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"Si nos están echando, habrá que irse"

"Basta ya de culpar al joven que vive con sus padres a los treinta, al estudiante que revindica sus derechos o a los estudiantes y trabajadores que deciden irse fuera de nuestro país"

Buenos días,

Mi nombre es Beatriz García Marcos, tengo 27 años y actualmente soy estudiante de grado en lengua y literatura españolas en la UNED... para mi desgracia.

Un estudiante en España, ya sea de mi misma generación como de las posteriores, se ha visto sometido a un mínimo de dos a tres cambios educativos (coincidiendo con los cambios de gobierno o ministro de educación, o bien ajustándose a las nuevas medidas europeas) a lo largo de su educación obligatoria y/o entrada al bachillerato o grados superiores. Una vez que el estudiante ha normalizado dentro de sí esta situación, decide tomar una decisión que cree acertada para su futuro: hacer una carrera.

Con la ilusión y el ánimo de poder llevar a cabo este proyecto, y convertirse en un profesional cualificado, ingresa en una de las tantas universidades españolas, valorando previamente cuáles son aquellas que le ofrecen mejores posibilidades. Revisa notas de corte, opiniones acerca de dichas universidades, y un sin fin de papeleos que finalmente le llevan a la puerta del edificio donde se cumplirán todos sus sueños. Pero llega la tragedia: debe trabajar.

En generaciones anteriores, el hecho de tener que trabajar y estudiar era casi una rareza o algo destinado a estudiantes de familias con pocos recursos económicos. Pero, actualmente, es una opción cada vez más atractiva para todos aquellos jóvenes que no quieren formar parte del grupo de “los treintañeros que viven con sus padres esperando comenzar su vida algún día desde el nido”, y que deciden, o se ven obligados por circunstancias personales, a ser independiente. Y aquí comienza todo...

Tras luchar y sostenerse en un sistema económico en declive mediante trabajos poco remunerados, dobles trabajos, cambios de ciudad, de piso e, incluso, de actitud dadas las circunstancias, consigue sacar a flote varios años de su carrera seleccionada, con orgullo y satisfacción personal. Pero poco le había de durar al estudiante-trabajador español esa autocomplacencia: aparece el plan de estudios denominado como Bolonia.

Tras un sin fin de explicaciones acerca de lo acertado de este nuevo cambio (no olvidemos que ya nos encontramos sobre el tercero o cuarto de la vida estudiantil del alumno), y sin que le vea demasiada coherencia a todo aquello, el estudiante-trabajador se ve OBLIGADO a cambiar a dicho plan porque, como es evidente, trabajar y estudiar lleva implícito que, en muchas ocasiones, no se puedan llevar las asignaturas a curso por año.

Y allá va él, preparado nuevamente a comerse el mundo en un sistema educativo más potente, más europeo y con mayores posibilidades de convalidación europea. En teoría... Ya que a lo que se enfrenta en la realidad es a un sistema que le oferta, de manera obligatoria: clases por la mañana, clases por la tarde, el doble de asignaturas (dado el despliegue de cada una de las de la licenciatura), profesores que no abarcan la cantidad de trabajo, asistencia necesaria para aprobar, y un sin fin de delicias que hacen de tu primer proyecto universitario un infierno estudiantil.

Por supuesto, valoras que no puedes hacer frente a dichas exigencias y horarios si quieres sobrevivir y seguir trabajando para ello, y como no puedes hacer otra cosa porque has optado firmemente por terminar tus estudios universitarios, decides matricularte en la UNED, la tierra prometida para los estudiantes trabajadores.

Y allí, como cabía esperar, coincides con una fiesta en la que cae confeti gris de colores desde el cielo de tu ordenador que te amenizan el estudio, en forma de exigencias excesivas; profesores que no encajan sus puntos de vista sobre los criterios de evaluación; materias optativas que se convierten en obligatorias o la nota se vería seriamente afectada; un volumen de trabajo indecente para poder trabajar; bibliotecas que dejan mucho que desear; posibles tutorías presenciales solo durante la tarde o la mañana pero no ambas; y una matrícula entre 200 y 300 euros más cara que la que pagabas en la universidad presencial, sin que te expliques muy bien por qué ya que, en la nueva, tú has de comprar el material y ser tu propio profesor. (Todo esto sin añadir la maravillosa reforma educativa que puso en marcha el Ministerio de Educación español hará unos tres años, mediante la cual todo alumno que cambie de universidad deberá pagar el 20% del precio de cada una de las asignatura que, en algunos casos como en el de la presente escritora de este texto, asciende a unos 900 o 1.000 euros en un plazo máximo de un año o conllevará la anulación del traspaso de expediente).

Comienzas a ver tus nuevas calificaciones... ¿y qué encuentras? Tal y como cabía esperar, notas bajas, desacuerdos entre profesores, falta de comunicación... Y él, ese pobre estudiante y trabajador que intenta dar ejemplo de independencia en España, que sabe que se esfuerza en estudiar y llevar a cabo el término de sus estudios pese a la situación laboral, se desmoraliza y se plantea: ¿Por qué? Ni más ni menos que porque nos gusta. Dejemos a un lado las mofas deportivas sobre que "a tal o cual equipo le gusta sufrir" y admitámoslo: en España nos gusta sufrir. Y por eso seguimos aquí muchos de nosotros.

Desde este escrito, mando una reclamación que pretende ser la voz de una situación en la que se encuentran muchos jóvenes españoles sometidos por una serie de gobiernos, los mismos que más tarde se extrañan de "la fuga de cerebros" o "la falta de interés en la educación en España"

Sin redundar en los últimos hechos vividos en los institutos y entornos educativos de España, creo que basta ya de culpar al joven que vive con sus padres a los treinta, al estudiante que revindica sus derechos o a los estudiantes y trabajadores que deciden irse fuera de nuestro país.

Si nos están echando, habrá que irse. Y sin más dilación y maleta en el pensamiento, "au revoir" España. Si no deseo esto para mí, cuanto menos para mi futura descendencia.