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Los libros de los presidentes: lo raro es escribir en el cargo

Las obras de los gobernantes o primeros ministros son habituales, pero no durante el mandato

Obama, el pasado viernes en un mitin en Atlanta
Obama, el pasado viernes en un mitin en Atlanta AP

El libro de político es un género aparte en la historia de la literatura. Y dentro de este género, el libro de presidente ocupa una categoría todavía más particular. En esta categoría, pueden distinguirse dos subgéneros. Uno, los libros con ambición literaria, fruto de la pluma del presidente y su voluntad de estilo. Y dos, los libros que podríamos llamar utilitarios. Estos, con frecuencia, no los escribe quien lo firma sino una pluma prestada o negro literario.

Lo habitual, en nuestras democracias, son los libros escritos y publicados antes o después del mandato presidencial. Más raramente durante, como el que va a publicar Pedro Sánchez este mes de febrero. Y, cuando se publican durante el mandato, suelen ser antologías de discursos o artículos, más que textos originales. Es inusual publicar un libro mientras se ocupa el cargo y más aún escribirlo de la propia mano.

El subgénero de libros-presidenciales-con-ambición-literaria incluye ejemplos ilustres. Uno de ellos es Barack Obama y sus memorias de juventud, Sueños de mi padre, redactadas y publicadas una década antes de irrumpir en la política nacional de Estados Unidos. El libro del Obama da fe de la sensibilidad literaria del futuro político. Y fue una carta de presentación. Permitió conocer su visión de la vida y del mundo antes de lanzarse a la carrera electoral, sin los edulcorantes y prevenciones propias del político profesional.

El primer ministro Winston Churchill y el general De Gaulle son otros políticos de primer nivel que fueron escritores de talento. Churchill llegó a ganar el Nobel de literatura. De Gaulle habría podido ganarlo por sus excelentes Memorias, publicadas —excepto el tercer volumen de las Memorias de guerra, de 1959— cuando estaba fuera del poder.

Por seguir en Francia, país donde lo novelesco es inseparable de lo político, otro presidente más reciente, François Mitterrand, también quiso ser escritor, como demuestran sus diarios y ensayos previos a la llegada de la presidencia, y sus Cartas a Anne, publicadas póstumamente en 2016.

Mitterrand publicó tres libros siendo presidente. Pero ninguno supuso un trabajo de escritura durante sus tiempo en el poder. En 1982, un año después de ganar las elecciones, sacó Política 2, una recopilación de textos y discursos anteriores a la llegada al poder. En 1986, Reflexiones sobre la política exterior de Francia, una antología de 25 discursos. Y en 1995, semanas antes de concluir su segundo mandato presidencial, Memoria a dos voces, un diálogo con su amigo Elie Wiesel, intelectual judío y superviviente de Auschwitz.

El otro subgénero de la literatura presidencial es el de los libros meramente utilitarios, sin valor ni ambición literaria. Pueden servir de manifiesto para el político que quiere darse a conocer al presentarse a unas elecciones (en España hay un caso reciente, Barcelona, vuelvo a casa, del candidato a la alcaldía barcelonesa, Manuel Valls). O pueden servir para reivindicar un balance tras abandonar el cargo, reescribir su historia bajo una luz favorable. En tiempos recientes, desde Tony Blair a Gerhard Schröder, pasando por José María Aznar, lo han hecho.

No hay reglas rígidas en la literatura presidencial. Obama publicó A ti te canto, un libro infantil ilustrado sobre trece grandes personajes de la historia de Estados Unidos, cuando ya vivía en la Casa Blanca. Pero lo había escrito antes de ser presidente. Y donó todos los beneficiosa un fondo que otorga becas a hijos de soldados muertos o heridos en el campo de batalla.

Las reglas, si existen, se diluyen a medida que se desciende de escalafón. En Francia dos alcaldes destacados —Anne Hidalgo, de París, y Alain Juppé, de Burdeos— acaban publicar sendos libros, el manifiesto ecologista Respirar y el Diccionario amoroso de Burdeos.

Y el ministro de Economía y Finanzas, Bruno Le Maire, ha encontrado tiempo entre reuniones del Ecofin, cónclaves del G-20 y forcejeos por liberalizar Francia, para escribir Paul. Una amistad. Lo acaba de publicar la editorial Gallimard en su colección blanca, emblema de la excelencia literaria.

“El lunes 23 de julio de este año 2018 en el que de verdad conocí a Paul, me encontraba en Buenos Aires, en pleno invierno austral, para la reunión de ministros del Finanzas del G-20”, arranca el libro, una meditación sobre la muerte de un amigo en la que se mezclan apuntes precisos sobre el quehacer político y la introspección íntima y melancólica.

Todo político —y más todo presidente— es a su manera un escritor: de discursos y de leyes. Se gobierna mediante la palabra. Pero compaginar el oficio de escritor y el de gobernante, y dejar una obra que se mantenga en pie más allá de los avatares de la cosa pública, es excepcional.

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