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La segunda victoria de Rajoy

El líder popular ganó las elecciones y ha ganado las postelecciones gracias al inmovilismo

Mariano Rajoy a su llegada a su encuentro con el rey Felipe VI dentro de la última ronda de consultas para formar Gobierno.

No ha cambiado el resultado del partido en la zona Cesarini, expresión balompédica que reconocía el instinto goleador de un futbolista juventino, Renato Cesarini, en la agonía de los últimos minutos.

Quiso asumir Sánchez el argumento providencial. Por cuerpo y por espíritu, emulaba a esos centrales que suben a rematar las últimas jugadas, rebañando los nervios y los segundos. Compromís le concedió una inesperada asistencia en el tiempo de descuento, aunque la ambigüedad y el boato de la propuesta —"El acuerdo del Prado"— contradecía el pacto con Ciudadanos, incluso transgredía los límites con que acordó encadenarlo el Comité Federal: ni con Podemos, ni con los nacionalistas.

Carecía de sentido recrearse en un ejercicio de especulación, mucho menos invocando el minuto yugoslavo del parlamento catalán. Puigdemont descendió de los cielos in extremis porque las discrepancias ideológicas, económicas, institucionales entre Convergencia y la CUP, quedaron subordinadas a la anestesia o al placebo de la tierra prometida.

No había en Madrid un argumento aglutinador tan rotundo ni idealista. El motivo de cohesión acaso se restringía a la aversión hacia Rajoy, pero las ganas de evacuarlo expuestas por Rivera e Iglesias se resintieron de la incongruencia respecto al modelo de Estado y al criterio económico.

Se le podría agradecer el esfuerzo a Sánchez si no fuera porque ha practicado el ilusionismo como argumento de supervivencia. Y porque su desengaño de este martes —ha llamado a Iglesias traidor— representa un ejercicio de ingenuidad: el líder de Podemos no ha hecho otra cosa que maltratarlo en los vaivenes disciplinarios del castigo y el premio. Iglesias aspira a la hegemonía de la izquierda. Y espera asegurársela el 26 de junio, amarrando las confluencias, revistiendo de utilidad el voto desperdigado de IU.

Mariano Rajoy ganó las elecciones y ha ganado también las postelecciones. Hubiera preferido investirse presidente en la inercia del 20-D con la fórmula paternalista de la gran coalición, pero el escenario secundario de unas elecciones anticipadas premia con asombrosa desmesura su inmovilismo enfermizo. La inhibición le ha permitido asistir al deterioro de sus rivales. Le ha consentido purgar cualquier atisbo de deslealtad en su propio partido. Y le ha permitido incluso atribuir a Sánchez, a Rivera y a Iglesias toda le responsabilidad del fracaso, esperando, por idénticas razones, que los votantes los castiguen ejemplarmente en la segunda vuelta del 26-J.

El despecho es una de las novedades que comporta la convocatoria. Otra, no menos interesante, concierne al porvenir del PSOE. No porque haya alternativas previsibles al liderazgo de Pedro Sánchez, sino porque el presumible crecimiento de Ciudadanos y de Podemos-IU ahoga a los socialistas por el centro y por la izquierda, hasta el punto de poderse añorar el hito de los 90 diputados.

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