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Contra el estrés nacional

El presidente se esmeró en la puesta en escena de la normalidad y su mejor tono de buen chico, pero con la tensión de que quizá también estas imágenes se las pondrán un día por algo que ha dicho

Imagen de la entrevista del presidente Pedro Sánchez en TVE.

“En política, como en la vida…”. No podía ser posible, Sánchez empezó la entrevista con una frase del ADN de Rajoy, su muletilla de siempre para quitar importancia a las cosas. La Moncloa da esa perspectiva filosófica de que todo es mucho más complicado de lo que parece: efectivamente, al nuevo presidente del Gobierno le acababan de preguntar por su cambio de opinión sobre Pablo Iglesias. La entrevista de TVE arrancó con un prólogo de tres declaraciones del líder del PSOE (18 de julio, 19 de septiembre y 26 de octubre de 2019) poniendo a parir a su actual vicepresidente. Sánchez no se inmutó, vino a decir que la vida es así. No podía dejar de esperar esa pregunta y qué otra cosa vas a responder. Ana Blanco y Carlos Franganillo le preguntaron sin rodeos y sin énfasis, una buena muestra de televisión pública. Se agradeció mucho, en el deteriorado género de las charletas con políticos, que fuera una cosa seria y no se pusieran a jugar al futbolín.

Sánchez se esmeró en la puesta en escena de la normalidad para insuflar tranquilidad, sedar el estrés nacional y hasta el temporal Gloria. Detrás, a sus espaldas, se agitaban como condenados los árboles del jardín con una luz metálica irreal, buena metáfora del panorama nacional.

Utilizó su tono más inocente, su mejor porte de buen chico, sus dotes más trabajadas ante el espejo, su sangre fría de manual de resistencia para decir que no es para tanto, que todo va a ir bien, que vamos a relajarnos todos un poco. El problema es que es justo lo que saca de quicio al votante medio de derechas, que parezca tan tranquilo, porque solo lo atribuye a la irresponsabilidad, pero es que ni aunque se metiera a cura se lo creerían.

Frente al llamado “pin parental” de Vox, que ridiculizó de forma eficaz (y tampoco hace falta tanto), llevaba en la solapa un pin de la agenda de desarrollo sostenible de 2030, que por cierto lleva Iglesias. Era como llevarle ahí colgadito de incógnito, como Pepito Grillo. Erratas graciosas en los rótulos (“Reunión con Torra”, “consensos rotos”) ayudaban a calmar los nervios.

Los frecuentes planos cortos, muy cerca, incluso demasiado porque se hacía violento, como cuando vas con gente en un ascensor y les ves los pelos de las orejas, invitaban a escrutar que Sánchez no tiene ni uno, y que no le traicionaban los tics cuando decía lo contrario de lo que una vez dijo o de lo que le acusan. Que no tenía nada que temer, un desafío a la transparencia a puro huevo, con la cámara en primer plano. Porque estas imágenes se las pondrán algún día por algo que ha dicho, ya lo sabe y ya lo intuimos todos. Esa tensión era patente, un suspense que casi daba risa. Hubo un momento muy bueno cuando le pusieron unas declaraciones suyas y la pantalla se partió en dos, el Sánchez de hoy lunes a las diez de la noche miraba al Sánchez del año pasado. No pudo evitar que se le movieran involuntariamente los morritos, se le veía incómodo teniendo que escuchar a ese tipo, que además parecía más joven. "Nos quedan 1.400 días por delante", anunció, entre la ilusión y pensando lo que va a envejecer.

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