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El nacionalismo como brecha entre vecinos ibéricos

Los políticos portugueses juzgan más complejo el panorama español

Desde la izquierda, Pedro Sánchez, Fernando Clavijo, Fernanda M. Gonçalves, esposa de António Costa (a su lado), y Pilar del Río, viuda de Saramago, en el jardín de la casa del escritor en Lanzarote.
Desde la izquierda, Pedro Sánchez, Fernando Clavijo, Fernanda M. Gonçalves, esposa de António Costa (a su lado), y Pilar del Río, viuda de Saramago, en el jardín de la casa del escritor en Lanzarote.

España y Portugal recuperaron la democracia casi al mismo tiempo y sus respectivos partidos comunistas desempeñaron un importante papel en ese proceso. Las similitudes políticas entre los dos vecinos ibéricos son numerosas y no acaban en esa primera época posterior a la dictadura. Aunque con mucha distancia en las formas, técnicamente la fórmula que llevó al Gobierno tanto a António Costa como a Pedro Sánchez fue la moción de censura. En el caso del líder portugués, tras un breve mandato conservador que comenzó a finales de octubre de 2015 y que culminó 11 días después por el voto de las fuerzas de izquierda. Como Costa y sus aliados, también Pedro Sánchez y Pablo Iglesias firmaron un documento con medidas para los Presupuestos. Esa es precisamente una de las fallas que esgrime Iglesias para reclamar la entrada en el Gobierno: que algunos de los acuerdos no se han cumplido. En Portugal se ha aplicado prácticamente todo lo pactado.

Las fuentes consultadas exhiben una enorme cautela al hablar de una posible réplica del esquema portugués en España. En general observan un obstáculo, inexistente en Portugal, al hablar de constelaciones electorales: el nacionalismo y la relevancia en el cálculo parlamentario de partidos que defienden los intereses de un territorio.

El análisis más rotundo lo ofrece Pilar del Río, presidenta de la Fundación José Saramago. Del Río argumenta que en el fondo España ya ha transitado la senda portuguesa, con la experiencia de Sánchez: “No es la vía portuguesa, es la vía ibérica; existía tanto en Portugal como en España, era nuestra aportación a la gobernación europea y no solo eso”. En octubre del año pasado, la periodista recibió en su casa de Lanzarote a los dos primeros ministros que personifican el renacer de la socialdemocracia europea tras muchos años de crisis. Sánchez y Costa exhiben buena sintonía, confirman fuentes gubernamentales, que se acrecentó con el tándem que formaron en junio en Bruselas para promover perfiles socialistas al frente de las instituciones comunitarias.

Otras voces consideran este primer año en España como un ensayo cuya continuidad dependerá de encajes más complejos. “Es difícil mirar a España con los ojos de Portugal. Aquí no tenemos los problemas nacionales de allí. Para nosotros, la principal emergencia nacional era subir los salarios”, explica João Frazão, del comité central del Partido Comunista de Portugal. El político añade: “El rompecabezas de España tiene más piezas; a lo mejor no es más complejo, pero tiene más piezas”.

Tanto Frazão como otros consultados destacan como diferencia que el PSOE haya sido la lista más votada en España, mientras que en Portugal lo fue la coalición de derechas y el Partido Socialista estaba en una posición más débil para superar la lógica del partido más votado. “En España el PSOE está en una posición de fuerza y Podemos de debilidad. Es un doble problema”, sintetiza Ricardo Costa, director de información de la cadena de televisión SIC y exdirector del diario Expresso.

También Porfírio Silva, diputado socialista curtido en negociaciones parlamentarias, cita las condiciones diferentes que se dan en España —“las autonomías, la historia”— para descartar una traslación exacta del modelo. Silva urge, pese a todo, al entendimiento: “Muchas izquierdas en muchos países ya entienden que ya no hay un partido de izquierdas que tenga toda la hegemonía. Hay que aprovechar lo que cada uno tiene que aportar”. Respecto a la situación portuguesa, Silva defendió en su momento que los partidos minoritarios progresistas entraran en el Gobierno socialista para que fueran más conscientes de la tarea. “Pero se entendió que era más fácil para Europa si no entraban”, alega, en referencia al temor —más tarde disipado— que se extendió en Bruselas a que un liderazgo muy orientado a la izquierda descabalgara el gasto en un país recién rescatado de la quiebra financiera.

Sin querer dar fórmulas concretas, Francisco Louçã, autor de algunos artículos que comparan la vía española con la portuguesa, insta a la cooperación “para cerrar la puerta a la austeridad y a las estrategias liberales; la forma de hacerlo depende de cada uno”, razona. Ayuda, según Louçã, contar con compromisos programáticos concretos, como la subida del salario mínimo a 600 euros en Portugal. En España, el aumento a 900 euros ha sido el fruto más tangible de la hasta ahora breve cooperación entre Sánchez e Iglesias.

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