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ANÁLISIS

Vistalegre 2

La paradoja es que, aunque el PSOE prefiere a Errejón, si este ganase muchos socialistas

se pasarían a Podemos

Esta semana se juega el futuro del sistema político español. De cómo acabe el congreso de Podemos depende no sólo la resolución de su crisis interna sino también las oportunidades de futuro de los demás partidos de la izquierda española. Pues, si Podemos naufragase, el Partido Socialista recuperaría una cierta chance electoral, IU se quedaría colgada y las confluencias perderían su asidero estatal. De ahí la trascendencia de un congreso crucial, en contraste con la previsible futilidad del coincidente certamen del PP.

Pablo Iglesias, y el secretario político de la formación, Íñigo Errejón.
Pablo Iglesias, y el secretario político de la formación, Íñigo Errejón. EFE

Y lo cierto es que en Vistalegre 2 todo puede pasar. A pesar de los muchos meses de bombardeo mediático con que se ha venido preparando el acontecimiento, las expectativas no podrían ser peores. El clima con que se aguarda su apertura recuerda a una pelea de patio de colegio donde la banda del matón en jefe acosa con una lluvia de golpes y burlas al inerme empollón de la clase, aparentemente destinado a ser sacrificado en público en una pira funeraria. De ahí el dramatismo que ha supuesto la carta de Luis Alegre, aparecida tras la espantada de Bescansa, donde se denuncia el feroz ciberbullying político que la banda de los cuatro estaría aplicando a quienes no se plieguen a sus designios, sumariamente acusados de desviacionismo errejonista. Y todo ello enmarcado en un síndrome de persecución inquisitorial que remeda las purgas de los mencheviques por los bolcheviques o de los trotskistas por los estalinistas.

Lo que está en juego tras el ardor de la contienda es la pugna entre dos estrategias de acceso al poder. De un lado la propuesta moderada propugnada por Errejón, que intenta emprender un viaje al centro del arco político en busca del voto de “los que faltan”: ese millón largo de desencantados con el PSOE e IU pero que tampoco se sienten atraídos por el matonismo de Iglesias. Y enfrente la propuesta rupturista del radicalismo oficialista, que pretende cavar trincheras en la sociedad civil para abrir conflictos sociales irreductibles. Si este fuera el dilema, ello revelaría dos formas de entender el objetivo de Podemos: o bien se trata de construir coaliciones mayoritarias capaces de gobernar, como pretende Errejón, o bien se renuncia a ello para enclavarse en la oposición antisistema monopolizando el liderazgo de la izquierda, como sostiene Iglesias.

Y aquí surge una interesante contradicción, y es que el Partido Socialista no sabe ocultar sus simpatías y preferencias por la opción de Errejón, con el que podrían negociarse coaliciones mutuamente beneficiosas. Pero, si en efecto ganase Errejón, no hay duda de que multitud de electores socialistas, incapaces de confiar en Sánchez, López o Díaz, se sentirían atraídos como un imán por el voto a Podemos. Y, por eso, lo mejor para retener a los votantes socialistas sería que triunfara Iglesias y purgase al errejonismo, que es lo que probablemente va a pasar. Así se abriría la posibilidad de que algún día Errejón ingresara en el PSOE y luchase por su secretaría general. ¡No caerá esa breva!

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