?

R. Pero para calcular, no para soñar. Las máquinas hacen la cuenta de la vieja; calculando son las reinas. Vivimos en un mundo positivista, cuya lógica es la física matemática.

P. ¿Se fue usted a la India para huir de esa lógica?

R. Yo me marché allí con 27 años y estaba un poco acojonado, la verdad, aunque me había curtido navegando por el mundo y por África. En la India fui al encuentro con mi destino de escritor y mi búsqueda del conocimiento. Aunque te puede devastar la psique; te entra lo que yo llamo el vértigo antropológico.

P. ¿Llegó a perder usted el norte?

R. Tuve mis momentos de enajenación, que son muy dolorosos. En la India adelgacé 25 kilos y contraje amebiasis. Me recuperé en seis meses. Iba a hacer un estudio relacionado con el cine y dejó de interesarme. Occidente me parecía un lugar crudo y salvaje. Si te metes a fondo, puede pasar eso.

P. Y a todo esto, ¿de qué le ha servido a usted estudiar astrofísica?

R. Lo hice sabiendo que no me iba a dedicar a ello. Vengo de una familia de arquitectos, y somos de carreras difíciles. Aparte, a mí, desde niño, me fascinaban las estrellas, ese magnetismo se impuso. Luego, otro factor muy importante: me atraía irme a vivir a Madrid solo. Me instalé en Lavapiés, lo más salvaje. Casi todo lo que ha sido mi vida después, me lo ha dado mi estancia allí, desde las becas en México o la India, hasta trabajos como guionista de series que no salieron, como una sobre Pelé que se llamaba Pelecinho.

Casi todo lo que ha sido mi vida me lo ha dado mi estancia en Madrid

P. Madre mía… Le da usted a todo.

R. Fíjese que en Madrid me hice marinero, por medio de un amigo canario que nos propone entrar en la tripulación para hacer un viaje en carabela que emulaba la hazaña de Colón. Fue por el quinto centenario del descubrimiento de América. Así anduvimos un año. ¡Nos vino a ver hasta el Rey!

P. ¿El Rey? ¿Aquel rey? ¿Entramos en eso?

R. No, no.

P. Sí, sí… Para enlazarlo con lo de la memoria. ¿Se convertirá en un mal recuerdo?

R. Esta decepción, esta traición a tu pasado… Me sorprende la falta de conciencia histórica. En la India creen en una especie de demonio que es como un hámster en la rueda y no sabe reírse de sus propios deseos. Representa una ceguera. Lo identifico con eso. Y con no ser consciente de que no puede salir en los libros por la puerta de atrás. Spinoza decía que hay tres enemigos del filósofo, también del hombre de poder: el prestigio, la riqueza y los placeres. Los más peligrosos son los dos primeros. Los placeres, el propio cuerpo los va frenando. Pero los otros dos, no.

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