Y lo cuenta como si nada
Los protagonistas de las historias más extraordinarias suelen darles menos importancia de la que merecen


Hay sensaciones que alcanzan su plenitud en la infancia, que después solo se repiten como reflejo, como simulacro o como farsa: la vergüenza alegre al encontrarse a un profesor por la calle, los nervios de la noche de Reyes, la certeza de haber encontrado un alma gemela en el parque o la genuina curiosidad por saber qué ocurre por la mañana, de lunes a viernes, más allá de las puertas del colegio.
Las pocas veces que, de niña, pude hacer incursiones matutinas extramuros, porque me tocaba vacunarme o sacarme el DNI, vi el mundo con ojos nuevos. La gente era distinta, el paisaje era distinto e incluso el tiempo parecía transcurrir de manera diferente, así que durante años quise ser adulta para disfrutar de esas mañanas libres que a los niños se nos negaban. Inocente de mí, no sabía que ese era un placer reservado para jubilados y rentistas, y que en mi veintena, cuando empezara a trabajar, sentiría algo muy parecido en los días de vacaciones en los que me tocaba ir al médico o hacer alguna gestión. No fue hasta mi baja de maternidad y después de ella hasta convertirme en autónoma y trabajar a deshora cuando pude disfrutarlas.
Y en una de esas mañanas, la de hoy, he visto nacer un niño. Salía de desayunar en el bar cuando me encontré dos ambulancias, un coche de policía con varios agentes desviando el tráfico y un tumulto de gente mirando un coche, así que lo primero en lo que pensé fue en un accidente. Pero enseguida me di cuenta de que algunos de los que se encontraban cerca del coche en cuestión sonreían, y de que en primera línea había una cría de siete u ocho años. Una pareja que pasaba por mi lado y debió percatarse de mi desconcierto me lo aclaró: “es que está naciendo un bebé”. Aquel niño cuyo primer arrullo fue una manta térmica dorada y esa madre que salió del coche temblando, entre asustada y feliz, tendrían historia para siempre. Y los tontos que nos pusimos a aplaudir cuando los montaron en la camilla formaríamos para siempre parte de ella.
Esta mañana le conté a todo el que me crucé que había visto nacer un niño en la puerta del Mercado de Abastos de Aranjuez. En cuanto subí al tren, porque por la tarde trabajaba en Valencia, me puse a escribir esta columna, sabiendo que no iba a encontrar palabras que hicieran justicia a esa gesta que es nacer. Nacer en la esquina de la calle Gobernador con la carretera de Andalucía.
La termino en el tren de vuelta, habiendo sido testigo de una aún mayor. En la universidad a la que he ido a trabajar me ha recibido Marta, una chica muy guapa y muy alegre con la que enseguida me he puesto a hablar de niños. Del que he visto nacer, de mis hijos y de la suya, que tiene tres años y síndrome de Down. No sé cómo la he mirado cuando me lo ha contado, pero seguramente con algo de esa compasión estúpida de quien cree que hay vidas que merecen ser vividas más que otras. Cuando le he preguntado el nombre de la niña y me lo ha dicho ha añadido que no lo ha elegido ella, que su hija es adoptada: la conoció mientras trabajaba como voluntaria en Mamás en Acción, una asociación que se dedica a acompañar a niños que están solos en los hospitales.
Y me lo ha contado como si nada, como si su entrega y generosidad fueran las normales. Como si no ya acoger sino elegir al diferente no fuera revolucionario en un momento y lugar en el que lo que se nos vende como sensato es no traerlos al mundo. Marta me cuenta su historia con la misma naturalidad con la que el niño que he visto nacer hoy contará dentro de unos años que él llegó al mundo en un coche. Sin ser consciente de estar protagonizando un pequeño milagro.
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