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COLUMNA

Máster en aznarismo

Aznar presenta al público a su último vástago político, el Instituto Atlántico de Gobierno

Ana Botella y José María Aznar, el lunes. Ampliar foto
Ana Botella y José María Aznar, el lunes. EFE

Terno negro, corbata negra sobre almidonada camisa blanca, atusada pelambrera ala de cuervo. Aznar se presentó en la Casa de América con toda la pompa y circunstancia que acarrea de serie más toda la solemnidad indumentaria de las grandísimas ocasiones. No era para menos. Presentaba al público a su último vástago político y, casi, según quiso enfatizar él mismo, biológico. A la niña de sus ojos, con permiso de su hija Ana. Su Opus Magnum, con permiso de sus ocho años al timón del Gobierno de España. El acto fundacional de su propia escuela de líderes, dirigentes y gobernantes: el Instituto Atlántico de Gobierno. Un máster que, pontificó, pretende ser el “alma máter” de un “grupo especial” de jerarcas globales que piensen, debatan y actúen “en los mismos términos”. Los suyos y los de los suyos.

Aznar dejó claro que, mientras Mariano Rajoy le reprocha crípticamente “confundir la política con el sermón de la montaña”, está seguro de que habrá quien está dispuesto a pagar entre 1.500 y 18.000 euros para tener privilegiado acceso a lo mejor de sus homilías y la impagable posibilidad de instruirse a su imagen y semejanza. Eso es lo que cuestan, respectivamente, el curso de fin de semana, y el máster de un año que el Instituto comenzará a impartir en septiembre y cuya primera promoción está llamada a erigirse, según su fundador, en la pomada de la pomada de los gestores públicos —y privados— a este y al otro lado del Atlántico de sus obsesiones. De él y de los suyos, ya se ha dicho.

Seguro que habrá quien está dispuesto a pagar entre 1.500 y 18.000 euros para tener privilegiado acceso a lo mejor de sus homilías

El claustro de profesores, colaboradores y miembros del Consejo Académico y Social parecen sacados, de hecho, de su agenda personal. Desde el Premio Nobel Mario Vargas Llosa, padrino de honor del bautizo de la criatura, hasta César Alierta, presidente de Telefónica, presente también en la ceremonia, hasta el exsindicalista José María Fidalgo, pasando por ministros, presidentes, empresarios e intelectuales variopintos. Personalidades más o menos afines al aznarismo, pero que, desde luego, no parecen sospechosos de “manifiestar inequívoca animadversión al ideario” del nuevo think-tank, única condición de admisión que puso Aznar a los aspirantes a formar parte de esa nueva camada de prebostes mundiales criada a sus pechos.

De momento, y hasta que se formalice la matrícula, la legendaria capacidad de convocatoria de Aznar se manifestó en su esplendor, dejando pequeño un auditorio de más de mil personas sin nada mejor que hacer a las doce y media de un lunes que asistir al nacimiento de una nueva cantera de élites. A codazo limpio se hicieron hueco algunos señores y señoras enjaretados como para ir a misa que se confiaron demasiado a esa hora tonta entre el desayuno y el aperitivo. El orgulloso padre de la criatura llegó con su señora esposa y alcaldesa de Madrid, Ana Botella, muy ufana y bien atalajada con un abrigo rosa chicle. De fresa, por supuesto.

El claustro de profesores, colaboradores y miembros del Consejo Académico y Social parecen sacados de su agenda personal

A su lado, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría pasaba desapercibida para las masas, aunque iba de rojo lo suficientemente encendido como para que se la viera de lejos, quizá porque era eso lo que buscaba. Los defenestrados exministros Ana Mato y Alberto Ruiz-Gallardón y los aznaristas habituales, con Ignacio Astarloa y Eduardo Zaplana a la cabeza, pasaban, pobres, ante las cámaras sin que nadie tuviera la bondad de hacerles el menor caso. Esperanza Aguirre, sin embargo, se dejaba querer a conciencia por los focos. Para eso había ido. La pelota de la candidatura al Ayuntamiento de la capital no está en su tejado, había dicho. Pero, por si acaso, había que acercarse a hacerle la ídem al líder eterno de sus siglas. Por cierto que Esperanza vestía la misma rutilante chaqueta de pedrería de Zara con la que también se ha visto a Cristina Cifuentes, delegada del Gobierno en Madrid, y presunta rival en la presunta carrera a la presunta alcaldía. De Cifuentes, ni rastro. Seguro que Aznar tomó nota.

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