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“Hay una cosa gorda que tienes que ver”

Dos periodistas que cubrieron para EL PAÍS hace 20 años la catástrofe de Aznalcóllar recuerdan qué se encontraron al llegar

Vista aérea de la balsa de Aznalcóllar el 25 de abril de 1998. Ver fotogalería
Vista aérea de la balsa de Aznalcóllar el 25 de abril de 1998.

Este miércoles se cumplen 20 años de uno de los peores desastres medioambientales que ha sufrido España: la rotura de la balsa de residuos tóxicos de la mina de Aznalcóllar (Sevilla), que contaminó el cauce del río Guadiamar y amenazó el parque de Doñana. Dos décadas después, Jorge A. Rodríguez (redactor entonces de la delegación de Andalucía de EL PÁIS) y Pablo Juliá (entonces responsable de fotografía en esa delegación) recuerdan qué se encontraron al llegar al lugar de la catástrofe.

Jorge A. Rodríguez

–Baja rápido, hay una cosa gorda que tienes que ver.

La voz conocida de un amigo de la Guardia Civil que sonaba al otro lado del teléfono de casa era imperativa. "Es gordo, gordo-gordo, sobre todo por las consecuencias ecológicas. Estaba haciendo tiempo para no despertarte muy temprano". Eran algo más de la seis de la mañana. El destino era Aznalcóllar. Y sí: la cosa era gorda de verdad.

Un patrol de la Guardia Civil me esperaba para que lo siguiera. Desde Sevilla capital apenas son 50 kilómetros. Llegamos en nada, con la noche aún cerrada. Había guardias civiles por todas partes. El amanecer mostró el desastre: el muro de escollera de la presa donde la mina de pirita que explotaba la empresa Bolidén almacenaba millones de toneladas de agua ácida y residuos tóxicos se había hundido. Por la brecha se había desparramado una inmensa masa de lodo formado por metales pesados y otros minerales contaminantes (arsénico, cromo, mercurio, cobalto, cobre…).

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Curiosamente, la imagen era bella, sublime, si no fuera por lo que el desastre traía consigo: la brecha por la que surgía agua, las rocas (las margas) de tonalidad azulada del subsuelo que habían aflorado con el hundimiento, los camiones amarillos vertiendo rocas para sellar el boquete de 50 metros en el muro, la arboleda semicolmatada, las tonalidades irisadas (azul, naranja, verde, negro…) del lodo que levantaba el sol radiante del alba, el río ahí al lado distribuyendo el vertido...

–¿Y todo esto, adónde va?, pregunté

–Va para el parque de Doñana. Si entra, el desastre puede ser brutal, contestó el amigo del instituto armado.

Volvimos al coche a seguir el vertido lo más próximo posible al río Guadiamar, por el que corrían las aguas y lodos tóxicos: un frente que en algunos lugares tuvo 500 metros de ancho y hasta medio metro de altura. Paré en el vado del Quema, el de la romería del Rocío. Un horror negro. La ola contaminante no paraba. Enfilaba Doñana.

Portada del diario EL PAÍS de hace 20 años. ampliar foto
Portada del diario EL PAÍS de hace 20 años.

Pero a esas horas, en Villamanrique de la Condesa había zafarrancho de combate. Los arroceros se habían puesto en marcha para proteger sus cultivos y poner barreras de tierra para desviar la oleada tóxica. Tractores, excavadoras, gente a pie con azadas construía diques, muros de tierra, motas… Todo para cerrar el canal (de Aguas Mínimas se llamaba) hacia el Guadalquivir. Lo pararon, pero 4.000 hectáreas de cultivos quedaron anegadas.

Todo esto tenía que fotografiarlo alguien. "Pablo, hay un movidón en Aznalcóllar… y en Doñana”. Pablo Juliá corría para tomar la foto que el 26 de abril de 1998 abría a cinco columnas la hoy extinta sección de Sociedad. "Voy", fue lo único que dijo.

Pablo Juliá

Veinte años son muchos años. Y para un periodista muchos mÁs. Desenmarañar el pasado significa internarse en la selva de informaciones acumuladas y empezar a tirar del hilo de la trama. Y recuerden, no había Facebook y los periódicos se editaban en blanco y negro.

Puestos a revisar los archivos llego al recuerdo que manda y que me sitúan en una plácida mañana del sábado 25 de abril, recibiendo una llamada imperiosa desde el periódico en Madrid, para contarme el desastre de Aznalcollar y que me pusiera de inmediato a ello. Una hora mas tarde y pertrechado de maquinas y teleobjetivos aparezco en la zona y, lógicamente, no me dejan llegar a la balsa. Doy varias vueltas de mareo para evitar ser visto y poder hacer una foto que tradujera la catástrofe. Se veía fisicamente pero resultaba difícil traducirlo a grises pero así era EL PAÍS por entonces. Veinte años son muchos años…

Aquello era un río negro, se llamaba Agrio, que robaba toda la luz y contrastaba una imágen sin puntos de referencia. Conseguí subirme a una zona un poco más alta y veo, ahora, que tenía una imágen super lejana de la rotura pero que era difícil de traducir y entender. Hice varios intentos, todos acabados en fracasos, por lo que de vueltas al periodico llamé a todos los posibles para conseguir una imagen. Nulos resultados.

En un momento dado, por la tarde y ante la desesperación que teníamos con muchas presiones y broncas desde Madrid, me llamaron de una empresa que hacía vuelos en avionetas y que habían sobrevolado la zona. Me ofrecían una imagen. El dios de la suerte nos vino a ver y su nombre era Tapa, así firmaba. La imagen era clara, perfecta. La primera página estaba asegurada. Salvados en el penúltimo minuto.

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