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ANÁLISIS

El turismo se reinventa

La competencia de los alojamientos colaborativos es inaceptable

Una turista por el centro de Madrid.
Una turista por el centro de Madrid. EL PAÍS

Entre los años 2000 y 2020, en todo el mundo, viajarán por motivos de turismo más personas de las que lo han hecho en toda la segunda mitad del siglo XX. En 1950, unos 20 millones de personas viajaron fuera de sus países por razones de turismo. En 2000, la cifra se había multiplicado por 35, alcanzando los 700 millones de turistas internacionales. En 2020, el número de turistas alcanzará, según la OMT, los 1.600 millones. El gasto asociado sería equivalente al PIB español. El turismo doméstico alcanza cifras similares en todo el mundo. Es decir, hoy, el equivalente a la tercera parte de la humanidad realiza estancias turísticas dentro o fuera de sus países.

El turismo es una industria en alza caracterizada por el desplazamiento de personas a largas o muy largas distancias y el suministro de servicios de todo tipo a los turistas. La industria es enormemente competitiva, abierta a un ciclo global en el que la calidad del servicio y el precio son determinantes del éxito de un destino cualquiera, pero también la emergencia de nuevos destinos con ofertas innovadoras o la ocurrencia de avatares geopolíticos.

España viene rompiendo sus propios récords turísticos año a año, a pesar de la crisis financiera global del pasado, y se sitúa ya por encima de los 78 millones de turistas en el año transcurrido hasta junio pasado, con una previsión que pudiera alcanzar los 84 millones para 2017. El turismo español es el más competitivo de todos los sectores de nuestra economía, por lo abierto, y, dentro del sector, uno de los más competitivos del mundo.

En las últimas décadas ha mantenido un lugar preeminente en los rankings mundiales de recepción de turistas e ingresos por turismo, compitiendo solo con Francia, los EE UU y, últimamente, con China, frente a los que no desmerece en absoluto. Su atractivo interior es también innegable ya que las pernoctaciones, por ejemplo, tanto de turistas internacionales como de residentes son, desde hace tiempo, equivalentes.

En este contexto, podría pensarse que todo pinta muy bien para el turismo español. Sus márgenes, además, son brillantes en la actualidad, después de la durísima resistencia durante la crisis. Pero no es oro todo lo que reluce. El turismo español afronta riesgos externos e internos, aunque también tiene oportunidades por delante.

Es bien sabido que el turismo español se centra en el sol y playa. Lejos de sumarme a la corriente que entona esta expresión de manera peyorativa, creo que hay que admitir que esta es la espina dorsal de nuestro turismo y que no solo no hay que deshacerse de ella, sino que debe ser reforzada con una oferta de mayor calidad de servicio y paisajística, descementando las playas en la medida de lo posible y avanzando decisivamente en la sostenibilidad medioambiental de una presencia que ya ha desbordado líneas rojas aquí y allá.

La competencia de los alojamientos colaborativos, por otra parte, con o sin plataformas digitales, pero no regulados, es inaceptable. Quienes ejercen la actividad turística sin cumplir con las responsabilidades fiscales y regulatorias de los operadores formales deben ser perseguidos y excluidos de la actividad. O, alternativamente, la normativa debe ser adaptada por igual para todos.

El turismo español lleva tiempo beneficiándose de la calamitosa dualidad laboral que se ha instalado en nuestro mercado de trabajo desde hace décadas, aunque no es el único sector que lo hace. Debe comprender, como ya lo hacen algunos de sus operadores más avanzados, que la depreciación general del recurso humano degrada también el servicio y la imagen de marca del sector y que los turistas, con el tiempo, no pagarán por ello, ni siquiera las excelentes ofertas que el sector es capaz de generar.

José A. Herce es director asociado de Analistas Financieros Internacionales.