Los niños pobres de Asia y el Pacífico a los que el hambre y la covid-19 no dejarán crecer

75 millones de menores de cinco años ya sufrían retraso de desarrollo antes de la pandemia en la región. El difícil acceso de las familias a la comida adecuada y la subida de precios por la crisis actual complican la situación

Una niña afgana desplazada internamente posa para una fotografía cerca de un refugio temporal en un campamento de desplazados internos (PDI) en las afueras de Kabul, Afganistán, el 19 de enero de 2021.
Una niña afgana desplazada internamente posa para una fotografía cerca de un refugio temporal en un campamento de desplazados internos (PDI) en las afueras de Kabul, Afganistán, el 19 de enero de 2021.HEDAYATULLAH AMID (EFE)

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Ozair tiene cuatro meses y ya conoce el hambre. Nació prematuro –con siete meses de gestación– en el Hospital Infantil de Ataturk, en Afganistán, con una fuerte neumonía y claras señales de malnutrición. Días después de su nacimiento, su familia –extremadamente pobre, de un pueblo rural de Kapisa– tuvo que pedir dinero para llevar de nuevo a su hijo al hospital a que le ingresaran. Entonces pesaba menos de un kilo. Y aunque lo dobló en apenas ocho días, las cuencas de los ojitos de Ozair siguen hundidas y su cuerpecito endeble y huesudo no parece estar de acuerdo con el alta que su doctor tiene previsto en 21 días. Sin embargo, otros 21 días no cambiarían mucho. A Ozair no le espera una infancia fácil. Al igual que el menor afgano, 74,5 millones de niños de menos de cinco años de Asia y el Pacífico padecían ya retraso de crecimiento en 2019, según un informe publicado recientemente por Unicef. Y las previsiones tras el impacto de la covid solo auguran que esta cifra aumente.

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La covid-19 está amenazando con debilitar los esfuerzos para mejorar la alimentación y nutrición de cerca de 2.000 millones de personas en Asia y el Pacífico. Es decir, uno de cada cuatro habitantes del mundo no tiene acceso a una dieta nutritiva o pasa hambre. Así lo refleja el estudio conjunto de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO; el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF; el Programa Mundial de Alimentos, PMA; y la Organización Mundial de la Salud, OMS. El informe incide en que debido al alto precio de las frutas, verduras y productos lácteos, es prácticamente imposible para la población pobre de la región conseguir una alimentación saludable.

De los aproximadamente 118 millones de niños y niñas que, estima Save The Children, necesitarán ayuda para sobrevivir en este 2021, más de la mitad –60 millones– viven en ocho países con situaciones humanitarias graves como Yemen, Etiopía, República Democrática del Congo y Afganistán. Inger Ashing, directora general de Save The Children Internacional señalaba en el comunicado publicado este martes que 2021 “puede ser mejor o mucho peor que 2020 para la infancia”. Para Ashing, depende de la voluntad política: “No hay excusa para que pasen hambre, se vean obligados a trabajar para comer o se les niegue el derecho a la educación”.

Aunque esta zona del globo está viviendo los estragos del mismo virus que azota Occidente, los efectos llegaron meses antes a Asia

Las principales víctimas son las mujeres y los niños. Es, de nuevo, la cara más vulnerable de esta otra pandemia: la del hambre. Mujeres lactantes, adolescentes y menores de cinco años están “desproporcionadamente” más afectadas que el resto de la población. Y los efectos de que su alimentación no mejore son “devastadores”. Zivai Murira, especialista en nutrición de Unicef de la zona meridional insiste en que una mala nutrición en niños pequeños “puede provocar daños de desarrollo físicos y cognitivos permanentes”. Entre los primeros seis y 23 meses de vida es clave el acceso a pequeños grupos de alimentos complementarios a la leche materna. Sin embargo, solo el 20% de estos niños del sur de Asia obtienen nutrientes de los cinco tipos –lácteos, frutas, verduras, granos y carne– periódicamente.

Omma, de nueve meses, ingresada en el Hospital Infantil de Ataturk.
Omma, de nueve meses, ingresada en el Hospital Infantil de Ataturk.EL PAÍS
Ozair, un bebé de cuatro meses, ingresado en el Hospital de Ataturk.
Ozair, un bebé de cuatro meses, ingresado en el Hospital de Ataturk.EL PAÍS

El sur del continente asiático es la región más crítica. Allí, 56 millones de niños sufren un retraso en el crecimiento y 25 millones padecen emaciación –un adelgazamiento patológico que implica la pérdida involuntaria del 10% de masa muscular en poco tiempo–. Al mismo tiempo, el sobrepeso y la obesidad han aumentado rápidamente donde unos 14,5 millones de niños menores de cinco años tienen sobrepeso u obesidad. Murira incide en que se tienen que tomar “medidas urgentes” que regulen la subida generalizada de precios en productos alimentarios y que se aumente el salario medio familiar para que estos puedan permitirse dietas de calidad, así como políticas sociales que “acaben con la brecha de desigualdad”.

Lejos de los objetivos internacionales

Ronald Kupka, el responsable de nutrición en la región de Asia y el Pacífico de Unicef, es claro: “Esta región está lejos de conseguir los objetivos internacionales en cuanto a nutrición, hambre y seguridad alimentaria”. El especialista hace mención a hambre cero: el segundo objetivo de desarrollo sostenible incentivado por las Naciones Unidas que pretende erradicar esta lacra para 2030.

Aunque esta zona del globo está viviendo los estragos del mismo virus que azota Occidente, los efectos, explica el experto, llegaron meses antes a Asia. “Los encierros, las cuarentenas, los cierres de los colegios… Desde enero ya se notó la subida de precios generalizada en productos alimentarios por las restricciones de movilidad que se veían venir”, cuenta mediante una entrevista telefónica.

El coronavirus arrasó con las cadenas de suministros de alimentos en Asia y el Pacífico. En varios países la comida dejó de llegar a los supermercados y a los pequeños comercios locales con lo que, mucha gente –especialmente los que vivían en zonas rurales– se vieron obligados a modificar su dieta adaptándose a lo que podían encontrar. “Y ha pasado un año”, recalca.

Esta realidad fue la que vivió la familia de Omma, una niña afgana de apenas nueve meses, ingresada en el mismo hospital que Ozair. La madre cuenta, a través de un traductor que “no tenían dinero para comprar verduras ni frutas y que llevan meses sin probarlas”. Aunque el doctor que la atiende asegura que la pequeña de ojos marrones podrá volver a casa en un par de días, sus familiares temen que nada mejore; que nada cambie. En esa misma sala, una decena de mujeres comparten una angustia similar: que los días pasen rápido para poder llevar a sus pequeños a casa y que la comida del día siguiente deje de ser la principal preocupación de la familia.

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