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¡Hasta siempre comandante!

Luis Otero fue el oficial de mayor rango entre los condenados por el franquismo por fundar la Unión Militar Democrática (UMD)

Luis Otero Fernández, en una fotografía de mayo de 1977. Ampliar foto
Luis Otero Fernández, en una fotografía de mayo de 1977. Ricardo Martín

Lo peor de ir cumpliendo años, cuando estos van siendo muchos, no son los achaques, sino ver cómo se va despoblando el paisaje con la lenta desaparición de los amigos. Hoy me ha llegado, con un nuevo frente frío del noroeste, la noticia de la muerte de Luis Otero a los 85 años.

Nos conocimos en las primeras andaduras de la Unión Militar Democrática (verano de 1974), de la que fue uno de sus fundadores, en la cafetería del Temple, en Ponferrada. El fin de la reunión era comprobar si el número de militantes se multiplicaba y alcanzábamos lo que entonces llamábamos ingenuamente “masa crítica”. Es decir, una cifra de afiliados que impidiera al régimen tomar medidas drásticas contra los oficiales demócratas. O sea, quitarnos de en medio. ¡Qué jóvenes éramos!

En aquel año de trepidante militancia clandestina compartimos, como miembros del Comité Ejecutivo, reuniones locales, asambleas nacionales, y hasta encuentros con importantes dirigentes políticos. Con [Joaquín] Ruiz Jiménez, en el famoso piso de la calle de Jerez; con un comité del partido comunista, presidido por Sánchez Montero, en el chalé de Teo Lagunero; y con un abogado laboralista sevillano, Felipe González, que aún usaba el nombre de guerra: Isidoro, en Barcelona, en reunión propiciada por Joan Raventós.

Después, en el menos trepidante pero no menos inquietante año del encarcelamiento (1976), compartimos prisión en la Academia de Sanidad de Madrid, en El Hacho (Ceuta), en la prisión de Hoyo de Manzanares, donde se celebró el agitado Consejo de Guerra bajo una nevada que recordaba, y no solo por el frío, el escenario de Doctor Zhivago (aún me parece oír los gritos de los asistentes, cuando el capitán Manolo Lago tuvo la osadía de mencionar los derechos humanos), y finalmente, en el castillo de La Palma, en Ferrol, donde, ya con Adolfo Suárez, nos pusieron en libertad.

[Otero, el militar de mayor rango entre los acusados, recibió la condena más dura: ocho años y un día de prisión. Un año después, fue excarcelado pero no se le permtió volver al Ejército.]

Si algo nos mantuvo unidos y nos dio fuerzas en aquellos años crudos fue, sin duda, su sentido del humor, que tuvo siempre un brillo especial. Todavía recuerdo su comentario, cuando empezábamos a estar algo crispados tras varias horas de espera para declarar por enésima vez en el juzgado militar. “Ya sé de qué nos van a acusar esta vez”, dijo Luis con su vozarrón manchego: “Del asesinato de Calvo Sotelo”. Después de la carcajada general, volvió a tomar la palabra con preocupación. “Sí, sí…. Vosotros reíros. Pero Pepe Fortes y yo ya habíamos nacido”.

En nuestra década civil mantuvimos la misma entrañable amistad en su casa de Madrid y en la nuestra en Galicia, durante las citas veraniegas en la playa de Lapamán. En esos encuentros no solo desgranábamos anécdotas bélicas, como aquellos militares ingleses de Las Cuatro Plumas, sino que colaboramos en varios artículos y en un libro que tuvo cierto eco en su momento: Proceso a nueve militares demócratas. Las Fuerzas Armadas y la UMD.

Cuando, finalmente, con 10 años de retraso, se nos incluyó en la Ley de Amnistía de 1977, Luis Otero, Restituto Valero y yo nos incorporamos al servicio activo y juntos nos pasamos a la Reserva porque no se atrevieron a darnos un destino. ¡Tres demócratas mandando un regimiento! Ni en sueños. Vamos, que ni hablar.

Durante los últimos años compartimos mesa y tertulia en múltiples encuentros personales y profesionales, como las jornadas de la Universidad de Salamanca sobre el papel de las Fuerzas Armadas en la Transición, o en cenas en Madrid del Foro Milicia y Democracia, que él presidió varios años, y en Lisboa, con motivo del 40 aniversario de la Revolución de los Claveles. Aún me parece verlo, bajando por la Avenida da Liberdade, con su mujer Carmen Macías, de Martíns Guerreiro, de Vasco Lourenzo, de Otelo y tantos otros cantando el Grândola, vila morena. Pero sin duda el momento más emocionante fue recibir la medalla al mérito militar de manos de la ministra socialista de Defensa Carme Chacón en 2009. Creo que ninguno olvidará nunca el coraje de Carme, su cercanía y su elegancia de corazón. Fue nuestra única batalla con éxito pero, como fue la última, fue la de la victoria, que diría Sun Tzu.

Es por eso, por todos los combates que libramos juntos y porque ya no podremos volver a contar a dúo la batalla de Balaclava en la sobremesa ante las risas de nuestros hijos, por lo que me siento especialmente triste al enviarte este último abrazo, amigo Luis.

Xosé Fortes es coronel del Ejército y miembro fundador de la Unión Militar Democrática.