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sanidad pública

“O como o tomo las pastillas, me dijo mi paciente”

Un cardiólogo cuenta cómo su paciente tuvo dos infartos por no poder pagar la medicación

Maximiliano Diego, cardiólogo del hospital de Salamanca.
Maximiliano Diego, cardiólogo del hospital de Salamanca.

“Pacientes que confiesan en consulta que no toman los medicamentos tenemos muchos”, dice Maximiliano Diego, cardiólogo del Hospital Universitario de Salamanca. Pero hubo uno, hace algo más de un año, que le llevó a denunciar públicamente una situación que considera “dramática”. Un hombre de unos 55 años llegó al hospital con un infarto agudo. Era el tercero. Los médicos no entendían por qué el stent (una especie de muelle que corrige el estrechamiento de las arterias) que le habían implantado meses antes se había trombosado. “Empezamos a preguntarle y se le escaparon las lágrimas. Confesó que no se estaba tomando la medicación. O como o me tomo las pastillas, dijo. Fue muy dramático”, recuerda Diego.

El hombre, casado y con un hijo, cobraba un subsidio de 420 euros. La decena de fármacos que tenía recetados —era diabético, hipertenso, obeso, tenía depresión, colesterol alto...—, costaban casi 100 euros al mes. “Este hombre se estaba gastando una cuarta parte de sus ingresos en pastillas. Dejó los fármacos más caros, como un antiagregante que las guías clínicas indican que se debe tomar durante el primer año tras un infarto”, relata Diego. Es el que se usa después de una angioplastia primaria, y en su caso, no estaba indicado el genérico, añade.

“La primera vez no nos lo dijo”, lamenta Diego. Se refiere a cuando el paciente, meses después del primer infarto, volvió con una oclusión aguda del stent. “Lo primero que pensamos es que tenía resistencia al fármaco antiagregante. Le cambiamos a otro más moderno. Pero claro, no sabíamos que era porque no se lo estaba tomando”. A los 10 meses, otra vez en el hospital con un tercer infarto. “No entendíamos qué pasaba. Hasta que se echó a llorar”. “Este hombre ha perdido años de vida y lo ha pasado muy mal. Un infarto no se cura. Las lesiones quedan ahí”.

La indignación llevó a Diego a contar el caso en una carta abierta a una publicación sanitaria. “Era el quinto paciente en pocos meses que admitía no poder pagar los fármacos”. Después ha habido más, añade. “Se comenta en las sesiones clínicas como algo normal. Parece que nos hemos acostumbrado”, dice. “Y no lo puedo afirmar con datos, pero estoy seguro de que hay pacientes que han abandonado la medicación que han fallecido. Hay un porcentaje de infartados que mueren antes de llegar al hospital, y alguno podría estar en ese caso”.

Un stent como los que los cardiólogos de Salamanca implantaron al hombre de los tres infartos cuesta 1.200 euros de media. Y eso sin contar la asistencia en urgencias, en la sala de hemodinámica, las pruebas... El dato lo da el propio Diego para argumentar por qué la reforma sanitaria “no ha ahorrado nada, sino todo lo contrario”. “Es ideológico”, sentencia. Con sus compañeros, habló con el laboratorio que produce los fármacos más caros y consiguieron que se los dieran gratis. Cree que el paciente está bien.

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