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GOBIERNO DE ESPAÑA ANÁLISIS i

Vivir en la anomalía política

El Gobierno de coalición de izquierdas está empezando con algunas formas poco comunes

Nuevo Gobierno de España
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, abraza al líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, tras superar la segunda votación del pleno de investidura.

Quizá sea que el protocolo de cooperación no está todavía en funcionamiento. Quizá sea que la inexperiencia ansiosa de unos (Unidas Podemos) y la veteranía resabiada de otros (PSOE) hacen que la maquinaria no esté engrasada. Quizá sea todo fruto del azar. Quizá… Pero lo cierto es que el Gobierno de coalición de izquierdas, esperanza para muchos, avanzadilla del apocalipsis para otros muchos, está empezando con algunas formas anómalas.

Anómalo fue precipitar una investidura en las postrimerías de la Navidad, con la fiesta de Reyes de por medio. La posibilidad de que ERC diese un nuevo bandazo cuando se esperaban decisiones trascendentales de la Junta Electoral Central, primero, y del Tribunal Supremo, después, sobre la inhabilitación del líder republicano, Oriol Junqueras, urgía a los socialistas y a Unidas Podemos a celebrar un pleno en una fecha extraordinaria.

Anómalo fue el pleno en que fue investido Sánchez, en el que una parte de los diputados gritó vivas al Rey en un ejercicio de reafirmación innecesaria de una institución que no está en cuestión y como si con esas proclamas ofendiesen a la otra parte del hemiciclo; un pleno en el que la portavoz de ERC se dirigió a los socialistas como “verdugos” sin la debida respuesta del candidato del PSOE; en el que se alentó la indisciplina de voto con el fin último, nada más y nada menos, de salvar España; en el que Vox propagó su discurso xenófobo y machista, tan tóxico como falsos son los datos en que se sustenta...

Anómalo ha sido el modo en que Podemos ha ido dando a conocer su parcela de poder en el Consejo de Ministros de Pedro Sánchez: primero Pablo Iglesias, luego Irene Montero… y así hasta llegar a Yolanda Díaz, Alberto Garzón, Manuel Castells, representantes cada uno a su vez de una cuota dentro del conglomerado morado (IU, Colau…). Es imposible que Podemos ignore que al administrar los nombres de sus ministrables de la manera en que lo ha hecho se alimenta la teoría de quienes sostienen que en realidad no habrá un único Gobierno, sino dos: el de Sánchez y el de Iglesias. Tal ha sido la intencionada indiscreción que se ha destacado como algo de alta relevancia el nombre del jefe de gabinete del futuro vicepresidente del Gobierno y otros cargos secundarios de Unidas Podemos en el nonato Ejecutivo.

Anómalo ha sido que el candidato socialista, tras decir, con lógica, que España necesitaba un Gobierno cuanto antes, parase el reloj nada más ser investido presidente. Quizá sea porque era necesario afinar los nombres, quizá porque había que revisar a fondo los currículos, obras y perfiles en las redes sociales de cada uno de los aspirantes para evitar sorpresas inesperadas como ocurrió en el pasado. Quizá solo sea una forma de marcar distancias con su socio y dejar claro quién decide… al menos los tiempos.

Anómalo es que, una vez que se ha decidido retrasar hasta el domingo el anuncio de la composición del Gobierno, parezca que el goteo de nombres y nuevos cargos (en este caso del PSOE) es una estrategia ingeniosa con la que marcar la agenda política y contrarrestar de esta manera la que ha desplegado Iglesias.

Anómalo es que aún no se haya celebrado el primer Consejo de Ministros y ya se conozcan las primeras desavenencias internas entre los socios de coalición por el hecho de que Iglesias ha constatado que su vicepresidencia queda diluida al sumarse una cuarta, que ocupará Teresa Ribera, de la que no tenía conocimiento. Es más que previsible que en esta legislatura, por muchos protocolos que se firmen, van a abundar los titulares que subrayarán las tensiones entre PSOE y Podemos, por lo que resulta llamativo que ambas formaciones no hayan acordado cómo anunciar el Gobierno como si solo hubiera uno y no dos.

Anómalo es, en definitiva, vivir en la anomalía política.

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