Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La derecha deshecha

Frente a la opción integrista de Vox, Pablo Casado decidió alejar al PP del centro en el que lo colocó el primer Aznar

Acto celebrado en febrero por la unidad de España y por la convocatoria de elecciones generales, en la Plaza de Colón (Madrid).
Acto celebrado en febrero por la unidad de España y por la convocatoria de elecciones generales, en la Plaza de Colón (Madrid).

José María Aznar, el político que logró reunir bajo su adusto liderazgo (como un moderno Cánovas) a partir de 1989 todo lo que estaba a la derecha de la izquierda en un solo producto multiuso, diseñado para ganar elecciones, y que ganó a los socialistas dos veces, confesaba a este periodista un mes antes de los comicios: “El PP nació sin etiquetas; los ciudadanos no las querían. Era mejor no definirse. Éramos de centro reformista”.

—¿Y eso qué quería decir?

—Que apostábamos por los valores de la Transición y por una España abierta.

Es decir, el PP que nació de las cenizas de Alianza Popular y con la imagen en el retrovisor del trágico fin en 1982 de UCD (el primer producto de la Transición equidistante y de amplio espectro), apostó desde el primer momento por ser de centro. Al menos, sobre el papel; al menos, tibiamente. Un etéreo centro difuso cargado de buenas intenciones. Sabían (y, sobre todo, lo tenía muy claro Aznar) que los puristas no levantan mayorías. Ni faenan en los bancos pesqueros del adversario. Algo que habían demostrado la variopinta (y hoy extinta) Democracia Cristiana italiana o el (hoy desaparecido) RPR, el partido gaullista francés. En ese sentido, Aznar, ratón de biblioteca de literatura política y siempre a gusto entre fontaneros, nunca fue un purista al frente del PP. Y tampoco un ultra. Aunque tuviera, a partir de 2002, delirios imperiales en política exterior. Y aunque su gestión del 11-M fuera trágica.

A partir de su decreto de unificación del año 90, pastoreó con mano de hierro un complejo árbol genealógico de familias en el que convivían (con aparente comodidad aunque en privado no se podían ni ver, como se demostraría en la batalla final entre Pablo Casado y Soraya Sáenz de Santamaría, en el verano de 2018, por el control del partido) estatistas con ultraliberales; integristas cristianos con neopaganos; evolucionados de Fuerza Nueva con desencantados de Bandera Roja.

Aznar dominó el arte de la síntesis y los equilibrios; escuchó a las familias y las incluyó (a veces con calzador) en sus Gobiernos. Y gracias a que no fue un integrista, a que arrinconó a los franquistas, a que no enredó con el aborto, a que se entendió con las derechas regionalistas y nacionalistas, a que no besó en exceso el anillo de los purpurados y se manejó en catalán en la intimidad, horadó el techo de hormigón de los cinco millones de votos de la AP de Manuel Fraga, hasta los ocho millones en 1993; los 9,7 millones en 1996 y los 10,3 millones en 2000. Era lo nunca visto, aquel advenedizo sin pedigrí descabalgaba a Felipe González y jubilaba el felipismo.

Por aquel entonces, Aznar decía que no era de derechas. Era de centro. Leía a Azaña, fumaba puros y disfrutaba con los novísimos de la poesía. Y ganó. Incluso preparó su agradable retiro. Hasta que todo se torció. Con los atentados del 11 de marzo de 2004, que cambiaron el devenir de la historia. El atado y bien atado en manos del dúctil e incoloro Mariano Rajoy. Y el papel estelar de Aznar dentro de las enciclopedias. El expresidente fue incómodo para su heredero durante una legislatura. En 2008, Rajoy por fin mató al padre. E intentó girar al centro: ese lugar bajo el arcoíris donde se encuentra la olla repleta de monedas de oro. En 2011 consiguió casi 11 millones de votos. Pero no era por el centro. Porque Rajoy no era de centro. Era por la crisis económica, estúpidos.

En su primera comparecencia para asumir la derrota del 28-A, Pablo Casado repitió por fin varias veces la palabra mágica, centroderecha, que había enterrado y hecho desaparecer completamente de su manual de instrucciones electoral durante los últimos meses. En consonancia, en el PP, una estructura fuertemente vertical y jerarquizada, nadie mencionó el centro en esta campaña. Nadie. Ni siquiera los más tendentes (supuestamente) a esa posición geográfica, como Maroto, Levy, Alonso o Feijóo. Al resto de tibios centristas, al equipo de Rajoy, a los que apoyaron a Soraya Saénz de Santamaría en las primarias (Lassalle, Ayllón, Méndez de Vigo, Báñez, Nadal), Casado ya les había fulminado. Ser de centro no estaba de moda. Aunque nadie sabe explicar hoy por qué.

Con su tradicional espacio electoral fraccionado en tres, y con la irrupción de Vox (en principio una mera y caricaturesca escisión del PP, pero que pronto comenzó a tener vida propia, como un Frankenstein ultra), la apuesta de Casado a un solo número de la ruleta electoral (y también de su equipo, sus gabineteros aguirristas y mentores aznaristas) fue la derecha. Sin sordina.

Frente a la derecha integrista de Vox, heredera de Vázquez de Mella y Donoso Cortés —un puré de nacionalistas españoles, antiabortistas, homófobos, neocon, ultraliberales, creacionistas, militares bunkerizados, aficionados a la caza y los toros, islamófobos y negacionistas, movilizados bajo aquel estado de ánimo acuñado por Steve Bannon, el viejo estratega de Trump, anger and fear (ira y miedo)—, Casado se ha limitado a ofrecer más derecha. No apostó por la resiliencia sino por la resistencia (que diría José María Lassalle). Recuperó a los aznaristas y aguirristas para su equipo inmediato; purgó a los moderados; tachó a Rajoy de blando e indolente. Adoptó a los jóvenes neoliberales de Red Floridablanca; fichó a dos irreductibles musas de la derecha mediática para reflejar su idea del País Vasco (Edurne Uriarte) y Cataluña (Cayetana Álvarez de Toledo); repescó el aborto con Suárez Illana y puso en duda el “no es no”.

Con esa táctica dejó el espacio de centro entre su posición y la del PSOE en manos de Ciudadanos. Y, al mismo tiempo, 2,5 millones de votantes ultraconservadores prefirieron el original rojigualda (Vox) a su versión cover (PP). Según analiza un veterano líder del partido marginado por Casado: “De esa forma, hemos perdido ¡todo! el centro moderado y, por otro lado, no hemos retenido ni un radical”.

La inesperada disolución de las Cámaras por parte de Pedro Sánchez pilló a Casado en mantillas. En el PP fronterizo con Rajoy, el ticket hace un año era Alberto Núñez Feijóo (presidente) y Fátima Báñez (secretaria general), pero el expresidente no les apoyó. Tampoco a Sáenz de Santamaría. Aunque hizo alguna llamada a su favor esa noche previa a las primarias. Ganó Casado, el antiguo jefe de gabinete de Aznar en FAES. ¿Quién le aupó? Según una persona del equipo de Rajoy que estuvo en labores de Gobierno: “Aznar y sus pretorianos; Esperanza y su troupe de Madrid; Cospedal y sus resentidos antisorayistas; Jorge Fernández y los fanáticos católicos; la División Azul mediática. Y ese Madrid facha que se aloja en la estructura empresarial madrileña”.

En el campo de batalla del 28 de abril quedan cuatro derechas. En ambos extremos, la de Rivera y la de Abascal. Y, entre ellas, emparedadas, la de Casado y también la de los restos del marianismo, atrincherada esta última en la España periférica y comandada por sólidos clásicos como Juan Vicente Herrera, Alberto Núñez Feijóo o Alfonso Alonso. Aguardan su momento. En el año en el que el aznarismo se disponía a celebrar los 30 años triunfales del decreto de unificación, ya se comienza a hablar de refundación.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >

Más información