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DEBATE DEL ESTADO DE LA NACIÓN 2014 ANÁLISIS i

La enorme ventaja de estar en La Moncloa

Rajoy busca recuperar a su electorado con el mensaje de que lo peor pasó y valió la pena

En el peor momento de los últimos meses, cuando Mariano Rajoy estaba hundido por el escándalo del caso Bárcenas y los desastrosos datos económicos, los más cercanos al presidente insistían en que estaba tranquilo. “Tiene tres cosas a su favor”, repetían. “Es el político con más aguante, no hay manera de tumbarlo. Por otro lado, tiene el tiempo a su favor, no hay elecciones de verdad hasta 2015. Y, por último, está en La Moncloa, y eso, cualquiera que esté en política lo sabe, es una enorme ventaja”, repetían. Muchos recuerdan la famosa frase de Andreotti: “El poder desgasta, sobre todo al que no lo tiene”. Rajoy, como antes hizo Zapatero cuando venía al debate a anunciar el cheque bebé, ha aprovechado esa enorme ventaja que da el poder, el control del Presupuesto y del Boletín Oficial del Estado, para marcar el debate con sus promesas de bajadas de impuestos y de cotizaciones. Faltan muchísimos detalles, y ahí estará la clave, pero los debates se ganan o se pierden por otras cosas, por sensaciones.

El presidente ha colocado el debate en el escenario que quería: la economía, la mejoría, la bajada de impuestos. Aunque para ello haya tenido que hacer casi una abstracción de la realidad. Dicen los suyos que Rajoy está feliz, que digan lo que digan las encuestas –que le siguen dando hundido y prevén, incluso las que maneja Pedro Arriola, que puede perder las europeas- él está convencido de que todo va a ir a mejor poco a poco y eso es suficiente para poner en marcha la poderosa maquinaria de comunicación que tiene un Gobierno y un partido, el PP, que ha dado muestras en el pasado de saber vender una idea simple como aquel “España va bien” que hizo a Aznar lograr una inesperada mayoría absoluta en 2000.

Rajoy sabe que una buena parte de la sociedad, la que sufre el paro, la que sufre los recortes en sanidad, educación o servicios sociales, la que vive de cerca la realidad de la crisis, escucha indignada su visión optimista. “Para los que esperan un puesto de trabajo, puede que les cueste apreciarlo, pero es una gran noticia que ya no estemos estancados, que no caminemos hacia la ruina”, admitió. Pero no es esa parte de la sociedad la que electoralmente le preocupa. Esos difícilmente le votarán después de lo que han sufrido y están sufriendo. Rajoy ya está en modo electoral y está pensando en otros, en sus votantes, en los que le dieron la mayoría absoluta. Y a esos les tiene que dar esa visión optimista, esa idea de que todo ha valido la pena. “Se palpan los resultados, se confirma el acierto de las medidas adoptadas, y encuentran justificación los sacrificios”. Los suyos tenían tantas ganas de buenas noticias que incluso le aplaudían antes de que acabara de detallar las medidas de bajadas de impuestos.

Y esa es tal vez la clave política del discurso. Obviar la parte negativa de la realidad, salvo algunas menciones obvias a los parados, para convencer a sus votantes de que todo tenía sentido. Rajoy, que ha improvisado constantemente, que ha hecho lo contrario de lo que iba prometiendo en varias ocasiones, que ha cometido errores importantes admitidos incluso en privado como el retraso del proceso de la nacionalización de Bankia, asegura ahora que todo estaba perfectamente diseñado y no ha habido ningún error. “Nada ha sido por casualidad. Hicimos un diagnóstico certero. Sin disimulos ni paliativos. No nos hemos dejado nada fundamental en el tintero de las medidas para el empleo”.

Rajoy no ha esbozado ni siquiera un ápice de autocrítica. No ha llegado a lo que dijo la semana pasada en el Senado: “Cuando yo llegué, nadie daba un duro por nosotros”. Pero ese era el mensaje al arranque del discurso con la lectura de titulares dramáticos de 2012. Todo era una reivindicación de sí mismo. Todo se ha hecho bien. Mientras su ministro de Economía, Luis de Guindos, más sincero, admite en Bruselas que la política de recortes en Europa ha funcionado pero que la política de estímulos de EE UU, por ejemplo, Rajoy no admite un solo error. Todo ha sido perfecto. Él suele decir cuando le preguntan por qué no hace autocrítica que "para eso ya hay muchos voluntarios". Como le critican, él no lo va a hacer.

Rajoy se siente fuerte, y precisamente da muestras de esa fortaleza que se anime a hablar de corrupción, aunque por supuesto sin citar nunca a Luis Bárcenas, como hizo el año pasado, con gran tranquilidad, como si él fuera el gran adalid de la transparencia. Su mejor defensa en este caso es darle la vuelta al discurso. “Ante las sombras, transparencia”, asegura quien ni siquiera ha querido explicar por qué envió un mensaje de apoyo a su extesorero cuando ya se sabía que tenía millones de euros en Suiza. Y lo ha podido hacer, sorprendentemente, sin que se armara un gran escándalo en la Cámara, lo que da muestras de que el caso Bárcenas va remitiendo al menos en su coste político, porque hace unos meses Rajoy no podría haber dicho esto sin que la bancada de la oposición le lanzara un sonoro abucheo.

Y también pensando en su electorado, ese al que tiene tan enfadado, Rajoy ha reservado el final de su intervención para un discurso patriótico de defensa de la unidad nacional que ha logrado una ovación, la mayor de todas, de los diputados del PP. “No nos hemos inventado la unidad en una semana. Los españoles formamos parte de la misma nación desde hace siglos. Juntos estamos mejor”. Rajoy casi ha emocionado a los suyos al defender la unidad: “Por eso queremos un país unido, para honrar nuestra historia y para garantizar nuestro futuro”. Como es habitual en él, los problemas en su discurso no son tales, los conflictos se obvian si se pueden, y lo más importante es recuperar la conexión con su electorado. Pero aún queda mucho debate por delante.

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