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Desolación en la Conferencia Episcopal

Los obispos viven en estado de 'shock' el caso de los sacerdotes pederastas de Granada

El arzobispo de Granada, Francisco Javier Martínez, a la salida de la reunión de la Asamblea Plenaria de los obispos, ayer en Madrid. Ampliar foto
El arzobispo de Granada, Francisco Javier Martínez, a la salida de la reunión de la Asamblea Plenaria de los obispos, ayer en Madrid. EFE

Desolación e incredulidad. Los obispos que asisten a la plenaria de otoño de la Conferencia Episcopal viven en estado de shock el caso de los sacerdotes pederastas de Granada. El silencio es total, y la apariencia, de normalidad. Si alguno habla con periodistas, es a condición de que se extreme la confidencialidad. Nada de nombres. Ayer se incorporó a la asamblea el arzobispo de Granada cuando ya se había iniciado la sesión de la mañana, y el orden del día siguió como si hubiera entrado en el salón de plenos un conserje.

La plenaria episcopal —2 cardenales, 14 arzobispos, 53 obispos diocesanos y 11 auxiliares, además de los eméritos, que pueden asistir con voz pero sin voto: otros 5 cardenales, 4 arzobispos, 19 diocesanos y 2 auxiliares— mantiene inalterable el orden del día, sin que esté previsto hablar del “cráter de Granada”, en palabras de un arzobispo. Si analizan lo sucedido y piden que su colega de Granada les informe (¿cómo imaginar que no lo van a hacer?), será sin que se sepa fuera. Hasta ahora, el único comunicado oficial es para anunciar que el cardenal Antonio Cañizares, flamante arzobispo de Valencia, ha sido elegido miembro de su selecto Comité Ejecutivo (siete miembros), en sustitución del también cardenal Rouco, emérito desde agosto. Habrá que esperar a mañana, a la habitual conferencia de prensa en la que el portavoz episcopal, José María Gil Tamayo, del Opus Dei, da cuenta de los trabajos de la semana. Poco se sabe del joven denunciante, pero sí que es profesor en un colegio de esa poderosa organización.

Los delitos que se investigan en Granada hacen añicos el nombre de la Iglesia romana en España cuando sus prelados están ultimando, precisamente esta semana, un severo documento sobre la inmoralidad reinante en la sociedad española. No son pocos los que sostienen todavía la esperanza de que todo sea un cuento de la prensa para desprestigiar a su confesión, tan perseguida según algunos prelados. El arzobispo de Granada sostuvo esa idea incluso después de haber hablado casi tres horas con el joven denunciante. Solo una llamada del Papa al arzobispado le ha hecho apearse de tales prejuicios. Pese a todo, ayer declaró: “Si es que esto es verdad, lo vivo con dolor tremendo. Es la herida más grande que puede suceder, que alguien que ha decidido la misión de cuidar de las personas, pueda abusar de la confianza, repito, si es que eso ha sucedido”.

Si es que esto es verdad, lo vivo con dolor tremendo. Es la herida más grande que hay

Arzobispo de Granada

Es una argumentación clásica. Se conoce en la literatura eclesiástica como “la razón de la Iglesia”. En el pasado, era regla estricta: “El bien de la Iglesia está por encima de todo”. La sociedad perfecta la forman seres perfectos, escogidos por la gracia de Dios. El hombre es un ser empecatado (san Agustín dixit), menos los consagrados a Cristo. Eso explica que el arzobispo Martínez no tenga ningún sentido de culpa (se siente, incluso, una víctima), pese a haber cometido, al menos, un pecado in vigilando (por no hablar de delito, todavía): la responsabilidad civil de quien, siendo responsable del comportamiento de otras personas, no cumple con su deber de vigilancia, explícito en el Derecho vigente.

En esa idea, cabría dar por cerrada la brillante carrera del prelado de Granada, que ya era obispo a los 37 años. Martínez parecía asumirlo ayer. Ya ha sido llamado a Roma. Su vida y su renuncia no son suyas sino “del Señor, a través de la Iglesia y del Santo Padre”, dijo. Francisco, que ha hablado dos veces, por teléfono, con el joven denunciante, ni siquiera ha llamado a su arzobispo una sola vez.

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