Retrato íntimo de Jartum: la guerra que aún no se ha podido contar
Después de tres años de conflicto y bajo la devastación total, los habitantes de la capital sudanesa empiezan a recuperar la calle en medio de una crisis humanitaria sin precedentes, mientras el resto del país está lejos aún de la paz

Son las 5.30 de la mañana y un grupo de hombres vestidos con jalabias blancas sale de una mezquita de El Haj Yousif, un barrio ubicado en la periferia de Jartum. Hace un año, estas calles estaban totalmente ocupadas por las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), el grupo paramilitar que hace tres años atacó la capital de Sudán y a las fuerzas gubernamentales y dio inicio a una cruenta guerra civil que ha sumido al país en la peor crisis humanitaria del planeta. Rami oye nuestras voces y sale al portal, apoya su espalda contra el muro exterior de su casa y dice: “Hace un año, esto no podríamos estar haciéndolo”. Miro a izquierda y derecha, y le pregunto qué estamos haciendo exactamente. “Esto, estar aquí, charlando en la calle”, responde.
El acceso limitado a la información sobre el terreno desde que estalló la guerra de Sudán el 15 de abril de 2023 ha llevado a que la comunidad internacional conozca básicamente el conflicto desde los datos macro. Catorce millones de desplazados, más de cuatro millones de refugiados y una cifra sin confirmar de muertos, que algunos cálculos sitúan en varios cientos de miles, son números que resultarán familiares para los que han seguido de cerca el conflicto, pese a la escasa atención mediática. Sin embargo, Sudán no puede analizarse únicamente desde ese prisma. Durante más de dos semanas en el país, he podido comprobar que esta es una guerra cuyas consecuencias en la población civil todavía no han sido contadas. Y llevará muchísimo trabajo conseguirlo, debido a la magnitud de la catástrofe.
Detrás de cada número, hay una vida. “Absolutamente nadie ha escapado al conflicto”, me decía Muntaser, un señor que conocí en el mercado de Al Arabi, una zona donde tuvo lugar uno de los combates más feroces en la capital. He recorrido la ciudad y he visto las marcas imborrables de un conflicto que la ha arrasado: cada edificio, ya sea el cuartel general del ejército, el aeropuerto, las escuelas, los edificios gubernamentales o cualquier casa de cualquier barrio residencial de la capital ha sido víctima de los combates. La voracidad de la guerra no ha respetado ni tan siquiera las mezquitas, lugares sagrados en un país de mayoría musulmana, que han sido bombardeadas y tiroteadas sin piedad. He intentado buscar destellos de resistencia, lugares donde las cicatrices de la guerra no fuesen visibles, y he fracasado en el intento. Jartum, una ciudad vibrante, en la que antes del conflicto vivían más de 10 millones de habitantes, ha quedado sumida en un silencio absoluto.

He recorrido la ciudad y he visto las marcas imborrables de un conflicto que la ha arrasado: cada edificio ha sido víctima de los combates
La guerra urbana en Jartum y sus ciudades hermanas, Omdurman y Bahri ―una de las áreas metropolitanas más grandes de África― produjo un éxodo de dimensiones sin precedentes en la historia de Sudan: el 26% del total de desplazados internos del país, según la Organización Internacional de las Migraciones, huyó de Jartum. Un estudio de mortalidad elaborado por el Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres estimó que más de 61.000 personas murieron en el Estado de Jartum entre abril de 2023 y junio de 2024, una tasa de mortalidad un 50% superior que antes de la guerra. De estas, 26.025 muertes fueron causadas por “heridas intencionales”, y ese dato representa solamente uno de los 18 Estados de Sudán y 14 meses de guerra.
De atascos matutinos a muros de hiedra
“¿Madre mía, pero esto qué es?”. Estoy en una videollamada con mi amigo sudanés y comisario de arte Rahiem Shadad, y mi móvil apunta hacia la calle donde está su galería, Downtown, en el barrio de Jartum 2. Es la primera vez que ve el barrio desde que hace tres años tuvo que huir del país, y no puede creer lo que ven sus ojos. “Ahí solíamos beber té… joder”. El tercer piso de la galería fue utilizado por francotiradores. El interior de la galería y todas sus obras han quedado enterradas bajo los escombros. Las RSF se tomaron incluso el gusto de dibujar mensajes obscenos en las paredes. Me cuenta Rahiem que solía enfadarse mucho en los atascos matutinos, que el tráfico era horrible en Jartum 2. Ahora, la hiedra coloniza las paredes sin que nadie se haga cargo: no queda un alma.
“Ahí solíamos beber té… joder”Rahiem Shadad, comisario de arte sudanés
El Museo Nacional de Sudán, una de las instituciones culturales donde se preservaba la memoria histórica de una civilización milenaria, fue utilizado por las fuerzas paramilitares como base desde donde atacaban al ejército y a los civiles. Cuando el ejército lanzó su campaña para retomar la capital en septiembre de 2024, una operación que terminó en marzo de 2025, Jamal, un trabajador del museo, fue el primero en entrar después de dos años bajo control de las RSF. El 62% de los objetos de sala principal de exposición del museo fueron saqueados: piezas de oro, jarrones, muros con inscripciones antiquísimas… La historia de un país hecha trizas.
Sin embargo, y al igual que toda una población que paulatinamente regresa a la capital, el compromiso de los sudaneses se impone frente al cataclismo que supuso la guerra. “El nafeer" [palabra que describe la solidaridad vecinal], cuenta el nafeer, por favor. Es lo que nos ha mantenido unidos. Ya no creemos en Sudán, no creemos en los políticos ni en el ejército, pero sí creemos en nosotros, en la gente. Este es el relato de la guerra del que todavía nadie ha hablado”, me dijo Bashar, un refugiado sudanés, unos meses antes de viajar a Sudan. Y eso es lo que he visto: un país destruido, sí, pero también una población que se niega a rendirse y que no acepta la derrota, sino que se reconstruye.


























































