El soberanismo vasallo
A los iliberales como Orbán no les gustan las democracias liberales, porque cuando ganas no ganas lo bastante


Viktor Orbán apareció en el debate público húngaro diciendo que los rusos se tenían que ir a casa. Tras 16 años en el poder, muchos húngaros han celebrado su derrota diciendo que los rusos deben irse a casa. Como explica el politólogo búlgaro Ivan Krastev, Orbán acabó representando lo contrario de lo que defendía. El liberal se volvió autoritario y promotor de la democracia iliberal. El soberanista que reaccionaba contra el imperialismo soviético y contra la Unión Europea dependía de los subsidios europeos y se dedicaba a vender a China y a Rusia su veto en Bruselas. Enemigo del globalismo, era el emblema de la pasmosa internacional nacionalista y parecía al servicio de intereses extranjeros.
Ni los dictadores escapan a la democracia, dice Krastev. Además de la mala situación económica, para su derrota ha sido importante que Magyar surgiera del partido de Orbán. Las reglas que Orbán cambió para que fuera más difícil desalojarlo del poder han hecho que su derrota sea más severa. A los iliberales no les gustan las democracias liberales, porque cuando ganas no ganas lo bastante. Pero, si reduces los contrapesos y colonizas el sistema, cada elección plantea la posibilidad de un cambio de régimen.
Es difícil para los gobiernos que suceden a los líderes iliberales regenerar el sistema: se enfrentan a lo que Stanley Bill y Ben Stanley llaman “el trilema pospopulista”: no pueden ser a la vez rápidos, eficaces y estrictamente legales. Si no respetan los procedimientos, incurren en el error que reprochan a sus adversarios; si no actúan con rapidez y eficacia, corren el riesgo de desacreditarse. La mayoría de Magyar hace que esas transformaciones resulten más sencillas, pero nada las garantiza.
Las traducciones de la política internacional caen inevitablemente en la simplificación y el ascuasardinismo. Pero la derrota de Orbán sí perjudica a Vox: como ha escrito Rafa Latorre, el partido había rendido su autonomía política a Trump y su autonomía financiera al húngaro. Si el internacionalismo nacionalista es difícil, el soberanismo vasallo tampoco es sencillo, sobre todo cuando tus líderes están en horas bajas. En el caso de Trump, su visión cínica del mundo, como dice Janan Ganesh, conduce a un fallo de comprensión: no toda la gente es nihilista; creen en cosas (al margen de lo que nos parezcan esas cosas). Y, en cambio, si dices que lo único que importan son los resultados (porque no es que cambies de principios; es que desprecias la idea de principio), cuando los resultados son malos no tienes ningún sitio a donde ir.
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