Rufián, TikTok y las bibliotecas
El portavoz de ERC no dijo nada escandaloso. Muchos políticos sueñan con dominar la jerigonza centenial y aspiran a captar el voto de las nuevas generaciones


Es un tópico decir que la democracia es un régimen de opinión. El problema es que, en demasiadas ocasiones, y esta no es una excepción, el tópico es cierto. Para que el juego de las mayorías ―y el respeto a las minorías— tenga sentido a la hora de elegir a nuestros representantes, es deseable que todos los ciudadanos dispongan de un acceso solvente a la información relevante para defender sus intereses y sus valores. Las democracias no solo dependen del sentir de los ciudadanos, sino que debe exigirse, al mismo tiempo, una deliberación pública fundamentada, realista y responsablemente cuidada.
Gabriel Rufián tiene más barrio que escuela y sabe intuir con instinto los códigos de la comunicación contemporánea. Siempre juega a lanzar la pelota a la línea y, las más de las veces, la bola le cae dentro. La pasada semana, por enésima vez consecutiva, se viralizaron unas palabras suyas en las que afirmó que prefería estar en TikTok que en las bibliotecas. El aserto es visual y provocador y, naturalmente, una legión de cursis —que estoy seguro de que frecuentan poco las bibliotecas— se llevaron las manos a la cabeza y criticaron a coro las palabras del de Santa Coloma. Unas palabras que, por cierto, fueron pronunciadas en un campus universitario.
Bien mirado, Rufián no dijo nada escandaloso. Basta observar cualquier sesión de control en el Congreso para reconocer que sus señorías ya no buscan emular a Castelar —Cicerón queda lejos—, sino lograr cortes para redes sociales. Son muchos los políticos que sueñan con dominar la jerigonza centenial y que aspiran a captar el voto y la atención de las nuevas generaciones. Y para eso, en efecto, es preciso degradar la complejidad de lo que se emite. Hasta el punto de que hay quienes no dudan en sacarse, incluso, vídeos sudando en el gimnasio o maquillándose delante del espejo.
Sería demasiado tentador culpar a las redes. Pero lo cierto es que también los medios de prestigio se han prestado a reconvertir formatos y a eliminar las condiciones de posibilidad que permitían construir una conversación pública exigente. En un mundo donde las tonadilleras sientan cátedra —a gritos— sobre geoestrategia, las tertulias ordenan a los opinadores en bandos de tirios y troyanos y el infoentretenimiento aspira a legitimarse como género periodístico, solo cabe entender a Rufián. El (todavía) de ERC ha entendido las reglas del juego. Lo lamentable es que hayamos convertido un juego noble y complejo en una bellaquería adictiva.
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