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Genealogía imaginada de un ‘president’

En la historia de Cataluña es difícil establecer una relación de continuidad entre la Diputación del General de 1359 y la actual Generalitat

Companys (con sombrero blanco, en el centro) y Macià (con sombrero oscuro) en un acto electoral en Barcelona, el 12 de abril de 1931.
Companys (con sombrero blanco, en el centro) y Macià (con sombrero oscuro) en un acto electoral en Barcelona, el 12 de abril de 1931.

El pasado domingo, día 10 de enero, el independentista Carles Puigdemont fue elegido nuevo presidente de la Generalitat. Desde las instituciones catalanas y los medios afines se insistió en que se trataba del mandatario número 130 de esta institución, empezando por Berenguer de Cruïlles en 1359. El nacionalismo catalán ha estado siempre obsesionado con la historia. Resulta muy difícil, sin embargo, establecer relaciones de continuidad entre la antigua Diputación del General y la Generalitat contemporánea.

En 1931, tras la proclamación de la II República, se estableció la Generalitat, pero no se hizo para recuperar la institución abolida a principios del siglo XVIII. La reunión celebrada el 17 de abril de 1931 entre ministros del Gobierno provisional republicano —Fernando de los Ríos, Lluís Nicolau d’Olwer y Marcelino Domingo— y Francesc Macià y otras autoridades catalanas, se acordó renunciar al Estado, proclamado tres días antes, a cambio de la constitución de un poder político regional y de un estatuto de autonomía. La nueva institución tomó, a sugerencia de De los Ríos, el nombre histórico de Generalitat, y el Avi, —como era conocido Macià— la encabezó entre 1931 y 1933.

El fallecimiento de ese líder de ERC, en la Navidad de 1933, llevó a Lluís Companys a la presidencia. Su etapa estuvo marcada por dos momentos difíciles: octubre de 1934, y verano de 1936, con el estallido de la Guerra Civil. El 6 de octubre de 1934 proclamó el Estado catalán dentro de la República federal española, pero la rebelión duró menos de 10 horas. La irresponsabilidad y el fiasco se convirtieron, tras el encarcelamiento de los responsables y la suspensión estatutaria, en una nueva hazaña del relato nacionalista. Con su habitual lucidez, el periodista Manuel Chaves Nogales escribió en marzo de 1936, tras el triunfo del Frente Popular y la liberación de los detenidos: "Dentro de poco Companys será, como lo fue Macià, un puro símbolo. Reconozcamos que Cataluña tiene esta virtud imponderable: la de convertir a sus revolucionarios en puros símbolos, ya que no puede hacer de ellos perfectos estadistas. Lo uno vale lo otro".

En la negociación para investir al presidente, ha habido una bochornosa subasta al grito de ‘¿quién da Mas?’

Al final de la Guerra Civil, Companys se instaló en Francia, donde la Generalitat mantuvo una oficina. Detenido y entregado a agentes españoles, fue fusilado en octubre de 1940. Josep Irla se convirtió entonces en presidente de la Generalitat en el exilio hasta su dimisión en 1954. Josep Tarradellas le sucedió y mantuvo la vela institucional durante el resto del franquismo. Sus relaciones con los nuevos partidos, movimientos y jóvenes dirigentes de la Transición, sin embargo, no fueron fáciles. Tarradellas negoció con Adolfo Suárez y el rey la restauración de la Generalitat. Un decreto del Gobierno la restableció en septiembre de 1977 y el president volvió a Barcelona en octubre. En 1979 fue aprobado un nuevo Estatuto.

El nacionalista Jordi Pujol fue investido presidente de la Generalitat en 1980, un cargo que ostentó durante más de 23 años. La nacionalización de la sociedad y el fortalecimiento institucional constituyeron elementos centrales y exitosos de su mandato. Los socialistas Maragall y Montilla estuvieron al frente de la institución, entre 2003 y 2006 y entre 2006 y 2010, respectivamente, gracias a un pacto tripartito. Ambas legislaturas estuvieron marcadas por la reforma estatutaria, que respondía más a las necesidades de la clase política que a las de los ciudadanos, bastante indiferentes hasta que fueron impelidos a movilizarse por la vía de la crispación, el victimismo y la defensa de la patria amenazada. El precio a pagar acabó siendo el deterioro de la convivencia, la parcial inconstitucionalidad del Estatuto y la inacción gubernamental.

Artur Mas y Carles Puigdemont.
Artur Mas y Carles Puigdemont. AFP

Artur Mas ha presidido la Generalitat desde 2010. Esta etapa se ha caracterizado por los ajustes y fuertes recortes para hacer frente a la crisis y al déficit, así como por la concentración de esfuerzos en el rearme nacionalista. La conversión al independentismo del partido gobernante, la parcial supeditación a organismos como Òmnium Cultural o la ANC, la permanente presión nacional-populista y el escaso talante para dialogar han marcado estos años. La sociedad está hoy más dividida y crispada. La fractura catalana es una realidad.

Ahora la elección de Puigdemont ha venido precedida por un conjunto de hechos que han contribuido a desprestigiar parcialmente la Generalitat, bastante tocada ya por casi tres lustros de relativo desgobierno, el caso Pujol y otras corrupciones, los desafíos a la legalidad y la deriva soberanista hacia ninguna parte. La presidencia de esta institución no puede estar al servicio exclusivamente de menos de la mitad de la población. Las negociaciones que han llevado a Puigdemont a la plaza de Sant Jaume han resultado poco ejemplares: presiones callejeras; declaraciones sobre corregir lo que no se obtiene en las urnas en la negociación; una bochornosa subasta de la presidencia al grito de ¿quién da Mas?; voluntad de erosionar el sistema por parte de la CUP, ante la impasible mirada de aquellos que necesitaban sus votos; y, por último, la humillación del propio expresident, tirado a la papelera de la historia. Los retos de Puigdemont son mayúsculos si desea aterrizar en la realidad y abandonar la ficción. Pero me temo que los árboles de la independencia tampoco van a dejarle ver el bosque de Cataluña y sus verdaderos problemas.

Jordi Canal es profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (París) y autor de Historia mínima de Cataluña (Turner, 2015).

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