La vieja maldición de El Raval

El regreso de la heroína, los pisos ocupados y la especulación urbanística asfixian otra vez el antiguo ‘barrio chino’ en pleno corazón de Barcelona

Un policía en uno de los pisos desalojados.
Un policía en uno de los pisos desalojados. JOAN SÁNCHEZ

"Operación policial. No puede pasar", un agente de la Guardia Urbana de Barcelona corta el paso a un vecino de la calle Riereta, una de las más afectadas. El hombre le responde: “No quiero pasar. Vivo en la calle Vistalegre con mis hijos. En mi finca venden droga. Tengo yonkis durmiendo en la puerta a centímetros de la cama de mis hijos”. Otro agente, de paísano pero cubierto con un chaleco reflectante, se acerca. "Sé quién eres. Ocupaste hace unas semanas el piso donde vives…”. El vecino se siente cazado, pero el policía lo tranquiliza: “Menos mal que fuiste tú, si no, lo hubiera hecho otro camello…”. Durante la conversación, el agente confiesa que conoce estos puntos de venta, “y otros tantos en el Raval”, pero admite “estar atrapado” de pies y manos: “Reunimos pruebas a diario, pedimos ordenes judiciales que a veces tardan semanas en llegar y solo después podemos actuar”.

Desde principios de año, Mossos y Guardia Urbana han realizado 28 entradas en diferentes pisos del Raval deteniendo a 35 traficantes. Con los camellos fuera de circulación, algunos consumidores toman el relevo en el negocio y se instalan en los mismos pisos ocupados. Los compradores siguen llegando y los agentes regresan a la casilla de salida. Necesitan, de nuevo, una orden judicial.

Jacinto lleva décadas sirviendo cafés en un pequeño bar con antepasado gallego, el Xironda Orense, en la calle d’en Roig. Un negocio familiar en una travesía peatonal a escasos metros de la Rambla de Barcelona. “En los ochenta cuando llamaba a mi madre desde la mili, me decía ha muerto el hijo de menganito, ha aparecido tieso en tal calle. La heroína hizo mucho daño pero no era lo de ahora”, lamenta. En aquellos años la calle Roig hervía de vida. Junto al Xironda Orense se ganaban la vida los empleados de una “pollería, una tienda de balanzas, un colmado, una tienda de chuches…”. La miseria, las crisis, la especulación y el supuesto progreso hicieron que todos los negocios fueran cerrando. Al final, solo quedó el bar de Jacinto. La barra está estratégicamente colocada junto a la puerta. Desde allí, Jacinto ve pasar la vida. “Hace un año que empezaron a llegar muchos yonkis, la mayoría italianos”, recuerda el hostelero. Todos peregrinaban hacia el número 22 de la calle d’En Roig. Allí, varios okupas se habían adueñado de gran parte del edificio. Eliminaron la puerta del portal y, así, los clientes tenían vía libre para subir a los pisos. Dentro del edificio comenzaron su “business” vendiendo droga en pequeñas cantidades a precio de risa. “Un día llegué a contar a 195 yonkis yendo a comprar en menos de 90 minutos”, recuerda.

Carlos vive en el 24 d’En Roig. Vio cómo el terrado del número 22 se llenaba de colchones, tiendas de campaña… “Allí consumían, dormían, hacían sus necesidades sin moverse del edificio donde les vendían la droga”, recuerda. Conforme llegó el verano la degradación era máxima y los vecinos decidieron poner punto y final a la procesión de consumidores con el mono. “Hicimos caceroladas durante 70 noches seguidas delante del número 22”, recuerda Carlos. La idea cuajó y los vecinos de diferentes calles fueron asociándose. El problema d’En Roig se reproducía en las calles Picalquers, Duran i Sanpere, Ferlandina, La Lluna, Lancaster, de l'Om, d’En Robador, Cardona, Sant Gil… Pronto las caceroladas recorrían, en peregrinación, todos los narcopisos. Los camellos comenzaron a notar la mirada de los vecinos clavadas en sus nucas. Tras las protestas y las quejas el problema continúa aunque ha mermado. Ahora calculan que hay una veintena de narcopisos en activo.

Hace unos días, la Guardia Urbana desmanteló un supermercado de la droga instalado en el 9 de la calle Vistalegre. El mismo inmueble que denunciaba un joven, días antes, ante el cordón policial. Sus hijos llevan varias noches durmiendo sin narcotraficantes trapicheando a centímetros del tabique de su habitación.

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