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Flores d'Arcais: “El factor social es clave para resolver la crisis”

Primera entrega de una serie de entrevistas con intelectuales extranjeros sobre la situación política

El profesor italiano Paolo Flores d'Arcais alerta sobre el riesgo de la desconfianza en los políticos

Paolo Flores d'Arcais, en Roma en 2008.

A través de sus intervenciones públicas contra las políticas de Silvio Berlusconi y de la reflexión que estimula y alberga en las páginas de la revista Micromega, Paolo Flores d’Arcais (Udine, 1944) se ha convertido en uno de los intelectuales más escuchados en el ámbito europeo. Flores d'Arcais parte de la experiencia política italiana, sobre todo en lo referente al papel de los partidos, la separación de poderes y la influencia de los medios de comunicación. Pero busca en todo momento trascenderla, tal vez porque Italia se ha perfilado, bien como un riesgo de lo que puede suceder en otros países, bien como un síntoma de lo que ocurrirá si no se le pone remedio.

Pregunta. Los españoles votarán el 20 de noviembre en medio de una creciente desconfianza hacia la clase política.

Respuesta. Desconfianza hacia la política y desconfianza hacia los políticos de profesión y los aparatos de los partidos son dos cosas distintas. En Italia la sociedad civil se ha movilizado subrayando esta distinción, con manifestaciones como la de la plaza de San Giovanni, organizada, por así decir, entre cuatro amigos. Entre otros, Nanni Moretti y yo mismo.

P. ¿Qué tienen en común todos esos movimientos, entre los que usted suele situar, también, a los “indignados”?

Evitar el riesgo del antiparlamentarismo exige reinventar  el parlamentarismo

 

R. Son movimientos que quieren más política, no menos política, pero que, al mismo tiempo, expresan un total desprecio hacia la política oficial, convertida en profesión. Estamos ante una crisis de los partidos tradicionales que ha venido gestándose en las tres últimas décadas.

P. ¿Y cuál fue su origen?

R. Los partidos comenzaron a ser cada vez más autorreferenciales y a quedar en manos de profesionales de la política, de personas que no desarrollan a lo largo de sus vidas ningún otro trabajo, ninguna otra profesión. El interés prioritario de estas personas es la propia carrera, no la tarea de representar a los ciudadanos.

P. Eso acaba anulando las diferencias entre las opciones que representan los partidos.

R. Hace 30 años escribí un ensayo sobre este fenómeno, recurriendo a una expresión francesa. Los partidos que compiten son, como si dijéramos, Bonnet Blanc, por una parte, y Blanc Bonnet, por la otra. Desde entonces se me ha respondido que, en contra de lo que señalé, habría casos que demuestran lo contrario en Francia, en España. Italia sería un caso especial, me decían.

P. ¿Puede haber representación si no hay diferencia entre las opciones?

R. Se afirma que la democracia directa es una utopía y, al mismo tiempo, que somos los creadores de la democracia representativa. Pero luego se considera excesivo el deseo de los ciudadanos de sentirse representados. Cuando se analizan las diferencias entre los partidos, se suele prestar atención a sus programas, nunca al partido mismo en tanto que instrumento. Se trata de máquinas que funcionan por cooptación, lo que lleva a seleccionar a los mediocres. Porque solo quienes ingresan de jóvenes en esa máquina, y aceptan competir con su lógica, pueden desarrollar una carrera. Esa lógica excluye desde el principio a todos los ciudadanos que podrían participar en la política activa, pero no de forma profesional.

P. Los discursos contra los partidos y la política profesional, ¿no podrían alentar un nuevo antiparlamentarismo?

R. Si no se abordan las reformas para que la democracia parlamentaria vuelva a ser representativa, al menos de manera aproximada, entonces la respuesta de muchos ciudadanos será que el parlamento y la democracia son cosas completamente diferentes. Evitar el riesgo del antiparlamentarismo exige reinventar radicalmente el parlamentarismo. Para ello hacen falta innumerables medidas, que van desde la reforma de las leyes electorales hasta las disposiciones que impidan que la política se convierta en una actividad profesional.

P. Insiste mucho en este último punto.

R. Bastaría establecer la norma de que no se pueden ejercer más de dos mandatos. Es frecuente escuchar a los políticos profesionales que si se dedicasen a la vida privada les iría mejor, y que todo lo que hacen es por espíritu de servicio. Pues bien, tomémonos en serio esa retórica, la retórica de la política como espíritu de servicio. Hacer política, representar a los otros, gobernar debe ser un servicio público, un sacrificio que puede durar cinco, diez años, no más. Impidamos que haya ciudadanos que se sacrifiquen demasiado.

La desigualdad es la cuestión crucial. Pero ningún partido de izquierda parece haberlo asumido con claridad

P. Y luego está el problema de la financiación.

R. Pero no solo la financiación de los partidos, sino la financiación de la política. Organicé una manifestación con Nanni Moretti, y si hubiéramos querido transformar su fuerza en una lista electoral habría sido imposible. No habríamos recogido ni el 1% de los votos. Ni estábamos organizados en todo el territorio como los partidos tradicionales ni disponíamos de espacio en los medios de comunicación. Para convocar un debate público, en un teatro por ejemplo, tendríamos que haber conseguido fondos. Habría que facilitar el ingreso en la política institucional a todos los sujetos, ofreciendo instrumentos de organización y comunicación gratuitos, y, al mismo tiempo, haciendo más difícil la permanencia monopolística de los políticos profesionales.

P. ¿A todos los sujetos?

R. Marx criticaba la democracia representativa porque en ella solo vota el ciudadano abstracto, sin tomar en consideración situaciones concretas como su condición de propietario o de proletario. Esto, que era una crítica, deberíamos asumirlo como un modelo. En el momento electoral solo debería votar el ciudadano abstracto. Debería existir una separación clara, radical, entre los intereses económicos y los poderos políticos.

P. ¿Y cómo se lograría esa separación?

R. Todos los colores que quieran participar en política tienen que ser financiados en modo igual y gratuito. Pero financiados en servicios, en instrumentos, no en dinero. El dinero solo sirve para mantener los aparatos burocráticos. Si todos los colores, los movimientos, las listas electorales, tuvieran acceso gratuito a los instrumentos de comunicación, eso sería ya un gran cambio. Estamos obligados a un trabajo de imaginación institucional para dar nueva vitalidad al parlamentarismo, pero en ningún sitio se abordan estos asuntos.

P. Es frecuente que los partidos den respuestas diferentes a una misma agenda, pero la agenda misma no se pone en cuestión.

R. No pretendo minusvalorar las diferencias. La derecha en España sale a la calle con la cruz y tiene unas posiciones sobre el aborto y otros asuntos cotidianos, y Zapatero, por su parte, ha tomado decisiones que están a la vanguardia en Europa. Pero algunas cuestiones cruciales se evitan en la derecha tanto como en la izquierda. En una política hipermediatizada, hay que expresar por fuerza mensajes de optimismo. Y esto se hace a costa de negar los problemas.

P. ¿Cuáles serían esos problemas?

R. La desigualdad, esa es la cuestión crucial, ese es el problema, incluso desde el punto de vista de la eficiencia. Pero ningún partido de izquierda parece haberlo asumido con claridad.

Me preguntaron hace años por la crisis de la izquierda. ¿Qué izquierda?, respondí

P. Cuando un partido de izquierda pierde las elecciones se dice que la izquierda está en crisis, nunca cuando pierde uno de derecha.

R. Es verdad, la derecha puede perder las elecciones pero no entra en crisis. Pero no entra en crisis porque, aunque no tenga el Gobierno, continúa teniendo el poder. Todos los partidos de la izquierda europea se dicen reformistas. Pero no se puede hablar de verdadero reformismo si no se transforman las relaciones de poder y de riqueza. Me preguntaron hace años por la crisis de la izquierda. ¿Qué izquierda?, respondí. Los ciudadanos solo pueden elegir entre dos derechas, y lo normal es que prefieran la verdadera.

P. Los sondeos dan la victoria a la derecha en España. De producirse, ¿qué significado tendría a efectos europeos?

R. La crisis que estamos viviendo no se puede superar solo con más Europa, como se dice, sino con más Europa radicalmente democrática. No basta con tener un Gobierno europeo para combatir la crisis, sino que debería tratarse de un Gobierno capaz de invertir la tendencia hacia la desigualdad, que reponga y refuerce el Estado de bienestar. Los Gobiernos de derecha no asumen este objetivo.

P. Entonces, ¿no es optimista sobre el futuro de Europa?

R. No es cuestión de optimismo o pesimismo, porque son sensaciones que pueden cambiar de día en día. Padecemos una crisis que es financiera, económica y social. Este tercer aspecto, social, es el que menos se ha considerado y, sin embargo, es la clave para salir de ella. No hay partidos que acepten esta lógica, aunque deberían ser los de izquierda. Pero, en realidad, no siguen siendo de izquierda. No lo son porque están en manos de máquinas autorreferenciales para producir carreras políticas. Es verdad que, en algunos casos, la izquierda difiere de la derecha en pequeñas cosas, lo que permite a los ciudadanos elegir entre lo malo y lo peor, e, incluso, entre lo peor y lo que todavía lo es más. Existe, sin embargo, un vehemente deseo de cambio. A veces es rabia, a veces entusiasmo o indignación. Desesperación, incluso.