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De tú a tú

Les faltó llamarse "tío", "tronco", "colega"

Albert Rivera, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez en el debate de EL PAÍS Ampliar foto
Albert Rivera, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, este lunes.

No hace falta remontarse al Paleolítico antes de Twitter, con Felipe González y José María Aznar instalados en el mire usted y en el por consiguiente y viceversa. No rebobinemos tanto. Si a Rajoy y a Rubalcaba, ayer mismo como quien dice, se les hubiera escapado llamarse Mariano y Alfredo en directo durante sus debates televisivos, hubieran abierto todos los informativos. Dos presidenciables tuteándose ante el electorado como si estuvieran discutiendo de fútbol o de toros en la barra del bar de abajo. ¿Habrase visto semejante falta de respeto al respetable? Anoche, sin embargo, los candidatos Sánchez, Rivera e Iglesias no se apearon del tuteo y se llamaron por su nombre de pila como si se conocieran de toda la vida. Les faltó llamarse “tío”, “tronco”, “colega”. Me juego el tipo a que lo hicieron antes y después del trance tras las cámaras. Delante de ellas, inauguraron, ufanísimos de su hazaña, un nuevo protocolo de relación entre adversarios políticos. La era del tú a tú. Sin acritud. Sin soberbia. Sin complejos. Modernísimos ellos. Solo una pega, por ponernos melindrosos. Cuando vuelvan a llamarse de usted, y señoría, sonarán más falsos que Judas. Démosles tiempo.

Albert (Rivera) entró en el plató como entra un novillero bregado en cosos de segunda a tomar la alternativa en Las Ventas. Con hambre de gloria y ganas de salir por alguna puerta grande, aunque fuera la de la enfermería. Casi se veía a ese torete bravo —enjaezado con chaqueta y corbata, y capote de paseo si hubiera hecho falta— escarbando el albero mientras los otros dos espadas de la terna hacían sus respectivos quites, preparando impaciente la siguiente embestida. Pedro (Sánchez), presunto cabeza de cartel aunque solo sea por las orejas y los rabos cortados por sus viejas cuadrillas, defendía su condición de figura permitiéndose prescindir de corbata, adornándose con florituras de salón —“Mi patria es la igualdad”, dijo, sin sonrojarse un pelo— y echándoles en cara su bisoñez a los nuevos en la plaza. Entre ambos, Pablo (Iglesias) hacía honor a su apellido y ejercía de hombre bueno en mangas de camisa. “Ni que fueras el moderador”, le llegó a espetar Pedro. Y era cierto. Unas veces parecía el presidente de la corrida, de tan imperturbable y ecuménico, y otras, el picador que metía el rejón hasta el corvejón a los rivales cuando las faenas decaían y había que darle emoción a la cosa.

Los tres dejaron para los anales de la historia sendas frases para labrar en piedra. Además de la nueva patria de Pedro, Albert dijo que “se puede ser feliz y productivo”, dándoles la razón subconscientemente a quienes dicen que es el candidato del Ibex 35. “No vengo a pedir el voto, eso es vieja política”, concluyó, sobradísimo, Pablo su minuto de oro después de haber soltado por esa boca, sabiéndolo o sin saberlo, el mismísimo eslogan de Hugo Boss: Don't imitate, innovate. Si eso no es casta, que baje Dior y lo diga. Al fondo, a la derecha en pantalla, el atril vacío de Mariano Rajoy, que a esas horas le estaba cantando a Pedro Piqueras en Telecinco la canción de un plato es un plato; un vaso es un vaso; una tetera, una tetera, y un tenedor, un tenedor. Mariano, tú te lo pierdes.

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