Cuando los vecinos son presos yihadistas: la vida marcada por el miedo y el abandono en el norte de Siria

Los vecinos de Gewayran viven junto a la cárcel donde cumplen condena combatientes del Estado Islámico y que hace un año fue objeto de un ataque yihadista para tratar de liberar a los reos. El barrio es una montaña de escombros y la situación humanitaria, muy frágil un año después

Mahmoud Mustafá, taxista de 38 años, junto a las ruinas de su antiguo hogar en la parte oriental del barrio de Gewayran, en Hasaka, noreste de Siria.
Mahmoud Mustafá, taxista de 38 años, junto a las ruinas de su antiguo hogar en la parte oriental del barrio de Gewayran, en Hasaka, noreste de Siria.J. I. Mota

Los niños pequeños andan descalzos y transportan preciadas garrafas de agua por las calles embarradas y sin asfaltar del barrio de Gewayran, a las afueras de Hasaka, en el noreste de Siria, donde los habitantes padecen diariamente los efectos de más de una década de guerra. La muerte y el miedo sobrevuelan especialmente la zona oriental del distrito, donde 4.500 personas viven entre un cementerio repleto de lápidas de ‘mártires’ y la prisión de Al Sina, en la que cumplen condena varios miles de combatientes del Estado Islámico (ISIS, según sus siglas en inglés).

Las casas derruidas y los impactos de la balas en las fachadas de las casas recuerdan el horror vivido por las familias hace exactamente un año, cuando células durmientes del ISIS lanzaron un ataque contra la cárcel para intentar liberar a los excombatientes presos. Fue el mayor coletazo de violencia yihadista en Siria desde la caída de su último reducto en Baguz.

El 20 de enero de 2022, dos conductores suicidas lanzaron sus vehículos cargados de combustible y explosivos contra las puertas del penal. Cientos de los más de 3.500 yihadistas presos en aquel momento arrebataron las armas a los guardianes. Hubo algunos que se atrincheraron con rehenes dentro de la cárcel y otros huyeron a barrios cercanos, como Gewayran, donde miles de familias aterrorizadas huyeron tras el aviso de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), milicias kurdo-árabes a cargo de la seguridad de la prisión y esta zona.

Dormía en mi habitación cuando escuché gritos. Justo aquí, bajo la ventana, mataron a dos chicos. Eran de las FDS
Mohamed Ahmed al Majbu, vecino de Gewayran

Con su hijo pequeño en brazos, Aisha Abbas recuerda el pánico al ver a decenas de yihadistas irrumpir en su casa, que aún conserva en la fachada los impactos de los proyectiles. “Varios combatientes de Daesh (acrónimo en árabe del ISIS) entraron en una de las habitaciones y tuvimos que escapar porque ellos eran el blanco de las autoridades”, explica.

Diez días después, las FDS retomaron totalmente el control, con la ayuda militar estadounidense y después de intensos enfrentamientos. Al volver, muchos vecinos encontraron sus casas total o parcialmente destrozadas. Un año después, las familias no han recibido indemnizaciones, a lo sumo alguna ayuda simbólica de oenegés, y la zona sigue en alerta máxima por posibles nuevos ataques extremistas.

Extrañado por los extranjeros que deambulan por el barrio, Mohamed Ahmed al Majbu, de 38 años, se asoma por los muros de su casa, que está intentando reconstruir con la ayuda de su familia. “Dormía en mi habitación cuando escuché gritos. Justo aquí, bajo la ventana, mataron a dos chicos. Eran de las FDS”, cuenta, con gesto serio y una pasmosa frialdad. El número de bajas en las fuerzas kurdo-árabes durante los enfrentamientos llegó a 121, según fuentes oficiales, que estiman que al menos 371 excombatientes presos y yihadistas también murieron en el ataque.

Mohamed Ahmed al Majbu, de 38 años, posa frente a su casa, muy dañada por los enfrentamientos, en el distrito de Gewayran, en el noreste de Siria.
Mohamed Ahmed al Majbu, de 38 años, posa frente a su casa, muy dañada por los enfrentamientos, en el distrito de Gewayran, en el noreste de Siria.J.I.Mota

Una comisión independiente de Naciones Unidas estimó que hubo “daños en 40 edificios civiles en los barrios adyacentes a la prisión”. Fuentes oficiales calcularon una cifra aún menor, pero basta dar una vuelta por la zona para confirmar que la destrucción fue mucho más importante.

Menos de 100 euros de una ONG en un año

La miseria y la impotencia se repite en la mayoría de las conversaciones de los vecinos de esta zona de Gewayran. Mahmud Mustafá, un taxista de 38 años, encontró su hogar convertido en una montaña de escombros y ahora vive con su esposa e hijos en una casa alquilada. En un año asegura haber recibido únicamente 100 dólares (94 euros) de una oenegé. “Toda la zona se ha visto muy afectada tras la infiltración de Daesh”, explica.

Es también el caso de Ahmed Ayad Mustafá, un antiguo conductor de tractores de 79 años que recibió 40 dólares (37 euros) de una organización humanitaria para reparar el techo de su hogar y consiguió que Cáritas le facilitara un nuevo tanque de agua ya que el suyo estaba inservible.

Algunas familias culpan directamente a las fuerzas kurdo-árabes de haber destrozado sus casas con excavadoras durante las redadas en busca de yihadistas. “La situación era complicada. Había muchos civiles y no podíamos actuar por aire ni con artillería pesada. Los terroristas estaban escondidos en las casas y había enfrentamientos. Por eso, por precaución preferimos utilizar los bulldozers, para proteger a las familias”, responde Siamand Ali, portavoz de las FDS.

Alia Hasan, de 52 años, vive en la única habitación de su casa que resistió a los enfrentamientos. Hasta hace poco no tenía techo y ahora está cubierta con un toldo, con el fin de espantar al frío y la lluvia del invierno. La mujer corrobora la versión de Ali y acusa a los yihadistas de la destrucción del barrio. “Utilizaron nuestras casas para cobijarse y es normal que las autoridades, por precaución, tiraran abajo todo lo que les parecía una amenaza”, subraya.

Turquía ha comenzado una gran ofensiva en el noreste del país en las últimas semanas. Esto nos obliga a centrar todo nuestro esfuerzo en eso y dejar de lado la lucha contra Daesh
Siamand Ali, portavoz de las FDS

La amenaza yihadista persiste

Ali admite que las autoridades no pueden responder a todos los problemas de la región. “La ciudad de Kobane [al norte de Siria] acabó en ruinas después de los combates contra Daesh para liberarla en 2015. La gente va reconstruyendo las casas como puede. Hacemos lo que podemos. Lo más importante es la seguridad del noreste de Siria”, garantiza.

Alia Hasan, de 52 años, con su hijo Faruk, junto a las ruinas de su casa.
Alia Hasan, de 52 años, con su hijo Faruk, junto a las ruinas de su casa.J.I.Mota

Pero Ali admite que actualmente la amenaza yihadista en la región es importante. No solo por la presencia de la prisión de Al Sina, sino también por la cercanía del campamento de Al Hol, que alberga más de 50.000 mujeres y niños del ISIS y es también uno de los objetivos de los ataques extremistas.

“Turquía ha comenzado una gran ofensiva en el noreste del país en las últimas semanas. Esto nos obliga a centrar todo nuestro esfuerzo en eso y dejar de lado la lucha contra Daesh, que está muy presente aquí y espera el caos para volver a atacar”, explica.

Mientras tanto, los vecinos viven en vilo porque ven que las redadas contra las células durmientes del Estado Islámico en la zona, que se contaban por decenas hasta hace solo unos meses, se han reducido por la falta de medios y los problemas acuciantes en otros frentes. Saben que viven a tan solo algunos metros de centenares de excombatientes yihadistas presos y quieren respuestas, pero un año después del ataque contra la cárcel de Al Sina, el silencio y el miedo siguen planeando sobre Gewayran.

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