En la frontera sur de la ‘yihad’

114 militares españoles participan en la misión de la Unión Europea en Malí Cuatro batallones malienses han sido ya instruidos para combatir a Al Qaeda

Un militar español instruye a soldados malienses de una unidad de operaciones especiales en Kuliloro.
Un militar español instruye a soldados malienses de una unidad de operaciones especiales en Kuliloro. IÑAKI GÓMEZ (MINISTERIO DE DEFENSA)

De forma progresiva y casi imperceptible, mientras se retiraba de Afganistán (donde solo quedan 375 de los 1.500 militares que había hace un año), el Ejército español ha ido extendiendo su presencia en el África subsahariana. Ya tiene militares en Yibuti, Somalia, Malí y Senegal. Aún no son muchos, unos 300 en total, pero van en aumento y en marzo se les sumarán otros 135 (110 soldados y 25 guardias civiles) en apoyo a la intervención en la República Centroafricana (RCA). La secuencia suele ser casi siempre la misma: Francia lanza in extremis una operación militar en una antigua colonia africana (Serval en Malí, Sangaris en la RCA) y España acaba atendiendo la petición de solidaridad de su aliado, aunque sea arrastrando los pies.

Y sin embargo, lo que España se juega en el Sahel —una región de horizontes infinitos donde la arena del Sahara borra las fronteras— es mucho más de lo que arriesgaba en Afganistán. A fin de cuentas, Herat está a más de 5.000 kilómetros de la Península, pero solo hay 800 de Fuerteventura al límite noroccidental de Mali. “Trabajamos en beneficio de la seguridad de España. El Sahel es nuestra frontera adelantada. Si no resolvemos los problemas aquí, nos acabarán salpicando más pronto que tarde”, afirma el teniente coronel José Manuel Vivas, jefe del contingente español en Bamako.

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En la base de Kulikoro —a 60 kilómetros de la capital maliense, por una carretera plagada de socavones que se tarda casi dos horas en recorrer— no hay rastro de las medidas de protección habituales en Afganistán o Líbano. Ni merlones de hormigón dispuestos en zigzag que frenen a un vehículo suicida, ni cámaras perimetrales, ni sacos terreros. ¿Para qué, si los vecinos entran y salen sin control? La misión europea (EUTM Malí) es huésped de la Escuela Interarmas del Ejército maliense y este fía su seguridad a los chivatazos de la población local, a la que no pasaría desapercibido un foráneo. Pero esta tranquilidad puede esfumarse en cualquier momento, como demuestra la alerta de atentado —finalmente falsa— lanzada a principios de febrero.

¿Por qué no voy a vengarme?

Una hora a la semana, Cynthia Petrigh, experta en derecho internacional humanitario, da clase a los militares malienses. No les enseña las convenciones de Ginebra, sino que les pone ante situaciones concretas. En la primera sesión les explicó que no podían matar o torturar a los prisioneros. “¿Por qué no voy a vengarme?”, le interpeló un alumno, más sorprendido que indignado. Al cabo de siete clases, el clima parece haber mejorado. ¿Qué haríais si capturáseis a un niño-soldado? “Protegerlo y llevarlo a la gendarmería”, responde uno. “Lo antes posible”, apostilla otro. En un país donde el 80% de las mujeres sufre la ablación, Petrigh no habla de ella a su auditorio masculino. “Ese es asunto de las ONG”, se excusa. Ni siquiera el Ejército español lo debe tener muy claro, a la vista del manual de área entregado a los soldados, en el que la mutilación genital femenina se homologa a la circuncisión y se incluye entre los “ritos de iniciación”. Pero es un crimen.

La guerra se libra a cientos de kilómetros, más allá de Mopti, en el centro del país, cuyo límite no pueden sobrepasar bajo ninguna circunstancia los 560 militares de 23 países que engrosan la misión de la UE. “El norte está fuera del control del Gobierno”, advierte un diplomático occidental. Allí operan la MINUSMA (que debería tener 12.000 cascos azules, aunque solo ha cubierto la mitad) y los 2.300 soldados franceses que quedan de los 4.000 que desembarcaron en enero de 2013 para frenar el avance yihadista. “La situación es estable, pero frágil”, sostiene el coronel francés Eric Lendroit. “No sabemos qué pasa en el norte”, admite un oficial español. “Solo lo que nos cuentan. Y nos cuentan lo que les interesa”.

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Al norte irán a combatir los Grupos Tácticos Interarmas (GTIA) instruidos por la misión europea. En el primer mandato de la EUTM, que acaba en mayo, se han formado cuatro de estos batallones, con 720 soldados cada uno, pero ya está previsto que la misión se prorrogue otros 24 meses, para formar a cuatro más. La instrucción dura 10 semanas y su campaña en el norte se prolonga nueve meses, con un sueldo mensual de 167 euros. Luego volverán al sur, de donde procede el grueso de los reclutas.

Consciente de lo sucinto de su instrucción, la UE quiere reentrenar a los batallones ya formados, para lo que creará equipos móviles que se desplacen a sus guarniciones; pero debe ser muy cuidadosa, pues el contingente europeo carece de helicópteros propios —ha alquilado dos a una compañía sudafricana— y no pueden alejarse a más de una hora de vuelo del hospital de campaña.

España, con 114 militares, es el país que más efectivos aporta a la EUTM, empatada con Francia. Unos 80 soldados con 20 blindados Lince forman, junto a otros tantos belgas, la compañía de protección de la base, que también hace misiones de escolta y actúa como fuerza de reacción. Además, 22 instructores enseñan operaciones especiales y manejo de artillería o morteros.

No es fácil explicar topografía o el uso del goniómetro —instrumento para medir ángulos— a alumnos que apenas sabían sumar y restar, reconoce la teniente Almudena Viedma, pero con los más despiertos ha creado un Centro Director de Fuego que —en contra de lo habitual en muchos ejércitos africanos— no se limita a disparar a ciegas los cohetes rusos Grad.

Un soldado maliense hace cálculos de tiro.
Un soldado maliense hace cálculos de tiro.IÑAKI GÓMEZ (MINISTERIO DE DEFENSA)

Su superior, el capitán David Ferreras, asegura que los militares malienses están “a años luz” de los afganos, tanto en actitud como en disciplina. La clave: “Nosotros tenemos ganas de enseñar y ellos tienen ganas de aprender”. Pero, advierte, “incluso si logramos que esta batería funcione y que también lo haga todo el batallón, solo será un grano de arena en el desierto”.

A fin de cuentas, el Ejército maliense huyó en desbandada cuando los yihadistas (AQMI, MUYAO y Ansar Dine) lanzaron su arrolladora ofensiva. “El problema fue la falta de organización. No había cadena de mando y los soldados se pasaban el día en el cuartel, sin hacer instrucción”, explica un mando español.

La UE ha debido frenar el entusiasmo de las nuevas autoridades de Bamako por reforzar el Ejército, recelosa de que pongan en pie una maquinaria bélica que no puedan mantener. La hipertrofia militar sería peligrosa si no se acompaña del desarrollo del Estado (infraestructuras, educación, sanidad), porque lo que más falta en el norte no son tropas sino prosperidad y un acuerdo de reconcilición que aún está por negociar. Ese es el caldo de cultivo para el yihadismo, pero también para las redes de narcotráfico e inmigración ilegal.

Sobre la firma

Miguel González

Responsable de la información sobre diplomacia y política de defensa, Casa del Rey y Vox en EL PAÍS. Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) en 1982. Trabajó también en El Noticiero Universal, La Vanguardia y El Periódico de Cataluña. Experto en aprender.

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