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ANÁLISIS

La España italiana

Tomamos conciencia de que nuestra sociedad civil puede funcionar por sí misma

A estas alturas de pactos frustrados, todos recordamos el famoso dictum de Felipe González según el cual habíamos entrado en una situación política a la italiana pero sin italianos. La adversativa es lo importante, porque alude a la incapacidad de nuestros actores políticos para estar a la altura de una situación inédita. Llevaba razón el expresidente. Frente a la agilidad vaticano-renacentista de los italianos para improvisar soluciones políticas desde lo aparentemente imposible, nuestros políticos se muestran como ofendidos hidalgos castellanos henchidos de atributos del medioevo como el honor y la honra: “Estos son mis principios, no tengo otros”, la mejor manera para conseguir que nada prospere, que no haya negociación que valga.

El país transalpino ya estuvo presente en el uso generalizado que hicimos del término sorpasso, al que la RAE no va a tener más remedio que incorporar en una próxima edición de su diccionario. Lo que ignorábamos, como me recordaba un colega italiano aludiendo a la experiencia de su país, es que tiene un efecto performativo. Una vez que se comienza a utilizar el vocablo, el sorpasso deviene imposible, bloquea la posibilidad de su realización. Podemos debería estar al loro.
Y todos nos hemos italianizado también en el sentido de que hemos tomado conciencia de que nuestra sociedad civil es ya lo suficientemente madura para funcionar por sí misma, que tampoco es un drama vivir sin Gobierno. Pero no es lo deseable. Nuestros políticos deberían tomar buena nota de las consecuencias que eso tiene para su propio prestigio y el de las instituciones. Y aquí Italia también nos ofrece un ejemplo, negativo en este caso, de alienación de los ciudadanos respecto a sus gobernantes. No es casualidad que Cinco Estrellas, el partido antipartidos, esté ya en el mismo corazón del sistema.

Con todo, hay algo que sí tiene Italia y de lo que nosotros carecemos: una Jefatura del Estado dotada de grandes posibilidades de acción política. Desde luego, depende del prestigio del presidente de turno y de su habilidad particular, como la que siempre ha mostrado Giorgio Napolitano, por ejemplo. Es un actor en la cúspide con capacidad política de maniobra y mediación entre los partidos que puede ir mucho más allá en sus componendas para facilitar el Gobierno de lo que nosotros nos atreveríamos a exigir del Monarca sin distorsionar la neutralidad que le atribuye la Constitución. Pero de ahí a querer instrumentalizarlo políticamente, como hace Rajoy, a golpe de interpretaciones jurídicas del artículo 99, va un buen trecho.

Un rey neutral no es un rey neutralizado que haya de moverse al albur de los intereses estratégicos de los partidos. Una cosa es que no pueda fungir de Napolitano, pero otra distinta es que se le ningunee y se le impida ejercer su poder moderador limitándole su capacidad para proponer un candidato. Nuestra particular partitocracia no debería sujetarlo a sus vaivenes y carencias, a colonizarlo como ya hiciera con tantas otras instituciones.