Agenda 2030
Tribuna
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Arrastrar a las instituciones hacia una gobernanza por y para las personas

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible todavía se pueden lograr, pero solo desde un movimiento ciudadano global

Monumento en honor al activista afroamericano Martin Luther King, en Washington DC, el pasado febrero.
Monumento en honor al activista afroamericano Martin Luther King, en Washington DC, el pasado febrero.MANDEL NGAN (AFP)

Desde el erario de la memoria colectiva se suele asociar el número 2015 al año en el que las Naciones Unidas, en un acuerdo suscrito por 193 países, decide crear la Agenda 2030. El objetivo: que los Estados firmantes tengan presente que deben poner fin a la pobreza, acabar con el hambre, garantizar la salud y el bienestar y frenar el cambio climático, entre otros objetivos. La necesidad de diseñar un programa de esas características muestra a las claras la falta de conciencia social que fue cultivando el sistema liberal capitalista, desarrollado en base a los axiomas que recoge Adam Smith en su célebre La riqueza de las Naciones.

Durante más de 300 años se ha impuesto un modelo educativo cuyo objetivo último es convertir a los ciudadanos en sujetos de consumo y producción. A ello hay que sumarle que, desde los acuerdos de Bretton Woods (que, en plena Guerra Mundial, refundaron el capitalismo), casi todos los entes nacionales y supranacionales son esclavos de las corporaciones económicas. Teniendo esto en cuenta resulta más fácil identificar al problema al que nos enfrentamos. En incontables ocasiones, los países adscritos a la Agenda 2030 realizan acciones y promueven proyectos que contradicen los compromisos que han adquirido.

A pesar de ello, se pueden lograr los Objetivos de Desarrollo Sostenible, pero desde un movimiento ciudadano global que arrastre a las instituciones hacia una gobernanza por y para las personas. De lo contrario, este proyecto va camino de convertirse en un ramillete de buenas intenciones, como sucedió con los Objetivos del Milenio fijados en el año 2000.

En cualquier caso, una de las grandes diferencias con respecto a épocas anteriores es que, por ejemplo, la ciudadanía no percibía tan intensamente los efectos del cambio climático como en la actualidad. Este pasó de ser un problema del que la comunidad científica venía alertando durante lustros a una realidad incontestable y presente en nuestro día a día. Casi nadie duda ya de que la especie humana está en grave peligro de extinción. Todavía más si seguimos alimentando un modelo productivo agotado para la mayoría y que solo interesa a unos pocos, en vez de alimentar a cada niño que fallece por desnutrición en el mundo cada cinco segundos, según informes de la ONU.

Y si este modelo productivo solo interesa a unos pocos, ¿cómo logran imponerlo a las masas? La respuesta la podemos encontrar en el famoso Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres de Jean-Jacques Rousseau: “De la extrema desigualdad de las condiciones y de las fortunas; de la diversidad de las pasiones y de los talentos; de las artes inútiles, de las artes perniciosas, de las ciencias frívolas, saldría muchedumbre de prejuicios igualmente contrarios a la razón, a la felicidad y a la virtud; veríase a los jefes fomentar, desuniéndolos, todo lo que puede debilitar a hombres unidos, todo lo que puede dar a la sociedad un aspecto de concordia aparente y sembrar un germen de discordia real, todo cuanto puede inspirar a los diferentes órdenes una desconfianza mutua y un odio recíproco por la oposición de sus derechos y de sus intereses, y fortificar por consiguiente el poder que los contiene a todos”. En definitiva, los grupos de presión que concentran la riqueza del globo están muy bien organizados y la estrategia de provocar conflictos entre millones de personas desorganizadas les facilita enormemente mantener su statu quo.

Siempre habrá personas obstinadas que porfíen en lo utópico de alcanzar las metas que perseguimos, pero contamos con la posibilidad de enfrentarnos a esas crisis generalizadas del estado de ánimo con una buena actitud

Sin embargo, contamos con bastantes casos en la historia que determinan que el pensar como especie, dejando nuestras diferencias a un lado y optando por una actitud valiente que potencie nuestros conocimientos y experiencias, actúa como antídoto para esta clase de escenarios. Martin Luther King dio buena cuenta de ello encabezando el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Y eso a pesar de que surgiesen actores sociales que insistieron en la imposibilidad de conseguir, con una lucha no violenta, el acceso pleno a la igualdad ante la ley. Siempre habrá personas obstinadas que porfíen en lo utópico de alcanzar las metas que perseguimos, pero contamos con la posibilidad de enfrentarnos a esas crisis generalizadas del estado de ánimo con una buena actitud.

El reverendo King así lo hizo, y aunó las voluntades de los más afectados por la injusticia en torno a un objetivo común, lo que permitió alcanzar un hito histórico sobreponiéndose a las ilegítimas voluntades de las élites del momento. La abolición de la esclavitud en EE UU, la liberación de la India del imperio británico encabezada por Mahatma Gandhi, el derecho al voto de la mujer o la legalización del divorcio también parecían quimeras en sus respectivas épocas. Alianzas forjadas en torno a líderes fuertes, abanderando principios loables, son las que han conquistado derechos difíciles de imaginar hace apenas unas décadas.

Esas grandes personas, alrededor de las que se agruparon las fuerzas para cambiar el mundo, enfrentaron la misma pregunta a la que se enfrenta el lector de este artículo. ¿Qué camino va a elegir usted? Porque todo se reduce a esa elección.

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