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La política con niñas delante

Lo que hace especial la ceremonia de apertura de la legislatura es la presencia de dos menores, porque así la gente se corta más y piensa en que tiene que dar ejemplo

Las infantas Leonor y Sofía, en la sesión de apertura del Congreso. En vídeo, declaraciones de Felipe VI.

Era una mañana rara, como de boda, en el Congreso, con un sol inesperado y gente vestida de forma poco habitual. Marineros, soldados de aviación, guardia civil con tricornio, bayonetas y escopetones en ristre por todas partes, soldados de camuflaje y un superpendón encima de los leones del Congreso. Llegaba el Rey con la familia, y tal como está el patio todo iba a girar en torno a su figura.

Una hora antes, cinco partidos independentistas y soberanistas (ERC, Junts per Catalunya, EH Bildu, CUP y BNG) aparecieron en rueda de prensa con gesto severo a leer una breve proclama. Manejaron datos erróneos en los tres párrafos, pero ello no le restó solemnidad: “La sociedad vasca, catalana y gallega rechazan mayoritariamente la figura de una institución anacrónica”, y encima ahí no estaba el PNV; “el Rey no tiene la legitimidad de nuestros pueblos”, que votaron la Constitución, y que “las mayorías sociales del Estado anhelan” los valores republicanos, toda una lectura subliminal. A todo esto la de la CUP, Mireia Vehí, estaba sin lazo amarillo, porque son tan antisistema que hasta pasan de eso. Leyeron el texto en catalán, euskera y gallego, aunque se entendían unos a otros en castellano, que es lo que tienen en común.

Prueba de que en política los espacios vacíos se ocupan inmediatamente, dentro los huecos no se notaban. Era día de puertas abiertas y barra libre: entraban también los senadores (265 personas más) y uno podía sentarse donde quisiera, todos apretujados. Habían quitado las butacas de siempre y había sillas rojas, más pequeñas. De eso se aprovecharon los de la España que madruga, los de Vox, que llegaron antes y ocuparon toda la primera fila tras los sillones azules del Gobierno. En el PSOE se mosquearon, porque consideraban que era su sitio y los que llegaban empezaron a ponerse de pie delante de ellos. Ortega Smith también se sentó con otro grupo en los escaños habituales del PNV. Se intuía la bronca ya antes de empezar y tuvo que ir Iván Espinosa de los Monteros a mediar y decirles a los suyos que mejor se fueran. Aunque al parecer eso a Ortega no le hizo mucha gracia, porque discutieron un rato y el boina verde de allí no se iba. Se hizo fuerte en su posición y cualquiera le echaba, después de verle pegando tiros con el fusil de asalto HK G36. Al final dejaron dos asientos para Aitor Esteban y el portavoz jeltzale en el Senado, Jokin Bildarratz. También los diputados de pequeños partidos aprovecharon para sentarse bien abajo, no en el gallinero. Casi se echaba en falta un acomodador, es una legislatura llena de incomodidades.

En la tribuna estaban los dos últimos padres de la Constitución, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y Miquel Roca, que mirando abajo sentiría vértigo. No por la altura, sino porque del mundo nacionalista convergente catalán que hizo la Carta Magna ya no hay nada, no había nadie. Ya son totalmente divergentes. Pablo Iglesias llegó el primero a los escaños del Gobierno, 23, que han cabido justitos. Ábalos tenía la cara contrariada. A la espera de la penúltima versión de lo ocurrido, ya se esperaba que apareciera del brazo de Delcy Rodríguez con bolsas del duty free. Cuando entró el Rey los periodistas desde la tribuna de prensa contaban rápidamente quién aplaudía y quién no. Pero ya, metidos en matices, cómo aplaudían, porque era evidente que Iglesias lo hacía con la mano pequeña, apenas producía sonidos. Como él, los otros cuatro miembros de Unidos Podemos del Ejecutivo aplaudían, pero en el grupo había de todo, unos sí, otros no. Entre 22 y 25 no lo hicieron, aunque algunos empezaron un poco y luego se pararon, era un lío clasificar su apego o desapego al monarca por el movimiento de las manos. Vamos a estar toda la legislatura con estas cositas. Ione Belarra y Noelia Vera, por ejemplo, lo hicieron sin problemas. Luego los periodistas coordinaban sus impresiones de lo que habían visto y revisaban la moviola en vídeo para a ver cuántos salían.

Más que el Rey y la Reina, lo que hacía especial la ceremonia de apertura de la legislatura era la presencia de dos niñas. Las infantas Leonor (14 años) y Sofía (12) se sentaron con las manos lánguidamente tendidas sobre el regazo y ya no se movieron. Pero nada de nada, como hay que estar de visita. La política suele estar vedada a los menores, como el boxeo o los toros, y será por algo. Un niño obliga a la compostura, a medir las palabras, a comportarse. No hay nada que haga sentirse más observado que la presencia de un menor, más que una cámara. Con niños delante la gente se corta más, piensa todo el rato en que tiene que dar ejemplo. Estaría bien que hubiera más en el Congreso, quizá a turnos por colegios. En ese sentido, la jornada de hoy lunes fue modélica, solo buenas palabras. Todo el discurso de Meritxell Batet, y también el del Rey, fue pura cortesía y sentido común, el triunfo de la educación y la mesura, aunque estuvo dominado por un sutil sentimiento de alarma, que esto no se nos vaya de madre. Diálogo, palabra, acuerdos, respeto, Constitución, convivencia. Lo habitual delante de niños y niñas, cuando los mayores parecen de fiar pero están disimulando y hacen sobreentendidos. Ellas los verán luego el resto del tiempo en la tele comportándose muchas veces como críos.

Aunque había menores, con los dos coloridos maceros que flanqueaban al monarca con sus garrotes plateados, el acto parecía patrocinado por Beefeater, y desde luego lo que vendrá serán tragos fuertes. Lo más destacable del discurso de Batet fue una frase que quizá muchos parlamentarios tomaron por un error y les hiciera mirar a su jefe de grupo con extrañeza, como si hubieran entendido mal su cometido: “No estamos aquí para crear problemas que no existen, ni para ocultar los que existen”. También citó a Antígona, cuando Hemón le dice a Creonte: “Solo en un desierto podrás gobernar perfectamente en solitario”. Debe decirse que todos acaban fatal en esa tragedia griega.

El Rey logró que nadie mirara el móvil mientras duró su discurso, un hito parlamentario, aunque a un cierto punto sonó un politono de villancico, y eso que ya estamos en febrero. Cuando terminó hubo una gran ovación, que dado el carácter metafórico que habían alcanzado los aplausos nadie sabía cómo parar. Pasaban los minutos y el Rey hacía gestos de dejarlo pero no había manera. Miraba a Batet con cierto embarazo. También aquí hubo gradaciones, ostentación de palmas en la derecha, elevando los codos, con mayor frecuencia de impacto, con más parsimonia en la izquierda. En el PSOE fueron parando, también algunos ministros, pero enfrente no parecían por la labor. La cosa alcanzó ya cotas de bis de ópera y a los cuatro minutos Batet tuvo que intervenir al micrófono para cerrar la sesión. Esto no podía acabar así, y efectivamente, una voz femenina se alzó desde lo alto: “¡Viva el Rey!”. “¡Viva!”, respondió la multitud de esa forma que siempre es tan viril y contundente. Fue Tristana Moraleja, diputada gallega del PP, perfecta por su apellido para este fin de sesión, que siguió: “¡Viva España! ¡Viva la Constitución!”. Y ya se fueron contentos, y otros enfadados, para casa, esperando que la próxima vez ya no haya niñas delante.

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