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OPINIÓN i

Republicanismo catalán y federalismo europeo

Los próximos años de mi vida no serán fáciles, pero mi propósito es una Cataluña libre en una Europa federal

Un monitor de la sala de prensa durante la vista por las cuestiones previas del caso del 'procés' que ha comenzado este martes.
Un monitor de la sala de prensa durante la vista por las cuestiones previas del caso del 'procés' que ha comenzado este martes. EFE

Mi pasión por la política nace de la voluntad de combatir la injusticia, en Cataluña y en todas partes, y a menudo afirmo que entre mis prioridades están las escuelas, el trabajo y las familias. Como republicano, quiero un sistema educativo que garantice la libertad de conciencia, el sentido crítico, la igualdad de oportunidades y la creatividad de cada miembro de la sociedad. Quiero lugares de trabajo dignos y productivos, en una economía que combine libertad efectiva, eficiencia y equidad. Y quiero familias que disfruten de todo el apoyo público necesario para vivir con dignidad en una sociedad plural, inclusiva y cohesionada.

Nos habíamos acostumbrado a pensar que en Europa estas cuestiones estaban garantizadas desde hace décadas. Pero hoy la realidad es que están en peligro en gran parte del continente. El trabajo que hay que hacer al respecto es ingente. Derechos como la vivienda o un sueldo digno son, cada vez más, un privilegio para una parte cada vez mayor de nuestra sociedad. En estos aspectos concretos puede parecer que estamos más cerca de la primera que de la segunda mitad del siglo XX. Tener trabajo y sueldo ya no siempre es una garantía contra la precariedad, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Y donde hay precariedad acabará habiendo angustia, exclusión y, como consecuencia, extremismos políticos y religiosos.

Para tener ciudadanos más libres, economías más prósperas, familias más fuertes, sociedades más equitativas y con más espíritu crítico, necesitamos instituciones comunitarias más eficientes y democráticas, que, entre otras cosas, aseguren que los grandes poderes económicos estarán bajo control del conjunto de la ciudadanía europea. El federalismo europeo es clave en este sentido. La economía es cada vez más transnacional y huye con facilidad del control de los viejos estados nacionalistas. Algunos actores económicos son tan poderosos que someten los Estados a sus intereses, menospreciando los derechos y la dignidad de las personas, de las familias y de las sociedades.

Las naciones son cada vez más interdependientes, es cierto. Y, además, los temas que determinan la libertad y la prosperidad de los ciudadanos están estrechamente relacionados. Por ejemplo, la sostenibilidad de las pensiones está fuertemente condicionada por la dinámica de la natalidad. Del mismo modo, para que las políticas de natalidad sean efectivas, hay que garantizar la educación gratuita entre los 0 y los 3 años, asegurar unas bajas de maternidad y paternidad justas y adecuadas, y disponer de una vivienda digna y asequible para todo el mundo. Todo esto también exige que las políticas fiscales sean más eficaces, y que se incluyan, entre otras medidas, la lucha contra el fraude y la evasión fiscales, así como una distribución más justa y eficiente de las rentas del trabajo y del capital. Así mismo, la creación de riqueza precisa de una sociedad más formada y en la cual se apueste de forma clara por la investigación, la formación profesional y el multilingüismo (como la incorporación del chino y del árabe como lenguas optativas en los estudios de secundaria en Cataluña).

La mayoría de los Estados están demasiado alejados de la gente, porque a menudo sirven a grandes poderes económicos transnacionales sobre los que no tienen control, y están gestionados por oligarquías burocráticas cada vez más blindadas contra el control democrático y la dinámica meritocrática. Solo hay que constatar cómo muchos de los grandes cargos públicos son ocupados, generación tras generación, por las mismas familias, y cómo han convertido universidades enteras en máquinas de subasta de títulos vacíos de contenido real. La compraventa de favores contribuye a privatizar y a convertir en hereditaria la dirección de administraciones y gobiernos, bloqueando así una pieza vital del ascensor social de las clases medianas y trabajadoras.

Es por todo esto que Europa se encuentra ante un cruce: por un lado, una derecha cada vez más extrema que quiere reforzar los Estados ante las instituciones comunes, que margina a segmentos cada vez más amplios de la sociedad, que recorta derechos civiles, políticos y sociales, que se somete al egoísmo de los grandes poderes económicos, que cierra fronteras y se aísla respecto al mundo; y, de la otra, una izquierda moderna, republicana, federalista europea, socialmente ambiciosa, internacionalista y defensora de una economía eficiente, sostenible y equitativa.

El republicanismo en Cataluña es inseparable tanto del catalanismo como del federalismo europeo. Las tres corrientes han ido ligadas históricamente por un mismo deseo de libertad personal, justicia social y fraternidad entre los pueblos. Porque soy republicano y catalanista, soy también federalista europeo. Y como federalista europeo quiero unas instituciones comunitarias más fuertes y democráticas, y en particular un Parlamento Europeo con capacidad de iniciativa legislativa que pueda ejercer un control efectivo sobre la Comisión Europea, y que sea capaz de impulsar políticas económicas y sociales justas, eficientes y sostenibles.

Es de esperar que los próximos años de mi vida no serán precisamente fáciles, pero tengo claro que quiero que sirvan a un propósito. Y este propósito será conseguir una Cataluña libre dentro de una Europa federal y democrática, guiada por los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Una Europa donde cada uno vea asegurado, finalmente, el derecho a la búsqueda de la felicidad, que es la única razón que justifica la existencia de los gobiernos. La alfa y la omega de la política republicana.

Oriol Junqueras, presidente de ERC, está en prisión preventiva acusado del delito de rebelión.

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