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Pintalabios y covid-19

Un registro de datos desagregados por sexo sobre la pandemia en 195 países pone en relieve que el coronavirus no se ha distribuído de manera homogénea en la población

Una mujer recibe una dosis de la vacuna de Pfizer en la escuela José María Torrijos, en Ciudad de Panamá, el 15 de julio de 2021.
Una mujer recibe una dosis de la vacuna de Pfizer en la escuela José María Torrijos, en Ciudad de Panamá, el 15 de julio de 2021.Bienvenido Velasco / EFE
Sarah Hawkes|Kent Buse

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“¿Me protege el pintalabios de la covid-19?” es una de las consultas por correo electrónico más intrigantes que recibimos de la gente desde que comenzamos a coordinar el mayor registro de datos desagregados por sexo sobre la pandemia en 195 países. De hecho, la pregunta apunta a una verdad universal relacionada con la salud pública. Aunque este pueda ser un reflejo inofensivo de las normas de género en algunas sociedades, simboliza un determinante de la salud universal muy arraigado. La pandemia resaltó la necesidad de garantizar que todos entiendan que la igualdad de género es un bien público que facilitará la creación de las sociedades más sanas que buscamos.

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Creamos el registro en marzo de 2020 porque creímos que era poco probable que la pandemia se distribuyera de igual modo en todas las poblaciones. Nuestra corazonada fue correcta; los datos muestran, por ejemplo, que es más probable que las mujeres se hagan análisis para detectar si se contagiaron de covid (y se vacunen contra ella), es menos probable que sean hospitalizadas, mucho menos que sufran una infección grave que requiera su ingreso a una unidad de cuidados intensivos... y tienen aproximadamente un 30% menos de probabilidades de morir por la enfermedad.

En términos más generales, la pandemia iluminó desigualdades en términos de salud y bienestar y dejó al descubierto la relación de esta con la enfermedad. Puso de relieve las diferencias de los riesgos en las sociedades —las poblaciones marginadas y quienes sufren injusticias históricas y contemporáneas informaron tasas mayores— y cargas desiguales en distintas sociedades.

Aunque nos concentramos en entender el papel del género en el panteón de las desigualdades sanitarias, nuestro registro muestra que la relación entre la tasa de mortalidad de hombres y mujeres en los países con bajos ingresos es más del doble que en aquellos con ingresos altos. Claramente, no se pueden ignorar las diferencias —económicas y de otros tipos— que a menudo interactúan con otras de género y las refuerzan.

Esta preocupación no es nueva. A mediados del siglo XIX, Friedrich Engels describió las desastrosas condiciones de vida y trabajo del proletariado inglés, que llevaban a una “excesiva mortalidad, una serie de epidemias ininterrumpidas” y al “deterioro progresivo de la psiquis de la población trabajadora”. Unas pocas décadas más tarde, el médico, patólogo y político alemán Rudolf Virchow contribuyó a establecer el campo de la “medicina social”, que considera la salud y la enfermedad como resultados de la sociedad misma.

A fines de la década de 1930, el ministro de salud (y futuro presidente) de Chile, Salvador Allende, uno de los arquitectos de la medicina social en América Latina, propuso reformas políticas y económicas orientadas a mejorar la salud de la población. Allende estaba a favor cambiar fundamentalmente las estructuras y entornos sociales en lugar de concentrar los esfuerzos en enfermedades específicas o sus tratamientos.

El factor del género

Explorar esta relación entre los entornos sociales y la salud ofrece una explicación más detallada de las diferencias entre hombres y mujeres en nuestro registro. Aunque la biología claramente incide, el género, una construcción social, también da lugar a resultados muy dispares.

El género está incorporado en las estructuras institucionales que rigen nuestras vidas, como las familias, sistemas económicos y legales, religiones, instituciones financieras, sistemas educativos y lugares de trabajo. También lo experimentamos y aplicamos a través de normas diarias que representan qué es ser un hombre, una mujer o una persona transgénero o no binaria en una determinada sociedad.

Afecta nuestras expectativas y oportunidades y determina si es socialmente aceptable que alguien fume, beba, conduzca un autobús, trabaje en una fábrica o, incluso, si usar pintalabios es transgresor o aceptable. También influye sobre nuestra salud.

El género afecta nuestras expectativas y determina si es socialmente aceptable que alguien fume, beba, o, incluso, si usar pintalabios es transgresor o aceptable. También influye sobre nuestra salud

Donde las mujeres trabajan en ocupaciones en contacto con el público —como el cuidado de personas, la venta minorista y el turismo—, es posible que su riesgo de exposición sea mayor —especialmente si su equipo de protección personal está diseñado para hombres y, por lo tanto, no se ajusta bien a ellas—. Por otra parte, la covid-19 se extendió entre los hombres trabajadores inmigrantes en muchos sitios. Esto refleja las malas y poco higiénicas condiciones en que viven muchos trabajadores extranjeros y, en términos más generales, que la economía descansa sobre relaciones de poder entre los países con altos y bajos ingresos, y entre ciudadanos y no ciudadanos.

Una vez que la persona estuvo expuesta al coronavirus, los factores relacionados con el género pueden influir sobre la probabilidad de que logre acceder a los análisis de detección y la asistencia

Una vez que la persona estuvo expuesta al coronavirus, los factores relacionados con el género pueden influir sobre la probabilidad de que logre acceder a los análisis de detección y la asistencia. Si los análisis se llevan a cabo en clínicas con horarios de atención restringidos, el acceso de quienes forman parte de la fuerza de trabajo con remuneración formal, que en muchos países incluye a más hombres que mujeres, puede resultar igual. Y, a la inversa, las mujeres cuya libertad social fuera del hogar está restringida tendrán un acceso más limitado a los servicios de salud.

Cuando ingresan a los hospitales contagiados, los hombres sufren cuadros de mayor gravedad y riesgo de muerte. Junto con las diferencias biológicas subyacentes, es posible que las mayores tasas de exposición de ellos a entornos nocivos aumenten sus riesgos de contraer enfermedades crónicas, que a su vez pueden empeorar los resultados.

Estos “entornos afectados por el género” están asociados con normas perjudiciales, tanto de producción (incluida la exposición laboral a material cancerígeno) como de consumo. Dos de los mayores asesinos a nivel mundial —el tabaco y el alcohol— fueron promocionados mediante la explotación de normas de género específicas y, a menudo, explícitas, al menos desde la década de 1920. Esto propició mayores tasas de enfermedades pulmonares y cardíacas —ambas asociadas con la mortalidad por covis-19— en los varones.

Recuperemos la medicina social

No falta evidencia empírica en el mundo sobre el impulso de la desigualdad en esta pandemia y otras anteriores. Nuestro registro recopila datos de 195 países para explorar la relación entre el género y la covid-19. Otros conjuntos de datos, más localizados, evalúan el impacto de la raza o etnia y la ocupación.

A pesar de ello, las respuestas se centraron abrumadoramente en la bioseguridad. La covid debe servir, en lugar de ello, como un llamado a vigorizar un enfoque de medicina social y lo que llamamos movimiento de salud neopúblico. Dada la naturaleza arraigada, universal e histórica de muchas disparidades, crear sociedades más justas —y, así, más sanas— en medio de una pandemia será una tarea titánica, que requerirá cambios en las formas de pensar y actuar.

Sobre todo, los responsables de las políticas deben reconocer que la buena salud y las mejoras en el bienestar de la gente son fundamentales para la prosperidad social. Eso implica exigir a los líderes de los sectores público, privado y de la sociedad civil que se ocupen de los factores sociales, políticos y económicos que dejan expuestos y vulnerables a tantos.

Sarah Hawkes es profesora de Salud Mundial en el University College de Londres y codirectora de Global Health 50/50. Kent Buse es director del Programa para Sociedades Más Saludables en el George Institute for Global Health y codirector de Global Health 50/50.

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