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CASO GÜRTEL

Escobas de oro

La porquería empieza a aflorar en grotescas escenas de corrupción en Pozuelo y Majadahonda

Francisco Correa es increpado por una persona a su llegada a la Audiencia Nacional. Ampliar foto
Francisco Correa es increpado por una persona a su llegada a la Audiencia Nacional. EFE

Los juicios simultáneos de Gürtel y las tarjetas black son como un circo de dos pistas con emociones fuertes. Ayer era difícil elegir, en ambos empezaban las tortas y a removerse las tripas de los casos. Y más allá, el proceso Gürtel arrancó con una voz de ultratumba, la declaración grabada de una implicada que se suicidó, y la de otro que ha perdido la lucidez. Fue raro y angustioso oírles hablar desde el pasado de miserias humanas como el 3%.

Por eso, y porque la sala estaba medio vacía al faltar ya la mayoría de los acusados, en la sala Gürtel se instaló un silencio incómodo. Que lo fue aún más cuando comenzaron a declarar tres arrepentidos, y dieron detalles. La corrupción da más náusea con la puesta en escena que en cifras: Jacobo Gordon, socio de Alejandro Agag, yerno de Aznar, contó que quedó con Willy El Rata —Guillermo Ortega, alcalde de Majadahonda— en un restaurante que le encantaba, donde le entregó un sobre con 150.000 euros. Y se fue a contar el dinero al baño. También fue en un restaurante donde Gordon se encontró por azar con Francisco Correa y éste le propuso hacer negocios. Le conocía de algún mitin del PP. Entre estos y los de las black algún día habrá que estudiar el impacto de esta marea de ejecutivos y peces gordos en el auge de la nueva cocina española, por su facturación en comilonas. Gordon estaba muy serio, rozando la vergüenza.

El siguiente arrepentido, el constructor Alfonso García Pozuelo, petición de 4,5 años, escuchó abrumado y con la mirada cada vez más baja la retahíla de preguntas que se negó a contestar de la defensa, que le recordaban donativos “altruistas” al PP desde 1998 y al entonces ministro de Fomento, Francisco Álvarez-Cascos, así como comidas con Bárcenas y Correa. No se sabía si era peor que hablara o que callara, pero él parecía estar pasando uno de los peores tragos de su vida. No hay muchas ocasiones, seguramente haya más a partir de ahora, de ver la corrupción cruda y desnuda, despiezada en frío.

En este clima le tocó el turno a Roberto Fernández —le piden 2 años de cárcel—, que en un breve autorretrato pintó una época. Era decano de la facultad de Económicas de la universidad CEU San Pablo –lema, In Veritate Libertas-, ganó el premio al mejor economista de la comunidad de Madrid y en 2003 decidió dar el salto a la política con el PP: concejal de Hacienda en Pozuelo de Alarcón, en el equipo de Jesús Sepúlveda, marido de Ana Mato. Quién sabe si se imaginaba ministro en unos años, como de hecho le pasó a ella. Pero ayer, con un post-it amarillo en su carpeta que decía “colaborar”, lo veía así: “Después de tocar fondo en muchísimas cosas, y haber pasado de decano y vicerrector de la Complutense a estar en esta situación, me parecía que el único modo de demostrar a mis hijos que sigo adelante es decir la verdad”.

Nada más llegar, en la campaña electoral, ya vio circular sobres con billetes. Luego “circunstancias grotescas”, como que el grupo municipal pagaba un máster al alcalde, “para darle un barniz cultural, porque no tenía preparación absolutamente de nada”. Los contratos se regalaban a Correa y los amigos, con desviaciones del presupuesto de hasta el 35%. Pozuelo tenía un superávit de 27 millones de euros y lo dejaron con déficit. En fin, ganaron la Escoba de Oro al municipio más limpio durante cinco años seguidos, y eso que el jurado no podía valorar hasta qué punto lo habían limpiado bien.

El abogado de la defensa salió con la artillería pesada. Le preguntó si recordaba su queja porque “no podía seguir recibiendo llamadas en el ayuntamiento de gente reclamándole deudas de joyeros, camellos y prostitutas”. Él se reía nervioso asombrado de los trapos sucios que volaban por la sala. Pero esto ya va a ser así a partir de ahora, y no hay escoba de oro que lo tape.

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