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Nacidos con la Democracia

Patricia Ortega Dolz en el verano de 1977 levantando el puño en presencia de su abuelo Ampliar foto
Patricia Ortega Dolz en el verano de 1977 levantando el puño en presencia de su abuelo

Algunos nacimos en una España en la que, cuando nos iban a hacer una foto, en lugar de decirnos “sonríe” o “patata” se nos decía: “Levanta el puño”. Y ahí quedaron decenas de instantáneas de niños con el puño en alto —¿derecho o izquierdo?— , una gracia convertida casi en acto reflejo ante la aparición de una cámara fotográfica, salvo cuando el que portaba el aparato era el abuelo “facha” —había otro igual de adorable pero “rojillo”—.

Crecimos en un país de padres eufóricos con la idea de Libertad, un bien preciadísimo, y al mismo tiempo un concepto incomprensible para un niño que naturalmente lo da por sentado puesto que es intrínseco a su condición. Pero se nos recordaba siempre que “había costado mucho conseguirla”.

Escuchábamos nombres de personas desconocidas que se pronunciaban con tono familiar y heroico, como el de “Pasionaria” o “Carrillo” y otros que eran nombrados como la máxima encarnación del mal: “Franco”. Pronto muchos aprendíamos que ese hombre, el de las pesetas, era un ser temido y diabólico que afortunadamente había muerto recientemente con las celebraciones pertinentes.

Oíamos hablar de “los grises” a los que, sin querer, identificábamos con los “Hombres de Gris”, los ahorradores de tiempo del cuento de Momo, la novela de Michael Ende que nos leía nuestra madre por las noches, antes de irnos a dormir. Afortunadamente ellos, “los grises”, también habían desaparecido junto con Franco. El nuevo tiempo era nuestro.

Nuestro mundo, pese a conocer la existencia de un arma tremendamente destructiva y letal llamada bomba atómica —“No la tiene casi nadie”, nos tranquilizaban, —, era un sitio ilusionado e ilusionante, lleno de proyectos y de ideas, en el que viajábamos en un dos caballos con la capota descubierta y cantábamos cancioncillas sin ton ni son (a veces también con el puño en alto): “Arriba parias de la tierra, en pie famélica legión…”, “Santa Bárbara bendita, tranlarán, larán, tranlarán, patrona de los mineros…”, “Franco, Franco, que tiene el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel…” (esta llevaba incorporado el ritmo del himno nacional), “Érase una vez un lobito bueno, al que maltrataban todos los corderos, todas esas cosas había una vez, cuando yo soñaba un mundo al revés”… Nuestra banda sonora de la infancia la completaban Aute, Serrat, Victor Manuel y Ana Belén, Paco Ibañez, Sabina, Pablo Milanés, a los que nos llevaban a ver en directo casi año tras año en las Fiestas del PCE de la Casa de Campo de Madrid.

Algunos incluso crecimos en las primeras cooperativas impulsadas por estudiantes salidos de la Universidad Complutense de Madrid (en la que, por cierto, también entraron "los grises" más de una vez y fueron recibidos a pedradas). Compañeros de facultad (y también de partido) que habían corrido juntos delante de aquellos enviados del “Dictador” y habían recibido más de un porrazo (¡hasta en la barriga de alguna joven revolucionaria embarazada!), cuando no habían acabado con sus huesos en los temibles calabozos de la Puerta del Sol (donde se encontraba la Dirección General de Seguridad).

El "espíritu de la cooperativa"

Muchos de aquellos estudiantes, ya licenciados, se unieron en proyectos comunales. Nuevas urbanizaciones surgidas en reuniones asamblearias en las que todo, hasta el tipo de materiales con los que se levantaban las que serían sus casas, se votaba y se decidía por consenso. Y ante cualquier desacuerdo se invocaba al “espíritu de la cooperativa”, que reconducía las cosas. Allí las calles tenían nombres de poetas: Miguel Hernández, Federico García Lorca, Antonio Machado… Y también vivían poetas, como Blas de Otero. Y sindicalistas como Antonio Gutiérrez, hijos y nietos de Marcelino Camacho y también crecía y se forjaba gente como Irene Lozano, la que fuera mano derecha (o izquierda) de Rosa Diez y que ahora se ha sumado a las filas del PSOE con Pedro Sánchez. Había jardines, cancha de tenis y piscina donde las “más progres” y atrevidas hacían toples; unas “zonas comunes” con biblioteca y locales abiertos a todos, donde se realizaban actividades para niños y adultos (cine, fiestas, clases de gimnasia, jornadas deportivas, culinarias, tertulias políticas, partidas de mus… ), estaban pensadas para acoger hasta un comedor colectivo y una lavandería común, que al final nunca arrancaron. Sí lo hizo sin embargo una Escuela Infantil (lo de "guardería" era ya entonces una cosa obsoleta), en la que profesoras y profesores modernísimos con métodos educativos novedosos y pioneros en la época educaban a esos hijos de la Democracia española.

Los primeros dibujos de algunos de los que ahora cumplimos 40 años (con la Democracia) los hacíamos en cuartillas que llevaban el membrete verde del CDS. Nos las daba el abuelo “liberal”, metido a político de pueblo y convertido en seguidor acérrimo de Adolfo Suárez, que había creado ya su propio partido tras las luchas internas de UCD y la debacle de las elecciones generales de 1982, pero que era un “verdadero hombre de Estado”, “muy por encima de los comunistas” y de “los socialistas”, en opinión de aquel abuelo.

Las discusiones políticas eran algo tan cotidiano como incomprensible para esos niños y niñas, testigos perplejos de un tiempo que estaba cambiando a marchas forzadas, pero conscientes de que estaba ocurriendo algo importante y crucial. Algo, un gran deseo colectivo, que casi se vio truncado el 23 de febrero de 1981. Muchos de esos niños vieron en la tele a Tejero pegando tiros en el Congreso de los Diputados y, al mismo tiempo, a sus padres o madres salir con urgencia de casa para llegar hasta “el local”, el lugar de reunión semanal de la gente del PCE, para destruir todos los ficheros y datos que allí se encontraban. El recuerdo de casi 40 años de dictadura estaba aún muy reciente.

En las semanas previas al 28 de octubre de 1982, Madrid estaba empapelada de carteles del PSOE. Entonces también se leía: “Por el cambio”, con la cara de un jovencísimo Felipe González y el puño con la rosa. “Es la fuerza y la esperanza”, resolvía sobre la marcha un adulto a una niña que preguntaba sobre su significado en los días previos a unas elecciones que cambiarían el rumbo del país.

Se respiraba una ilusión que culminaría con el triunfo absoluto de los socialistas en las urnas. Hubo rostros felices y otros melancólicos después de aquello, pero Felipe González se convertiría definitivamente en un nombre más de la familia y, sobre todo, en una voz casi omnipresente, para bien y para mal.

OTAN NO, bases fuera

Solo cuatro años más tarde, cuando contábamos 9 ó 10 añitos, aprendimos lo que era un referéndum, con la entrada de España en la OTAN. También aprendimos lo que era perder políticamente. Las manifestaciones —“un logro más de la democracia”—para muchos de los niños de esta generación eran casi un plan más del fin de semana, como ir al Zoo o al Parque de Atracciones. Y, como siempre antes de ir se pintaban carteles con ceras, rotuladores de colores y se aprendían e inventaban eslóganes para cantar: “¡OTAN no!, ¡bases fuera!”, “¡Este referéndum, lo vamos a ganar!”. Aquella exhibición pública por las calles de la capital a algunos niñas les supuso ser contratados por agencias de publicidad para realizar anuncios y programas de televisión. Sin embargo, con los años, las manifestaciones adoptaron otro cariz menos “publicitario”.

Educados en la cultura de la protesta y la rebelión, acudíamos en masa a ejercer ese derecho democrático que tanto sacrificio supuso para nuestros padres. Colegios e institutos enteros en huelga para gritar contra la Selectividad —huelgas estudiantiles del 1987— y las propuestas educativas de ese ministro llamado Maravall (José María): “¡Contra Maravall, huelga general!”.

También nos vestimos de morado para reivindicar el aborto libre (“¡Nosotras parimos, nosotras decidimos!”), contra la Ley de supuestos de 1985, aunque entendiéramos años más tarde el porqué cuando nos tocaba acompañar a alguna amiga deshecha a la clínica Dator.

Colgamos pañuelos negros en el balcón con las lágrimas emocionadas de nuestros padres el día —19 de enero de 1986— que murió el alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, “un zoon politikón", nos explicaban, “un animal político en palabras de Aristóteles”, insistían para mayor solemnidad. Y nos pintamos la cara de negro con el símbolo de la paz en blanco para gritar contra la guerra de Bosnia en la Puerta del Sol (1991), provocando imágenes que abrieron periódicos y que algún profesor aprovechó para dar más de un mamporro a algún alumno delatado por las fotografías impresas.

Para entonces, ya habíamos sentido el miedo de los tumultos descontrolados y de la actuación de los antidisturbios. Y habíamos aprendido también el concepto eufemístico de los llamados “daños colaterales” de las contiendas bélicas. Y, por supuesto, sumábamos con consternación los sucesivos atentados de ETA --¿quién no recuerda aquellas imágenes en televisión de Irene Villa el 17 de octubre de 1991?—, y vivíamos con angustia compartida el cautiverio de Emiliano Revilla, primero, y de Ortega Lara, después. La idea de zulo se volvía obsesiva en aquellos días.

Amnistías

Nos hicimos mayores con aquel reguero de sangre. Tuvimos que escuchar a compañeros de facultad que lucían camisetas de Amnistía. Una palabra con la que también crecimos en casa de manera omnipresente y en la forma del cartel de El Abrazo de 1976 de Juan Genovés. Al parecer, traducida al lenguaje abertzale quería decir cosas como: “Aquí sobra mucha gente”, después de un brutal atentado en Madrid. Y nos tocaba responder con otras como: “¿Y vas a decidir tú quien sobra y quien no, so fascista?”. Y nos pintamos las manos de blanco para levantarlas frente a la facultad de Derecho donde un pistolero le descerrajó tres tiros a bocajarro al profesor Francisco Tomás y Valiente en su despacho el 14 de febrero de 1996.

A menos de un mes de unas nuevas elecciones, tras 14 años de gobiernos socialistas, sentíamos cierto protagonismo porque para muchos eran las primeras en las que podríamos ejercer nuestro derecho al voto. Los nuevos votantes —y el voto joven en general— , se decía, podían tener un papel crucial en esta convocatoria. Los catalanes, encarnados por Jordi Pujol en Convergencia i Unió, habían provocado un adelanto electoral al romper el pacto de legislatura e impedir que Felipe González —en su cuarto mandato— pudiese aprobar los presupuestos de ese año. Los GAL, “el terrorismo de Estado”, ya nos sonaba a más que un hecho probado y la corrupción hacía mella en las filas y la militancia del PSOE, y en el propio González al que comenzaba a verse extenuado.

Escuchábamos de nuevo la palabra “cambio” pronunciada hasta la saciedad por un Partido Popular teñido de azul que llevaba años tratando de abrirse hueco en el centro huyendo a marchas forzadas de su pasado, y dejando atrás la Alianza Popular con los colores de la bandera española de Manuel Fraga, a quien ya veíamos como un dinosaurio político.

El "cambio"

El domingo 3 de marzo de 1996, un día que anunciaba la primavera, teníamos la primera cita electoral de nuestra vida. Miles de "nuevos jóvenes" podíamos acudir a depositar nuestra papeleta en las urnas y muchos lo hicimos. Hubo cambio. Ganaron por los pelos los populares de José María Aznar, que tuvo que negociar de nuevo con los nacionalistas catalanes y canarios. Y la Izquierda Unida con Julio Anguita. “el califa”, logró sus máximos históricos en escaños.

El país cambiaba y se aburguesaba. O al revés. La gente, también los sindicalistas, empezaron a irse de la cooperativa. Se compraron chalets y se mudaron. Muchos de nuestros padres se acomodaron progresivamente. En el garaje, en lugar de un Dos caballos había un BMW.

Nuevos moradores llegaron y el “espíritu de la cooperativa” quedó cercado --aparte de por decenas de urbanizaciones de adosados colindantes--, por unas vallas que nunca habían existido. Accesos que siempre fueron libres y compartidos, se hicieron restringidos en pro de una seguridad que nadie antes había echado en falta. Lo abierto se hizo cerrado. Carteles de “prohibido” proliferaron por los jardines. La guardería cambio de manos y de concepto educativo. Los locales de las “zonas comunes” se alquilaron. Lo espontáneo se convirtió en pautado: estrictos horarios, solicitud de permisos, burocracia…

Aquello no era más que el reflejo de un país que después del baby boom viviría otro boom, pero inmobiliario, que desembocaría en una crisis asoladora. Después, muchos --de nuestra generación y de otras posteriores y anteriores-- se quedarían en la estacada, sin trabajo o con trabajos precarios, y de poco servirían los dobles y triples idiomas y los masters que suplieron las carencias arrastradas desde una universidad también precaria.

Nuestro padres verían atónitos y furiosos como se recortaban los derechos "por los que tanto habían luchado". El estallido de la burbuja inmobiliaria, preludio de una crisis económica de dimensiones inimaginables y desconocidas para casi todos, descorcharía una densa espuma de corrupción política e institucional que llega hasta nuestros días. El llamado Estado de Bienestar parecía desmoronarse. Nuevos valores económicos se imponían en las políticas gobernadas por "los mercados". Se incorporaba a la familia la prima de riesgo.

Los brutales atentandos del 11 de marzo de 2004 en Madrid no vaticinaban ese feo panorama, pero sí otro: el de la amenaza del terrorismo islamista y el de un nuevo orden mundial en el que habría que empezar a elegir entre libertad y seguridad.

Aunque cualquiera recordara donde se encontraba aquel 11 de septiembre de 2001 en el que varios aviones chocaron contra las Torres Gemelas de Nueva york, el 11-M y sus 193 muertos nos mostraría de cerca la cara mas brutal del terrorismo. Posiblemente serán aquellos los días que más cerca estuvimos de la guerra en nuestros 40 años historia, pese a haber nacido en un país en el que nuestros abuelos vivieron una Guerra Civil.

"No a la guerra"

De pronto, el frente de batalla, estaba en la estación de Atocha. Aquellas bombas volvieron a sacarnos a muchos a la calle para decir "No a la guerra". Y dinamitaron al gobierno de Aznar que, pese a decir inicialmente que había sido ETA, perdió las elecciones celebradas días más tarde. Al igual que les sucedería después a sus belicosos socios George W.Bush y Tony Blair, que recientemente ha pedido perdón. Los socialistas recuperaban así el poder con un candidato joven con mucho talante: José Luis Rodríguez Zapatero.

Vimos a nuestros amigos gays casarse, y cómo finalmente se establecía una ley de plazos para interrumpir los embarazos no deseados. Además dejamos de fumar en los bares y algunos hasta perdimos todos los puntos del carné. Y fuimos testigos de otro momento histórico, cuando ETA --bastante diezmada y descolocada ante las nuevas formas de terrorismo-- anunció el 20 de octubre de 2011 el cese de la violencia, aunque siguiese encapuchada y armada. 

No bastó. La crisis económica arrasó incluso a un gobierno que quería pasar a la historia por sus logros sociales. A muchos nos pareció ver la imagen de un presidente que volvía con las cabeza gacha después de conversar con Angela Merkel en Alemania. Quiso convencernos de que no había otra opción que "recortar". Pero no lo hizo: ganó las siguientes elecciones --el 20 de  noviembre de 2011-- Mariano Rajoy, que recortaría mucho más.

Pero antes asistimos a un hecho insólito e inesperado, que ha determinado el devenir sociopolítico del país hasta hablarse de una "segunda Transición". La gente desencantada e indignada, de 40 años, de 50, de 60 y de 70, pero sobre todo de 30, y de 20, se lanzaba a las calles con un grito unánime: "No nos representan", que se convertiría en el emblema de un periodo.

"Sí se puede"

El 15 de mayo de 2011, el llamado 15-M, fuimos testigos de una histórica reivindicación del sentimiento de ciudadanía. Las cosas iban tan mal que la gente prefería hacerse cargo, responsabilizarse: "¡Sí se puede!". La democracia, tal y como se venía practicando durante 40 años, también entraba en crisis. Surgían nuevos partidos políticos, el bipartidismo clásico se difuminaba.

Llegamos así a estos días, en los que una democracia que roza la madurez, que emergió de una Amnistía, que parió una Constitución en 1978, que derrotó al terrorismo etarra, tiene ahora que demostrar su solidez y fortaleza ante nuevos desafíos: sociales, económicos, independentistas, yihadistas. Y mientras, algunos hijos de aquellos que crearon “la cooperativa” ocupan ahora con sus propios hijos las casas que sus padres levantaron y que luego dejaron. Aquel "espíritu", en cierto modo, sigue vivo.